ESBOZOS IMPRECISOS

A veces los escritores ni con años de intentos logran atrapar una mínima partícula de aquel polvo que flota. Pero es la ley del arte, su rareza y eventualidad es la que lo hace superior.

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

 

El poeta y viajero polaco Zbigniew Herbert decía que antes de comenzar el viaje existe ya el mapa en la mente del viajero, de la misma forma que “existe un esbozo impreciso e impersonal de un poema que flota durante mucho tiempo en el aire antes de que alguien se atreva a hacerlo descender a la tierra dándole una forma comprensible para la gente”.  Esa idea de los poemas suspendidos en algún lugar, a la espera de que sean percibidos por alguien que al final los desciende a la tierra, es formidable. En primer lugar porque implica que los poemas (todos) ya existen, es decir, andan por ahí en el aire, como la luz, o como el polvo, flotando, y a la espera. No hay nada nuevo en el universo, eso ya lo sabemos, pero las pretensiones de los artistas y de los científicos nos hacen creer, cada tanto, que hemos dado con algo novedoso, algo recién creado, y no hay tal. Ni el rojo Tiepolo que puso en evidencia Calasso era exactamente de Tiepolo; lo que sucedió fue que él lo vio y supo combinar los pigmentos de la manera precisa, o para decirlo como Herbert, lo hizo comprensible para la gente.

 

La aseveración de Herbert acerca de la poesía, que entre otras es más genial que lo del mapa, es, por otra parte, una magnifica advertencia de que el arte existe mas allá de su concreción, y que es una especie de creación divina en suspenso, pendiente apenas del miglior fabbro. Del artesano que con curia se encargue de hacer descender, del estrato en el que se encuentra, el embrión de poesía que demuestra que algo sublime regenta el universo, o al menos lo habita.

 

Y va más allá, porque señala Herbert que la poesía deberá ser comprensible para la gente. Por supuesto no se refiere a que deba utilizar necesariamente lenguaje o herramientas sencillas o vulgares, ni más faltaba. Se trata en cambio de que la concreción sea humana, es decir que el artista –o artesano si así lo prefiere, tal como lo prefirió T.S. Eliot para dirigirse a Ezra Pound–, asiente la divinidad de lo que percibe, de tal forma que los demás, para quienes aquello no ha sido perceptible, puedan verlo o presentirlo. Otro poeta, Robert Hass, lo dice de otra forma, según él: “la poesía debería ser capaz de aprehender la tierra/ (y) dejar de lado de vez en cuando su idioma natural/ de ardor y revulsión…”

 

Sucede, sin embargo, que no es corriente que la poesía se concrete, existe más poesía que poetas –y menos mal–. A veces los escritores ni con años de intentos logran atrapar una mínima partícula de aquel polvo que flota. Pero es la ley del arte, su rareza y eventualidad es la que lo hace superior.

 

Menos sucede todavía que la poesía que se concreta sea capaz de aprehender la tierra como quiere Hass, eso es casi imposible, aunque resulta probable, y cuando pasa es porque alguien logró traspasar el límite de lo humano, y no solo capturar el aliento de aquello que flota, sino además hacerlo de una forma tan elevada como el esbozo poético captado.

 

Todos, en algún momento, hemos visto esbozos imprecisos, pero no hemos sido capaces de atraparlos, y cuando hemos querido, se nos han escurrido entre las manos.  Al menos, pienso, no hemos sido aún más pretensiosos, porque el ridículo provocado por nuestra torpeza habría sido peor si además hubiéremos querido aprehender la tierra.

 

He escrito todo lo anterior solo para advertir que un poema que encontré en una fotocopia guardada en una carpeta vieja, y que había olvidado por completo, me ha provocado en su relectura una reacción física especial, una especie de picor en la parte superior de la columna, y he entendido que ello se debe a que el escritor, el alemán Gottfried Benn, logró atrapar lo que flota y hacerlo descender a la tierra:   “El cadáver del conductor/ de un camión de cerveza/ fue alzado sobre la camilla./ Alguien le había colocado entre los dientes/ una pequeña flor/ oscura-clara-lila./ Cuando le saqué el paladar y la lengua/ desde el pecho/ con un largo cuchillo/ debajo de la piel/ he debido rozarla/ porque la flor/ se deslizó/ hacia el cerebro vecino./ La guardé en el tórax/ entre el aserrín/ cuando lo cosían./ ¡Bebe hasta la saciedad en tu florero!/ ¡Descansa en paz,/ pequeño aster!

 

Sin duda el poema es cruel, macabro incluso, pero qué importa eso si es bello, y si el médico legista Benn fue capaz de atrapar, en medio de la dureza del momento, lo excelso que por un instante aleteó frente a sus ojos. El nombre del camionero ya se diluyó en la bruma del tiempo, en cambio el hombre muerto y la pequeña flor (aquel aster oscuro-claro-lila), y hasta el cerebro vecino, existen todavía: eso es no solo hacer descender a la tierra el esbozo impreciso, sino también aprehenderlo.