Con el corazón en los pies y el júbilo digno de los que corren mirando hacia el cielo, llegaron uno a uno los cientos de hombres con piel del color del coraje, llegaron llevando la libertad entre las manos que años antes habían sido maltratadas con látigos por orden de bestias auto-proclamados reyes o nobles: un tipo de hombres convencidos que la humillación y el abuso eran más valiosos que el Dios al que alguna vez profanaron devoción.

Cuatro siglos después, como ellos pero sin la mitad de su temple, llegan al mismo lugar colombianos aficionados y extranjeros aventureros, entre otros turistas, fotógrafos, periodistas y estudiantes; muchos de ellos fracasados, exitosos o ignorantes, aunque todos con algo en común, aparte del deseo por recorrer como a feria de circo el lugar que es más que tierras des-pavimentadas y barrosas, más que hombres que hablan en dos lenguas y marranos desnutridos: ninguno sabe qué significa ‘la libertad’.

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Por: Maritza Palma

Ilustraciones: Chucho Barrera Henao

A la vez que ingenuos buscan en tierras de valientes pruebas que los dignifiquen por arriesgarse a estar lejos de unas calles bien pavimentadas de alguna ciudad principal, escuchan rezos y canciones en el cementerio, justo al lado de la vía que los conduce hacia la música de fiesta que viene desde más arriba, donde parece haber un poco de luz. La calle está oscura y el suelo embarrado gracias a la lluvia que ha caído quién sabe si a manera de bienvenida o espanto por los intrusos. Hoy, como cada año, circulan cientos de personas esperando oír el toque de un tambor o el saludo de un palenquero exclamando “com mucho congoroco aquí en andi palenque terra do africa chuta quelem com toumo corazón”.

La luz se ha desplazado hacia la plaza central de este pueblo, ya que justo al lado de Benkos, alzado sobre un pedestal, está la tarima que reúne a artistas de la región, la nación y el mundo al son del tambor y en alusión a los sonidos que un día, tras soltar sus cadenas, los cimarrones hicieron brotar con entusiasmo y sabor. No es metáfora lo de la luz, no hay energía en todo el pueblo, pero en la plaza no puede faltar, menos para una fecha tan especial, menos para la celebración que vienen realizando hace 29 años: el Festival de tambores.

Octubre es el mes encargado de preparar a los palenqueros, habitantes del municipio de Mahates-Bolivar  para la nueva visita. Visita que no es del presidente, que seguro necesitaría unas botas pantaneras para cruzar por acá y está más cómodo en la Habana. Ni tampoco del Papa, que representa la iglesia que se les impuso por encima de sus creencias ancestrales. Ni del Instituto Nacional de Vías, que hasta el momento no se ha tomada la molestia de intervenir satisfactoriamente las calles de San Basilio de Palenque, las cuales -así como las de muchos pueblos del país- continúan echas tierra, hechas pasado y olvido, calles que se inundan y se hacen barro a la deriva de las voluntades del clima, que ni el espíritu de un héroe libertador como Benkos –también conocido como Domingo Biohó- o los puños de un luchador como Pambelé pueden detener.

Ninguno de ellos viene. Para el gobierno e instituciones como la UNESCO basta con nombrar  a este pueblo como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

Pero con todo y sin celebridades políticas por medio, el palenquero está dispuesto a recibir a cualquiera con una sonrisa en el rostro y un apretón de manos, a ellos no les afectan las carreteras barrosas, simplemente se halagan de saber que los verán, que visitarán su pueblo y que les escucharán sus voces a través de su lengua nativa o de sus cantos acompañados del tambor.

Es tanto que Palenque prefiere seguir siendo el pueblo del pasado, aunque yo preferiría que al menos no se convirtiera en una tierra más de olvido.

Al parecer las calles sin pavimento, las casas viejas y toda una estructura desprovista de modernización no son sinónimo de padecimiento, por el contrario encontrarse con una tendencia a la urbanización y a la tecnología sí resulta ser una amenaza.

Las calles en tierra planean taparse con pavimento pero lo que para mí es inhumano para personas como Manuel Pérez, organizador del vigésimo noveno Festival de tambores, es la mejor manera de no perder la raíz que fecunda la tierra de lo que son: “en el ideario de desarrollo no estaba lo del concreto, pero bueno, ya estamos siendo llevados por unos sistemas de gobierno tipo regional que están conduciendo a eso, porque nosotros económicamente y socialmente estábamos mejor cuando solo vivíamos en casitas en palo. Esa presencia del  llamado desarrollo ha traído también un desmejoramiento de alguna forma”.

Quién creería que la instalación del alcantarillado que se viene desarrollando desde abril del año 2013 les haría la mala cara a personas como Manuel. Si bien no es falso temer a las pérdidas inmateriales, pues en Colombia ya ha pasado mucho que tras el pavimento se camuflan una serie de pretensiones que con miras al abstracto concepto de desarrollo anula los principios nativos, borra del mapa las manos y los amores ancestrales; por ello algunos habitantes de Palenque temen que así como el resto de su país sean ellos esclavos de la ola amarga de una industrialización.

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La cuestión no está en tener un sitio mejor por donde recorrer las calles de este pueblo de perdón y libertad, está en lo que le sigue, en los intereses que no saben medir y conciben la modernidad como todo lo que elimine las raíces negreras, indígenas, míticas, ancestrales y humanas. El riesgo se halla en perder la esencia por correr a la velocidad de un mundo globalizado que cada día exigirá más de un pueblo que siente el pasado al latir de sus corazones.

San Basilio no es un pueblo que se quedó atrapado en el tiempo, como muchos dicen, San Basilio simplemente utiliza su propio reloj, sus propias órdenes. No es conformidad, es la ruptura del concepto de desarrollo que tenemos los que vivimos en la ciudad, como si un móvil Apple, un volkswagen, una casa con pisos de cerámica y amplios ventanales de vidrio polarizado y tantos lujos más  fueran sinónimo de desarrollo, de crecimiento, de evolución.

El parámetro aquí es otro, no se quiere una aplicación para distraer a los niños, se quiere que logren amar su lengua palenquera; no se pretende vivir en la miseria y la pobreza, se desea tener lo que es realmente útil para proclamarse libre de verdad, y esa libertad no la da ni el cemento, ni el internet.

Que el pavimento no robe las raíces de los árboles, los vehículos no apaguen el sonido de los tambores, la web no silencie las palabras en lengua nativa, que vivir mejor no implique perder la esencia de lo que son y que Palenque siga siendo  “un pueblo que continúa con su lucha, un pueblo que sigue y que se mantiene en un proceso de resistencia  a perder lo propio, a perder lo tradicional, a perder lo nuestro”, como lo afirma Manuel.

La libertad alcanzada hace décadas se ve amenazada por la esclavitud de corazones y mentes que sacude la  globalización, pero mientras los pies tengan fuerza y los negros agallas, valga esta vida y la otra para saber avanzar.

Una vez terminado el Festival moriría la excusa de permanecer allí y los mismos intrusos dejarían de oler en los árboles y en los niños una posible descripción incolora de desapego a la vida urbana y material. Como el esclavo que estando libre quiere volver a usar las cadenas, los visitantes se retirarían con la luz del día, dejando a Palenque en las manos de Benkos, marchando hacia las calles donde el corazón no se escucha latir.