PRÓLOGO DE UNA HISTORIA CUESTA ARRIBA

70 años de la Vuelta a Colombia

Un repaso a cada una de las etapas de la primera Vuelta a Colombia en 1951. Pioneros de una manera diferente de vivir el ciclismo.

 

Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra Stella Maris

A Horacio, que veía pasar la Vuelta desde su granero La Ilusión

Con la diferencia de tan solo unos metros y casi tres años, en la misma calle confluían dos hechos decisivos para la historia del país. Dos consecuencias distintas, pero, al fin y al cabo, dos expresiones de la ebullición y el clamor popular desatados para siempre como propulsores de dos caras de la pasión. En abril de 1948, la capital convulsionaba tras caer asesinado Jorge Eliécer Gaitán a la salida del edificio donde se ubicaba su despacho. En enero de 1951, 35 corredores al frente del edificio de El Tiempo, esperaban ansiosos la orden de salida de la primera Vuelta a Colombia. Siendo fenómenos distantes en su concepción y en las emociones generadas, la casualidad hizo que para la misma patria la violencia y el deporte nacional se juntaran para evidenciar los relatos múltiples: la decadencia y el oprobio de la violencia, y la ilusión y la gloria del deporte pedal.

Meses antes, en agosto de 1950, una caravana encabezada por Efraín Forero, el Zipa, en su bicicleta, ya reconocido como el pedalista nacional, y un carro acompañante y supervisor donde iban Donald Raskin, presidente de la Asociación Colombiana de Ciclismo, y Remolacho Martínez, se encargaron de desafiar la prueba definitiva entre Honda y Manizales para la planeación de una vuelta nacional, siguiendo el ejemplo clásico y conmovedor del Tour francés. El impedimento era evidente, la situación de las vías nacionales, o mejor, su inexistencia, cerraba las puertas para ese desfile de hombres y bicicletas gesticulando el cansancio, la bravura y la lucha contra la derrota del honor. El Zipa se encargó de superar el gran obstáculo del camino, el paso por Letras. Para la mayoría de las voces animosas de la empresa ciclística colombiana, el paso por Fresno hasta Letras era imposible. Toda una quijotada que de entrada merecía el apelativo de inverosímil o locura. Pero las imposibilidades y las locuras tienen su contrapeso en esos espíritus arrojados, que saben opacar el temor y el fracaso con la voluntad inquebrantable del héroe. Forero llegó a Manizales por delante del carro acompañante, inaugurando el ánimo de empresas, ciclistas y aficionados para emprender una carrera por etapas capaz de sobrepasar los climas intensos y las subidas aparentemente insuperables para todo ciudadano común y corriente.

El 5 de enero de 1951 fue la fecha elegida para que partiera el reto más importante sobre una bicicleta que hasta la fecha se realizara en el país. El Tiempo hacía las veces de patrocinador oficial. La largada se presenció en la Avenida Jiménez con Carrera Séptima. Los hombres preparados se llevaban las manos al rostro y elevaban una mirada al cielo, otros le daban una última revisión al estado de sus frenos y direcciones, mientras los más destacados se disponían para las fotografías de rigor con el fin de inmortalizar ese momento previo al esfuerzo descomunal, como el Zipa, enfocado con su pecho erguido y la mirada confiada, sosteniendo su Cazenave francesa con la mano izquierda ante la cámara de Sady González, el mismo lente que había captado los hechos del 9 de abril de 1948. La gente aglomerada miraba a quienes serían sus ídolos de esa década inicial de batallas en montañas y terrenos abiertos, los hombres que serían aclamados sin tregua como generadores de ese fervor total y sintetizador del sentido de la patria que despierta el deporte del caballito de acero.

 

El Zipa Forero antes de partir de la sede de El Tiempo en Bogotá. Fotografía / Sady González.

En la Avenida Jiménez se disponían los routiers en fila hacia lo desconocido, confiados en la voluntad ciega de la gloria primera, locos por atravesar un país de vías destapadas a merced de la fuerza, la resistencia y el corazón que soporta el rumor de la adversidad. Del secreto a viva voz nacía la rivalidad Cundinamarca – Antioquia. Para contener el favoritismo del Zipa Forero y de Alfonso Buitrago, estaban los antioqueños Pedro Nel Gil, campeón de la doble Yarumal, carrera de preparación departamental para la Vuelta; el envigadeño Roberto Cano, el Sastre, y Oscar Oyola por el Valle. Además, se contaba con participantes de Cauca, Santander, Nariño y Tolima. Y si la multitud creaba un escenario de festividad y encanto, los muchachos miraban fijamente el horizonte de ese kilómetro inicial que los largaría en una carrera de 1,154 kilómetros sin saber hasta dónde llegaría el último aliento. La incertidumbre era una certeza de la épica por venir. Bogotá, Honda, Fresno, Manizales, Cartago, Cali, Sevilla, Armenia, Girardot y Bogotá. 8 a. m. Señal de salida arropada por el griterío del público que dio el primer empujón, ese gesto desbordado de “buena suerte” que se repetiría en cada etapa durante diez jornadas, con tres días de descanso, hasta el 17 de enero.

Bogotá – Honda, 163 km. Los 45 kilómetros asfaltados se consumieron pronto. La Vuelta a Colombia era una batalla en terreno de grava y arena, en cascajo, polvo, barro y pasos de quebradas. Fueron los inicios de una nueva versión de la heroicidad nacional ligada exclusivamente al ciclismo. El alto de La Tribuna fue la primera vez hacia el camino interminable del escalador. Después vendría El Trigo. Quizá, si pensamos en la primera Vuelta a Colombia, los pasos de Letras y La Línea son suficientes para dimensionar su dificultad. Pero hay que hacer un debido homenaje a esos altos menores, que también forjaron la capacidad de sufrimiento de quienes décadas más adelante –otros nombres con la misma bandera– serían los mejores escaladores del mundo. Anotación especial para el paso por Rioseco, con bicicleta al hombro mientras las aguas bajas lavaban el polvo de las piernas de los hombres sin cansancio. En Honda alzó los brazos Forero, contundente en su marcha, seguido de Carlos Orjuela, Pedro Nel Gil y Roberto Cano cediendo ya una minutada. Pero hubo un ganador silencioso, no para la portada fotográfica, sino para la defensa incontestable de los combativos y superlativos en la subida, Pedro Nel Gil. A pesar de haberse quedado rezagado del lote puntero en la sabana, coronó su apoteosis montañera alcanzando y aventajando por 500 metros al líder de la etapa, Forero, en el Alto del Trigo. Después la bajada puso todo en orden. Gil falleció en Miami el 31 de marzo pasado, a los 93 años de edad.

Pedro Nel Gil junto a Ramón Hoyos. Fotografía / Archivo

Honda – Fresno, 41 km. En la salida, un grupo selecto de damas arrojó flores a los pedalistas. Tan solo un pasaje florido que se convertiría kilómetro tras kilómetro en oda al apriete de manos en el manillar. Con la llegada a Mariquita comenzó la cuesta imponente y eterna. 27 kilómetros para vislumbrar al gigante, Letras. Como en Tribuna y Trigo, se anticipaba una relación íntima con los ascensos. El país se volcaría hacia el elogio de los altos, esas cercanías con los cielos que se conquistan luego de sentir el fin de los tiempos en las piernas. La holgura de Forero se vio otra vez amenazada en la montaña por un antioqueño, en este caso, Roberto Cano. Excelso escalador que pinchó en la salida y tuvo que remontar desde la última posición hasta la punta, donde le ofreció una lucha pedal a pedal al líder que, inmutable, llegó a sentir el rigor de la fuerte relación del envigadeño que impulsaba el 46 de su plato con el 20 de su piñón: ¡una barbaridad! Pero el Zipa pudo de nuevo, su número 5 repitió el primer lugar en la etapa y les imprimió más minutos a sus perseguidores. Como Gil en la primera jornada, ahora Cano se convertía en ese ganador silencioso para la ovación de los espectadores y los radioescuchas.

Fresno – Manizales, 100 km. A 3400 m s. n. m. queda el cielo. 62 kilómetros desde Fresno hasta la cima impoluta. A Letras se llega sin piernas, hay que pedalear con la incredulidad y la obstinación. Fue el inicio de una advocación a las cumbres, de una manera de ser colombiano. La prueba más difícil se consumía entre el movimiento quejumbroso de los cuerpos de los ciclistas perdidos en la niebla espesa, desfilando como en una confesión, rotando con la cadencia lenta y esforzada hacia el tramo final de la subida. Siempre Forero empecinado en el liderato. Gil lo seguía de cerca e, incluso, alcanzó a olfatear alguna debilidad que se adhería al rostro como la lluvia que embarraba la caravana. El Zipa se desprendió de su perseguidor. En Letras, coronado el sitio imposible, Gil se detuvo ante la imagen religiosa de una virgen y donó una súplica al cielo. Primero la fe que la gloria. Hacia abajo la prolongación paisa, Manizales. Forero se dio contra el suelo, pero su ilusión permaneció intacta. Gil tuvo una avería. Arias, routier de Tolima patrocinado por Café Maravilla, esperó durante una hora en un barranco la asistencia del auto acompañante. Las épicas reiteradas de cada etapa. En Manizales, Forero hizo tripleta y prolongó su monarquía. Cano y Gil fueron de nuevo la sombra del vencedor.

Manizales – Cartago, 82 km. Los titulares de El Tiempo anunciaron el empeño de los vallecaucanos por sobresalir en sus tierras. A los antioqueños les llegó una misiva con dos bicicletas y repuestos como agradecimiento por los logros alcanzados hasta el momento. Tras el primer día de descanso, la lucha se preparó para toparse con otro terreno, el descenso. La salida fue una despedida estimulante, pañuelos agitados y muchachas lanzando besos de protección. Desde Manizales los cafetales pintaban a lado y lado de la carretera la nostalgia de los trepadores. Los ciclistas abalanzados sobre la potencia de su manillar, como lanzándose a un vacío sin retorno, veloces se arriesgaban a perder el control en una de las curvas o a toparse con alguna gallina criolla desprevenida. En Pereira y Palmira, los bomberos dispersaron un baño de agua para limpiar los rostros y las máquinas. Forero sufrió un accidente y adiós la cuarta en fila. Las contradicciones de la vida: Cano, el trepador más destacado, coronó en Cartago su primer triunfo. Todo un escalador venciendo en el teatro de los planeadores. Cerrando el pelotón, de nuevo los héroes anónimos, en este caso, una serie de corredores que se movían en bicicletas turismeras ya que las de carrera no soportaron las imperfecciones del camino.

Cartago – Cali, 209 km. La noche anterior los hombres se engrasaron las manos cambiando tubulares y brillando sus máquinas. Era la jornada para los velocistas, por eso nada podía fallar al momento de buscar la máxima velocidad en el paisaje de cañaduzales y calor desmoralizador. La mitad en polvo y la otra mitad en asfalto, esto último para agradecimiento de las bicicletas y los mecánicos. De Envigado llegaron varias cajas de bocadillos para celebrar y aumentar el nivel de Cano. Un gesto novelesco. Los bocadillos de Cano y la panela del Zipa. El duelo se jugaba también en la elección de la alimentación. En las inmediaciones de Cali, el lote compacto se deshizo en ataques por todos lados, hombres que saltaban hacia la gloria de esa etapa plana e infinita que les impregnó en la piel el rastro del sol consumido en cada kilómetro de la ruta. El Zipa pinchó en el puente de tablas de Juanchito. Los punteros aprovecharon y el local Oscar Oyola ganó su etapa para el clamor de los espectadores que se tiraron sobre su muchacho para pasearlo en los hombros de la victoria.

Cali – Sevilla, 169 km. A la altura de Palmira se fijaron las miradas entre rivales. Una marca cercana entre los del Valle, Antioquia y Cundinamarca. En realidad, todos preparaban la emboscada al Zipa en la trepada final. Fue el regreso de la epopeya de los escaladores. El Sastre resistió el empuje de los del Valle, quienes emprendieron un dominio en sus tierras solo cuestionado por el líder impregnado de firmeza impertérrita. Sin remedio, a pesar de la lucha desmedida del Sastre y del percance de Celis que rompió su marco, Forero se aferró a su imbatibilidad y desplegó una mirada equilibrada de seguridad en su triunfo definitivo. Nadie podía seguirlo.

Así, con la bicicleta al hombro para pasar los ríos, se hacía la Vuelta a Colombia. En la imagen el Zipa Forero. Fotografía / Sady González

Sevilla – Armenia, 52 km. De percance en percance los routiers resignaban sus posibilidades. La adversidad forma el carácter. No solo es la trepada, por más que sea el terreno predilecto; las caídas, los choques y el daño de repuestos también enaltecen el trabajo y robustecen la hazaña. Pero entre todos estaba el Zipa, indomable, curtido por el calor y maltratado por las piedras que abren heridas en las espinillas y rodillas. El Zipa otra vez, incansable, poderoso en su rastro que se perdió ante el semblante impotente, aunque también glorioso, de sus adversarios. La quinta del líder ante el pasaje de 25 mil personas en Armenia.

Armenia – Ibagué, 100 km. La última gran prueba de pundonor en el ascenso. La Línea era el otro gran escollo de la Vuelta, el otro imperturbable mirador de bruma y de esplendor de la cordillera. Forero atacó desde los primeros kilómetros. Quería sentenciar con autoridad y poderío el honor de portar el maillot tricolor. A pie de puerto los elegidos de la montaña ya estaban en su sitio, como si el miedo a la pérdida de fuerzas fuera una cosa cubierta por el olvido y, más bien, sostenidos por un brío de tierra quebrada y dolida, empezaban los gestos de agónica belleza de los cuerpos fatigados en las endiabladas curvas del alto. Arriba pasó Forero en punta. Cano segundo y luego Gil, Chiriboga y un aguerrido Ramírez, corredor que se multiplicó en energías con el fin de entrar honroso a Ibagué, su ciudad. En el paso de meta de la plaza de Ibagué, luego de 15 cuadras tupidas de griterío motivador y emocionante, Forero intensificó su naciente fama, entrando con su máquina maltrecha, el ring de su rueda trasera sin neumático y la ilusión sedienta de tomar para sí la historia grande y naciente de los héroes del pedal. A más de tres horas de la llegada de Forero, cuando ya había pasado la intensidad del recibimiento y el pueblo se había reintegrado a sus oficios, entraba Arévalo, corredor de Pasto, en el último lugar, lanzando pedaleadas al aire en una bicicleta turismera diminuta que un niño le ofreció en el camino para reponer la suya, averiada e inservible. La dignidad del esfuerzo, sin importar el tiempo perdido. Un requisito de la vida.

Ibagué – Girardot, 88 km. Se presiente el final, el regreso al punto de partida. Los corredores de Cundinamarca se hicieron dueños de sus carreteras. El plano asfaltado fue un tira y afloje entre pasistas y velocistas. Nada se guardaron, nunca lo habían hecho, y menos esa vez que había rumor de capital y meta definitiva. Hombres que no entendían el significado de dosificar esfuerzos, que se dedicaban al trabajo de la nobleza terca y desmedida. Y así, levantando polvo y escupiendo amarillo, se fueron turnando entre percances y ataques desenfrenados. Entre Buenos Aires y Gualanday, el Zipa cedió y su cadena le dijo no más. Rápidamente se reincorporó e impulsó a su compañero Hernández, cortándole el viento. Pero adelante llegó Oyola, valiente velocista, seguido de la legión de Cundinamarca.

Girardot – Bogotá, 130 km. El sitio de llegada se ubicó en el retén de Muzú. El centro de la ciudad hubiera colapsado por el paso de los héroes. La voz de Carlos Arturo Rueda en la emisora Nueva Granada inventaba duelos cuando en realidad los ciclistas rodaban exhalando sus escasas reservas de energía, agotados en su ritmo y dueños del valor de su padecimiento. La radio fantaseaba y ayudaba en la construcción del mito. De la misma forma, el corresponsal Constantino Casasbuenas desenfundaba su maestría para escribir la última crónica para El Tiempo, una serie de proezas literarias capaces de crear la pasión en el lector de prensa. Al cumplirse la etapa, la muchedumbre atrapó a su ídolo, Forero, arrebatándoselo a la organización y entregándolo a la historia. Sady cerró con su cámara un pacto con el afecto: la madre besaba a Forero en su rostro vapuleado y honrado.

Fue el comienzo del recuerdo, un prólogo para el inicio de la historia de los Escarabajos, esos hombres agarrados a su máquina, como si fuera el sentido de sus días, agotando cada una de las curvas de ese final típicamente nuestro, la cuesta. Un prólogo insuficiente, como se constataría con el paso de los años.