¡Cómo sufren los grandulones culigordos en los veintiún kilómetros de pendientes infernales de La Línea! Con la lengua colgada de la mandíbula cabecean idénticos a bueyes que arrastran la yunta atorada con todos los siglos del atraso colombiano, porque La Línea es un monumento al subdesarrollo.

 

Pablo Hernández empujado por Miguel Puerto.

Pablo Hernández empujado por Manuel Puerto.

Por: Camilo Alzate

Fotografías: Horacio Gil Ochoa

El 30 de julio de 1963 cayó martes. Pablito Hernández recargó las botellas de agua antes de comprobar la presión en los tubulares de su Zeus roja. Un hormiguero de motos con periodistas y radiotransmisores, un enredón de bicicletas, tuberías, manillares brillantes, curiosos al andén, aficionados, novias, corredores que se despedían. La Vuelta a Colombia se inauguraba temprano rodando de Cúcuta a Pamplona, donde al final de la etapa cogía el liderato su jefe de filas Rubén Darío Gómez. El astuto “Tigrillo de Pereira”, dos veces campeón, partía favorito para apropiarse el triunfo.

El miércoles, de Pamplona a Bucaramanga, le tocó el turno de ganar a Pablito. Los del equipo pereirano “Lavadoras Hoover” no querían aflojar ni un minuto de ventaja.

Pero al día siguiente, tras partir de Bucaramanga, un tal Rodríguez que había terminado subcampeón el año anterior, grandulón y charlatán, rebasaba a los corredores antes de meta levantando los brazos en San Gil para dejar claro que él tampoco venía de paseo. Era jueves. Martín Emilio se llamaba ese muchacho alebrestado, más antioqueño que un collar de arepas, iba la mitad de la carrera fanfarroneando, contándole chistes al pelotón, y la otra mitad lanzando arrancones que dejaban sin aire a todos. Los comentaristas de radio le decían “La Mula” por su paso terco de patadas endemoniadas. Apenas concluida la tercera jornada quedó sentenciado que esos tres se iban a dar toda la madera que pudieran en dos semanas, pues entre ellos se debatía la Vuelta.

–Si yo hubiera sabido lo que tenía en esa época– se arrepiente Pablito. Me faltó ambición.

Lo que tenía Pablo Enrique Hernández (Suesca, 1940) eran unas piernas devastadoras. En la fracción de Honda a Manizales subió los 83 kilómetros al Páramo de Letras a una media de 25 por hora. Nadie fue capaz de seguirlo, ni el Tigrillo, ni el Ñato Suárez, dos de los mejores trepadores de aquel tiempo. Corría por el equipo de ciclistas de Pereira porque en Cundinamarca no le paraban bolas.

Pablito y El Tigrillo –compañeros de escuadra– comenzaron a pelearse el liderato de la Vuelta con Martín Emilio. Si alguno sacaba ventaja, al día siguiente otro arrancaba desde lejos y descontaba tiempo. Entre San Gil y Sogamoso Pablito pinchó varias veces quedándose bien rezagado. Enfrentaban un reguero de fango en donde hombre y máquina se volvían una sola torta de pantano. Sin atravesar Barbosa, o quizá después, Pablito se apeó bajando a una quebrada con el Ñato Suárez y otros ciclistas a lavar la bicicleta, despreocupándose de los que iban adelante. Al fin entró a Sogamoso cediendo mucho terreno con el ganador, que había pedaleado entre aguaceros 6 horas, 45 minutos y 17 segundos. No era otro sino el tal Martín Emilio, al que todos empezaban a llamar “Cochise”, igual que el jefe indio de una película de vaqueros.

De Riosucio partieron el festivo 7 de agosto para Medellín. Los corredores debían trepar primero al pueblito de Caramanta por Hojas Anchas. Una fila de campesinos y curas y niñas de la escuela despertaban la algarabía a un lado de la cuneta:

–¡Vamos Mula!¡Vamos Ñato!

Pablito entendió que no iba nadie más en punta. Oportunidad de oro. Aceleró y se fue solo, pero en Hojas Anchas pinchó. Su vehículo de asistencia andaba varado así que tuvo que aguardar diez minutos a que lo alcanzara el carro de El Tigrillo. Cambiaba la rueda cuando pasó disparado Martín Emilio, auténticamente salido de madre. “En la subida a Minas lo cojo”, calculó Pablito. Un hueco de la carretera hizo saltar la botella de agua. Estuvo a punto de chocar contra los matorrales y tuvo que esquivar unos perros. Bajó tan veloz que pasó de largo a Cochise, llegando tercero a La Pintada antes de ascender el Alto de Minas detrás de Carlos Montoya y el Ñato Suárez. Sujetaba el manillar dando la impresión de que su bicicleta era un Minotauro de hierros angulares, cuyos cuernos se doblan por la fuerza del corredor que lo somete. En ciclismo la bestia que cabalga va encima.

–¡Vamos Mula!¡Vamos Ñato!

"Cochise" Rodríguez, ganador de cuatro vueltas a Colombia en bicicleta.

“Cochise” Rodríguez, ganador de cuatro vueltas a Colombia en bicicleta.

A poco de coronar el Alto de Minas la vereda Primavera suele permanecer nublada. Ahí, un impertinente empujó a Pablo, que arrojó la bicicleta y se agarró a golpes con el fulano. En esas andaba todavía, ofreciendo puñetazos, recibiendo pedradas, cuando (¡otra vez!) Cochise lo adelantaba. En Medellín ganó el Ñato Suárez. Entre tanto, los pereiranos no conseguían recuperar ventaja.

La siguiente etapa era de regreso por la misma ruta y Cochise se escapó con El Tigrillo. Pablito trató de seguirlos, pinchó una, dos, tres ocasiones hasta que en Supía no hubo más remedio que detenerse a cambiar los tubulares de la bicicleta por unos Continental rojos más resistentes. En una curva tropezó junto a Pedro Jota Sánchez y ambos fueron al polvo. La mano derecha resultó descompuesta. Aun así, le sobró potencia para llegar tercero a la meta en Riosucio. El Tigrillo fue primero, Cochise lo escoltaba cerca; la Vuelta continuaba impredecible.

Esa impredecible Vuelta siempre lleva algo seguro: cruza por el Quindío pues allá permanece clavado el Alto de la Línea. En Colombia cualquiera sabe que si una carrera no pasa por la Línea es un paseo turismero para ciclistas de ancianato.

El 12 de agosto los corredores cubrían la fracción Cali-Armenia; el agotador recorrido de 228 kilómetros hirvientes contemplaba velocidad pura a través del Valle del Cacuca, rematando columpios montañosos encadenados hacia el Quindío. A mitad de trayecto Pablo Hernández no esperó a ninguno para volarse en punta acelerando hasta quedar solo. Solitario voló varias horas, cuando en Sevilla notó que le respiraban en la espalda.

–Era el loco ese de Cochise, que me alcanzó… ¡Y se me fue!

Pasando Caicedonia logró divisarlo pequeñito al voltear una curva. Sobre los cafetales flotaba una llovizna recién caída. Poseído, Pablito se paró en los pedales. No supo en qué momento alejó el río Barragán y el Santodomingo, tampoco advirtió los desvíos a Pijao y Buenavista; la concentración le bastaba para una única cosa: alcanzar al charlatán ese y darle una paliza con la bicicleta. La vía cubierta de rocas estaba tan deshecha que sólo era posible avanzar sobre el hundimiento que dejaban las llantas de los vehículos, dos carriles delgados entre piedras del tamaño de un bebé robustecido.

Botando escupitajos y zamarreando su máquina, Hernández sorteó el puente de Balboa atravesando el río Quindío. Quedaba nada más la última cuesta que conduce a Armenia. ¡Increíble, a menos de cien metros subía Cochise con pedaleo de motor fundido! Atrás, el transmóvil llevaba unos de El Espectador asomados por la ventanilla:

–¡Dele, dele, páselo derecho!

Existía, claro, un ligero inconveniente: para adelantarlo necesitaba saltar al carril izquierdo de la vía, con el peligro de reventar rueda contra las piedras. Hoy no sabe cómo, el caso fue que Pablito consiguió brincar con sus llantas intactas. “¡Déjelo tirado!” aullaban los periodistas “¡páselo derecho!”.

–En Armenia nos vemos, Martín Emilio.

Eso debió decirle despegando cuesta arriba. Sin embargo, trayendo los pulmones como los traía, la saliva escurriendo por el cuello, la mano derecha hinchada, no le dijo nada. O sí le dijo algo, no lo conserva en la memoria. Se recuerda, eso sí, que Pablo Hernández alzó los brazos en Armenia donde lo cargaba en hombros una multitud chiflada. Seis kilómetros fueron suficientes para sacarle tres minutos de ventaja al charlatán, al loco grandulón ese.

–Mañana subimos La Línea, Martín Emilio.

¡Cómo sufren los grandulones culigordos en los veintiún kilómetros de pendientes infernales de La Línea! Con la lengua colgada de la mandíbula cabecean idénticos a bueyes que arrastran la yunta atorada con todos los siglos del atraso colombiano, porque La Línea es un monumento al subdesarrollo. Arriba de Calarcá, en la cuarta o quinta curva, Pablito ya había dejado atrás a El Tigrillo. Al poco rato soltó al Ñato para seguir subiendo solo, cruzando solitario el premio de montaña, bajando solo, alzando los brazos de nuevo solo. El Ñato llegó cinco minutos más tarde a Ibagué. Los demás parían borugos.

El resto ya se sabe: entre Ibagué y Girardot Martín Emilio hizo picadillo con todos en la contrareloj, repitiendo la garrotera un día después, durante la última etapa con final en Bogotá. Por la tarde besaba su trofeo, mientras la reina de belleza hacía lo propio con él. Rubén Darío Gómez, El Tigrillo de Pereira, aguantó como pudo quedando subcampeón. Hernández completó el podio acabando tercero, mientras maldecía el instante en que se descolgó de la carrera para agarrarse a puñetazos con un campesino borracho.

Era la primera de las cuatro Vueltas a Colombia que vencería Cochise, aunque Pablito opina diferente:

–Las que ganó fueron las otras tres. Esa se la regalamos nosotros, por pendejos.

 

*Este artículo fue publicado originalmente en la revista Tricolor de Armenia, en agosto de 2016.