Una de las crónica contenidas en el volumen “Pedacitos de historia. Pereira 1905-1930”, que recoge parte de la obra del escritor Lisímaco Salazar, un autor que en vida solo publicó un libro de poemas: “Senderos”. El libro es fruto del esfuerzo de particulares, sin apoyo gubernamental.

 

Tomado de http://www.ecbloguer.com/blogaraje/?p=3808

Tomado de http://www.ecbloguer.com/blogaraje/?p=3808

Por: Lisímaco Salazar

Un día resolví viajar a la ciudad. Me chanté un vestido de dril saraviado, calcé unas alpargatas sogamoseñas y tomé el camino. Este viaje se cumplía en uno de los días de la semana. Cuando llegué a la ciudad, entré a la casa de don Victoriano Rivera, descansé un rato conversando con sus tres hijas, Isabel, Jovita y Ernestina. Luego me despedí, tomé la calle veintidós, subí a la carrera octava y doblé a la derecha con el propósito de llegar a la plaza mayor.

Cuando llegué a la calle veinte, me detuve  y miré a la carrera novena en donde vivía un señor Uribe, un medicamentero que le enviaba jaquequines a mi madre para aplacarle los dolores de cabeza que la atormentaban frecuentemente.

Como no tenía afán de viajar, allí me planté un rato, viendo pasar animales por las calles empedradas y las pocas gentes que marchaban por las aceras de ladrillo. Metidos en mi cabeza, pensamientos para construir una ensalada de las que recitaba en Altamira a los arrieros que cubrían los corredores de cargas y los que armaban sus toldos en el camellón.

De pronto, a una velocidad que yo no conocía, repuntó una cosa por la novena y avanzó a donde me encontraba, por la mitad de la calle, zigzagueando de tal manera que lo primero que se me vino a la memoria fue una tragedia de algo que yo no conocía, un aparato que yo veía inmensamente grande produciendo un ruido de golpes  sucesivos como de vigas y de alfardas, de reyes y de canes que caían a consecuencia de un terremoto. Estos ruidos sólo los había escuchado en los montes de la casa solariega cuando derribaban un árbol gigante.

El pensamiento, que es más veloz que la luz, envolvió cosas, tantas cosas que hoy no sé comentar, no alcanzo a imaginar , y si las imagino o las observo todas como las capté n el momento del miedo, no me explico cómo encajaron las células del cerebro. Aquel aparato era cosa de otro mundo, parecido al demonio que me enseñaron a conocer mis descendientes. Intenté correr por la octava hacia abajo o avanzar al centro de la plaza. Quise entrarme a la casa de balcón de las señoritas Posada o correr hasta la iglesia que apenas estaban construyendo. Es decir, no hubo punto cardinal a donde no quisiera marchar para esconderme de aquello que era peor que los vestiglos de que me daban cuenta mi bisabuela, mi abuela y mi madre.

Ese miedo terrible fue como una eternidad, pero al fin terminó. Fue entonces cuando me di cuenta que estaba parado en el mismo lugar, apenas con las piernas temblorosas y las manos inmóviles. El terror había paralizado mis nervios y allí me tenían. Convertido en una estatua, en una piedra, en algo inanimado. La máquina cruzó la plaza y bajó a la sexta, hasta que se perdió, girando a la derecha. Aquella cosa era el primer automotor que había llegado a la ciudad de Pereira.

Aquello que me confundió, que me llenó de terror, era un automotor marca Ford que habían adquirido con Pacho Uribe, el doctor Juan Bautista Gutiérrez y don Jesús Cano. Los manejaba aquel día Escolástico Acevedo (“Colaco”), a quien habían contratado los dueños para que se los armara y se los manejara. Este era el primer automóvil que llegaba a la ciudad, y “Colaco” el primer chofer que corría por las calles haciendo esguinces en los empedrados; y en las noches y en los días feriados, transportaba a los parrandistas y a las colegialas del barrio a uno y otro lugar de la ciudad.

Así describe este aparato Fernando Uribe Uribe en su libro “Historia de una ciudad: Pereira”:

“Tenía bocina de corneta, accionada por una bomba de caucho, luz de carburo que se encendía con un fósforo, después de reemplazar la carga del polvo blanco y graduar el agua habilidosamente, teniendo cuidado que los muchachos no tocaran el botón graduador que inundaba el tanque. El aparato prendía cuando le daba la gana y cuando tal hacía, rodaba de una a otra plaza dando tumbos y saltos sobre el empedrado, durante el día y la noche del sábado y domingo, produciendo buenos rendimientos a los propietarios”.

Escolástico Acevedo, el viejo “Colaco”, se instaló en Pereira. Aquí contrajo matrimonio, fue amigo de todos y montó una fundición, quizás la segunda del pueblo, pues la primera era la de don Antonio J. Quintero, el viejo zorro, autor de chascarrillos  y retruécanos, venido de Caldas, aquella ciudad que se levanta en el Valle de Aburrá. El amigo “Colaco” vivió muchos años en este pueblo, marchó después a Medellín, y allá debe encontrarse, habitando en la casa con los suyos o en el cementerio con los muertos.