El Zipa no miraba hacia atrás, no le interesaba el tramo pedaleado, el sonido del gran río enredado en su memoria. Le interesaba otra cosa, el logro de su empeño enterrado en su obsesión, sin importar que el frío le congelara sus manos y gestos. Quería la Vuelta a Colombia, unir los paisajes distantes que ni siquiera los carros podían acercar.
Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris
“En Padua, el chofer no quería continuar. Yo seguí en bicicleta y les dije que en Manizales los esperaría”. Efraín Forero.
Parecía que para el Zipa la locura excedía la realidad. Solo a alguien que pudiera resquebrajar el sentido de las imágenes convencionales se le podía ocurrir la posibilidad de realizar una Vuelta a Colombia en bicicleta. Habrá pensado: “Si Francia o Italia lo hacen, por qué en estas tierras no”. Por pura evidencia del barro, la respuesta llegaba contundente. No había cómo, no había pasos decentes, no había carreteras. El Zipa desdibujaba esa contundencia y decía lo contrario, que sí, burlándose del sentido común y de la lógica de los hechos.
Efraín Forero fue un abridor de trochas de lo imposible y un descubridor de caminos. Desde su primera carrera en Zipaquirá, corriendo en una bicicleta turismera y con el auspicio de la Planta de soda, supo de sus condiciones. Pero había algo más, su gusto por desafiar la realidad, que lo llevó a imaginar rutas donde otros solo veían maleza.
¡Letras, por Dios! ¡Letras! Terminando el año de 1950, al Zipa se le metió en la cabeza que la Vuelta era posible y que, contra todo destino, la subida a Letras podía llevarse a cabo. Quién con solo ver el matiz de los Andes en Colombia no se daba por enterado de una afinidad con las montañas, por lo menos en la región interior, donde el terreno se quiebra como si arrugaran un mapa casi hasta romperlo. El Zipa lo sabía y no le temía a su reto. El reto mismo ya era afín con un principio de valentía que queda como rastro ante todo proyecto cubierto por la apariencia de la irrealización.
Se necesitaba conectar la Colombia interior, dividida por ese gigante pasivo, que se inclina progresivamente, sin agresividad; que va a un ritmo lento, sin afanes. Letras se alza suave, al precio de una extensión que supera por exageración cualquier subida promedio. Letras no termina, mira el horizonte fijo en la búsqueda del cielo, que se oculta para proteger el misterio ante los ojos ansiosos por descubrir el paisaje. Letras se abre entre el calor sofocante cuando apenas asoman las rampas, pasando por aires frescos, hasta el frío de páramo que ve los frailejones y la neblina confundirse con las aguas heladas.
Había que llegar a Manizales, demostrar una osadía que germina y tensa lo imposible. Así se llenó de valentía el Zipa. Planeó la ruta con los directivos del ciclismo nacional y arrancó en su bicicleta pesada -como todas las de la época- que exigía el heroísmo del ciclista y la lucha contra el camino.
Aunque no solo se trataba de una lucha, también había una alianza. Se debía llegar a un ritmo de no desfallecimiento. No cualquier proyecto estaba en juego. Si el Zipa llegaba en su bicicleta a Manizales pasando por Letras, se hacía la Vuelta a Colombia. De lo contrario, hablarían de un intento más que se resguardaría en una pequeña memoria de bielas y cumbres.
Salió de la estación central del tren de La sabana. La máquina de vapor contrastaba con la máquina de acero. El Zipa era más al lado del ferrocarril, su imagen crecía, más por un sentido de la grandeza difícil de explicar, que me suena a mero impulso de elogio, pero que en el fondo tiene que ver con ser cuerpo empleado a fondo, cuerpo esforzado y proyectado. Llegó a Honda y pactó la primera parte del recorrido. Pasó por el río grande e intuyó el otro inicio: la ascensión. Inhaló su deseo de alturas y se fue al sueño en medio de un calor descomunal. Así sería la Vuelta: un contraste -muchas veces insoportable- de climas que llevaría a sentir la desmesura del calor o el frío.
Los calores de las cercanías del gran río fueron abriéndose al fresco de los poblados intermedios. Primero Fresno, luego Padua. Los kilómetros se desmenuzaban y el carro acompañante quedaba atrás: las carreteras eran pasos de animales de trabajo y de pies formados para la labor del campo. Nada de indulgencia. El Zipa paró para reponerse. Pidió un sanduche y bananos en una tienda.
Lo que vino luego fue un soliloquio de la montaña. El Zipa cumplía con su papel de descubridor, casi de inventor, pero no terminaba por adueñarse de la historia. Letras era más grande, dominante. Forero solo podía tomar el permiso de las curvas y avanzar hacia el páramo, con el fin de dejar su nombre intocable para otras generaciones.
Pedaleó confiado, como si cada metro de los interminables kilómetros fuera una sentencia de la dureza inquebrantable de su reto. Barro y más barro desprendido de las ruedas, metido como cemento en los piñones, en la caja centro y en los rines, hasta barro en la cara del pedalista, quien limpiaba sin flagelo la prueba del desvanecimiento de lo imposible. El agua caía tímida sobre su cuerpo, que no negociaba ante el cansancio. Seguía firme en su tarea de descubridor. Ahí estaba el camino recorrido por caravanas comerciales y gentes de los pueblos y montes, por animales de carga y uno que otro camión.
Iba descubriendo las formas del pantano, buscando un paso medianamente transitable con el dominio del manubrio, intentando que la llanta delantera no se detuviera contra una roca o se quedara detenida en un lodazal. El Zipa no miraba hacia atrás, no le interesaba el tramo pedaleado, el sonido del gran río enredado en su memoria. Le interesaba otra cosa, el logro de su empeño enterrado en su obsesión, sin importar que el frío le congelara sus manos y gestos. Quería la Vuelta a Colombia, unir los paisajes distantes que ni siquiera los carros podían acercar. No podía transformar la dificultad, pero sí hacerla posible para el esfuerzo de las piernas, que tiene que ser también el esfuerzo del pensamiento.
Era la Colombia rural, agotada por enfrentamientos a muerte entre partidos, odios que engañaron la ilusión campesina y la convirtieron en miedo. Al lado de la carretera el Zipa se encontró con memorias de esos años de la violencia: casas despobladas y en ruina. También se encontró con los verdes extendidos de la cordillera y con las curvas que creaban un equilibrio entre la eternidad y la lejanía. Sembrados de café, árboles inmensos protegiendo caídas de agua y más viento frío conjugado con lluvias tímidas que no concluían en aguaceros.
Zanjas, quebradas, piedras, troncos de madera, vacas, yeguas y gentes de montaña. La carretera se ampliaba. Además del camino que seguía la bicicleta impulsaba por el ciclista, las circunstancias definían un ambiente: la sorpresa de hombres y mujeres de campo viendo el atrevimiento del Zipa, los perros en guardia ladrándole a las barras de hierro y las bielas, los animales de carga llevando mercancía entre poblados y mirando de reojo al hombre que se paraba en pedales. El paisaje hacía suyo al Zipa.
Coronó y siguió. No se detuvo. Más que el alto era la totalidad del recorrido. Vio a lo lejos el volcán como un impacto contundente de la naturaleza en el ánimo. Luego es imposible no estar en estado de abundancia.
Manizales era el destino y allí llegó. Pasó el parque y se detuvo en los escalones de la catedral. Esperó al carro acompañante. La tarea estaba casi cumplida, la Vuelta se hacía. Sintió en su agotamiento la grandeza. Había descubierto un paso: la primera vez del recorrido por Letras en bicicleta. El carro acompañante llegó mucho después, cuando ya el destino del ciclismo nacional había instalado en un lugar de privilegio el nombre de Efraín Forero.
Al año siguiente, 1951, ganaría la primera Vuelta a Colombia, precisamente celebrando una victoria en la llegada a Manizales, tras transitar por las vertientes de Letras, otra vez, ya no en soledad, sino dejando regados a sus contrincantes como novatos de la montaña. Ese mismo año fue llevado en hombros por las calles de la capital luego de la última etapa, a modo de fervor por abrir pasos impensados, trasladándolos del irrealismo a la posibilidad. Los hombros del pueblo le debían al Zipa el tributo al descubridor.


