EN LA CALLE

Frascos de bocas chupantes y golosas que las bellas mujeres se aplicarán con coquetería sobre los senos y que guardarán en los tocadores, como ánforas alucinantes, la esencia alada de las flores de todos los países.

 

Texto / Luis Tejada – Ilustraciones / Stella Maris

Hay un placer indefinible que muy pocos saben saborear con plenitud: estar en la calle.

Estar en la calle es singularmente grato para el hombre que se ha enseñado a sacar una utilidad espiritual a los mínimos sucesos, y también para aquel perezoso y contemplativo que gusta de vagar sin rumbo y sin afán, inmiscuido entre la muchedumbre pintoresca y envuelto en el ambiente iluminado de las grandes vías.

Luis Tejada.

La hora más propia para estar en la calle es el atardecer, cuando las fábricas, los almacenes y las oficinas arrojan fuera una multitud llena de esa alegría peculiar del que ha dejado el trabajo por fin, del que ha estado encerrado en recintos oscuros y severos, y siente de pronto la embriaguez del sol vespertino, y bebe ampliamente el aire puro y tónico de los paseos públicos.

Las gentes empiezan a ascender hacia la parte norte de la ciudad. Idos en pos de ellas. Seguid a esos seres desconocidos, hombres y mujeres, llenos de discreto misterio y de quién sabe qué interiores esperanzas; dejaos poseer del júbilo de la tarde y sentir la voluptuosidad de la multitud. Miradlo todo. Contemplad con atención las mujeres exquisitas que se asoman a las ventanas y a los balcones; sus ojos que esperan os dirán algo bello: quizá en el fondo de alguno de esos ojos esté vuestra futura alegría o vuestra futura tristeza.

Deteneos, os lo encarezco, frente a los escaparates de los almacenes, y dedicad tiempo preferente a las perfumerías, que poseen encanto singular. ¡Oh los diminutos frascos cincelado con esmero, los frascos pálidos, los frascos rubios, los frascos de tonos marinos! Hay algo subyugante en ese arte sutil de labrar el cristal, el frágil y claro cristal que el orfebre contorsiona con maravilloso refinamiento hasta hacerlo adoptar esas formas de artificialidad deliciosa que veis allí. Frascos de bocas chupantes y golosas que las bellas mujeres se aplicarán con coquetería sobre los senos y que guardarán en los tocadores, como ánforas alucinantes, la esencia alada de las flores de todos los países.

¿Habéis revisado ya los escaparates uno tras otro? Entonces andad en pos de la primera mujer y haceos la ilusión de que os ha mirado de cierta manera, sin perjuicio de que la dejéis al volver la esquina; sentaos en un banco a ver circular el gentío, o dirigíos a vuestra casa despacio, las manos sabiamente echadas en los bolsillos y la cabeza llena de remotos pensamientos.

Estoy seguro de que sentiréis una fruición delicada al través de todo esto y amaréis este baño cotidiano de cosas menudas, de visiones callejeras y refrescantes.