ESCAPARATE Y VIACRUCIS

Seguimientos, amenazas, atropellos, arbitrariedades, secuestros, torturas y asesinatos, no sólo fueron hechos frecuentes dentro y fuera de los claustros, sino que se volvieron eventos cotidianos, luego murmullos clandestinos, y, más tarde, como diría una canción de entonces, “noticia olvidada”.

 

Por / Jairo Hernán Uribe Márquez

Lo que contaré ocurrió a mediados de los años ochenta del siglo pasado. Padecíamos, por cierto, un escalamiento de las muchas violencias conocidas: las extorsiones y secuestros de las guerrillas, y las primeras incursiones sangrientas del paramilitarismo –un viejo actor de una vieja guerra– que comenzaba a tejer sus oscuras alianzas con el narcotráfico y a planificar sus futuras y más terribles masacres.

Como respuesta a la situación nacional, el gobierno de turno, amparado en una reprochable doctrina militar, había declarado –años atrás– el “estado de sitio” y expedido un “estatuto de seguridad nacional” que consistía en la restricción de las más importantes libertades y derechos de los ciudadanos.

En esa época, recién iniciados nuestros estudios, el ambiente universitario estaba enrarecido por causa de las numerosas y constantes violaciones a los derechos humanos de las que fueron víctimas numerosos líderes sociales, docentes, empleados y estudiantes, especialmente aquellos vinculados a organizaciones sociales y universidades públicas.

Seguimientos, amenazas, atropellos, arbitrariedades, secuestros, torturas y asesinatos, no sólo fueron hechos frecuentes dentro y fuera de los claustros, sino que se volvieron eventos cotidianos, luego murmullos clandestinos, y, más tarde, como diría una canción de entonces, “noticia olvidada”.

Por eso fue que, como estudiantes inquietos, preocupados e indignados por lo que pasaba, como expresión de inconformidad, como una nueva forma de enfrentar esa anomalía política y social, como una manera de expresarnos  y,  claro, de pasar el tiempo, decidimos fundar un “grupo cultural” en la facultad.

Al comienzo tuvo un nombre pomposo: Círculo Cultural Universitario. Y además una sigla que parecía un emblema sospechoso: CCU. También unas pretensiones generales, aunque inocentes: profundizar en nuestros intereses académicos, dialogar y debatir acerca de la situación nacional y local, pensar, estudiar, leer y escribir.

El grupo se fue formando con las amistades más cercanas y con aquellas personas que mostraban afinidades políticas, sociales o culturales. Las reuniones se hacían fuera de la U, en la casa de un compañero nuestro, curiosamente mordido y atravesado por toda clase de inquietudes artísticas Y ociosas. Esto no evitó que las sesiones comenzaran y terminaran con los formalismos y las actas formales, de moda en las asambleas sindicales de entonces. Se elaboraba un orden del día (según el tema o los intereses del momento), se discutía su contenido y se ejecutaba lo aprobado de la mejor manera posible. El resultado final era una apretada agenda de trabajos pendientes y unos compromisos de lecturas y escrituras que debían saldarse en las sesiones siguientes.

La meta inicial, naturalmente, era mostrar lo que hacíamos al interior de la facultad. Pero la difusión de estos materiales era difícil. Carecíamos de recursos para una publicación periódica y los espacios de divulgación de la universidad eran muy limitados, casi que reservados exclusivamente a los asuntos académicos.

Luego de trasegar varias semanas por todo el campus en la búsqueda de un medio de expresión sencillo, económico, y que estuviera a la vista de todo el mundo, encontramos una vieja cartelera abandonada en los pasillos de otra facultad. Como nadie daba razón de sus dueños decidimos usurparla para nuestro proyecto; la trasladamos a nuestro lugar de estudios y la convertimos en nuestro primer periódico mural.

Se trataba de una delgada alacena de madera, una caja rectangular de un metro de largo por medio metro de ancho, con una cubierta plegable de vidrio que protegía su contenido. La pintamos, la limpiamos concienzudamente y le pusimos la respectiva chapa de seguridad.

Cada semana, después de las puntuales (siempre juiciosas) reuniones del colectivo, decidíamos qué contenidos y materiales se debían mecanografiar para fijarlos al interior de la cartelera y ofrecerlos al público lector. Se seleccionaban ensayos, poemas, relatos, dibujos, pinturas, fotografías y una variada selección de noticias y comentarios. Para rematar, encargábamos a cualquiera del grupo que escribiera un ‘editorial’ o una presentación acorde con lo exhibido.

Así pasaron algunos meses. Con el tiempo, y el creciente entusiasmo de creadores y lectores, el periódico fue cambiando y se convirtió en un magazín artístico con contenidos más directos, ilustraciones más llamativas, y un diseño artístico más atrevido. Fue en ese momento cuando decidimos cambiarle el nombre. En vista de que su aspecto recordaba los exhibidores de mercancías y los armarios familiares, optamos por llamarlo Escaparate.

A partir de entonces el mural se convirtió en una vitrina mucho más abierta, a la que se sumaron estudiantes de otras facultades y artistas de adentro y de afuera de la U.  Y en gracia de esta sugestiva confluencia de ideas y personas, comenzó una nueva etapa, más creativa y, por supuesto, más llena de tropiezos, malos entendidos y pleitos.

Recuerdo, de manera especial, uno de los incidentes más sonados y que nos puso en la picota pública por largo tiempo. Habíamos propuesto la elaboración de una edición especial sobre el Viacrucis católico que, con base en las “estaciones” tradicionales, funcionara como un pretexto para cuestionar los sucesos de la historia reciente del país y, llegado el caso, de nuestra propia historia personal. Se distribuyeron los respectivos episodios del viacrucis (Huerto, condena, cruz, encuentros, caídas, crucifixión, etc.) y nos dimos a la tarea de escribirlos e ilustrarlos con absoluta libertad, pero también con elaborada seriedad. ¿El resultado? Una muy colorida revista, un florido mural que brindaba alusiones diversas, críticas y observaciones particulares, no exentas de sátira social y política.

La respuesta de la comunidad universitaria fue, para nuestra sorpresa, mayor y más intensa de lo esperado. La afluencia de curiosos superó todos nuestros cálculos y paulatinamente, a medida que crecía el interés por lo publicado, se agitaba y generaba una controversia mayúscula.

La opinión pública se dividió de inmediato en tres sectores.  El primero, en representación de los creyentes católicos, rechazaba todo el periódico y lo consideraba un sacrilegio, un atentado a sus principios religiosos. Un segundo sector, intermedio, aunque amparado en formalismos jurídicos, defendía lo que consideraba simplemente nuestro derecho a la libertad de expresión. Y un tercer sector, de corte laico, aplaudía nuestra audacia y el simbolismo esencial de los artículos expuestos.

Entonces ocurrió lo inimaginable. Encima, a los costados y por debajo del Escaparate, se fueron añadiendo –adhiriendo– todo tipo de mensajes. Primero fueron tímidas cartas y notas de reprobación, en su mayoría escritas a mano, en papel bond o en hojas de cuaderno. En ellas nos advertían de acciones institucionales y legales, desde obligarnos al cierre del periódico hasta expulsarnos del alma mater o denunciarnos penalmente.

Pero, a medida que pasaban los días y aumentaban los avisos, fueron llegando los anónimos repletos de amenazas e insultos. Y casi enseguida, llegaron los actos vandálicos, que incluyeron rayones, brochazos de pintura, intentos de hurto de la cartelera e incluso la fractura del vidrio que protegía nuestro trabajo. Finalmente, como colofón imprevisto, llegó una muy grosera carta del capellán universitario reprobando los escritos y las imágenes y lanzando sobre ellas todo tipo de maldiciones.

Como autorizadas por ese hecho, llegaron después algunas notas siniestras. La peor de todas, seguramente escrita por los “pichones de paracos” que ya hacían presencia en la U, nos amenazaba de muerte y exigía que abandonáramos la U. Aunque alarmados, sabiendo que en este país las amenazas se cumplen de modo trágico, nos pusimos a pensar cuál sería la mejor salida y respuesta a esa tormenta de intolerancia.

Fue así como retiramos la edición problemática, recogimos todos los panfletos y escritos que rodeaban el Escaparate y los metimos adentro, bien grapados, en el mismo orden en que fueron llegando. Y, después, sin ninguna advertencia o explicación, los ofrecimos como material y contenido exclusivo de una nueva edición. El título que le dimos reflejaba, de modo simple, la experiencia vivida: Viacrucis-2.

Por curioso que parezca, cesaron desde entonces todas las críticas y amenazas.