Relatos que cuentan los pobladores que para su desgracia están asentados en lugares de proyectos mineros y que comparten, independientemente de la geografía, la misma suerte, la de ser objeto de patrañas, coacciones, amenazas, señalamientos, humillación, despojo y miseria.

Asentamiento-Tamaquito

Por: Gloria Inés Escobar

Tal vez algunas personas de las que no vivimos en La Guajira estemos enteradas de la problemática por la que atraviesan algunas comunidades afro e indígenas de la zona, comunidades que llevan padeciendo por 30 largos años la presencia de las empresas multinacionales mineras que a cielo abierto arrancan el carbón de las entrañas de este suelo. Puede ser que otras más hayan leído algo sobre lo que allí pasa, sobre lo que esta actividad extractiva significa para sus pobladores. Quizás algunas estén enteradas del proyecto de expansión minera que pretende adelantar la multinacional Cerrejón el cual contempla la desviación del río Ranchería, la sangre del territorio, al decir de los lugareños, en un tramo de 26 kilómetros. Pero una cosa es tener información sobre ello desde la distancia y otra, tener la oportunidad de verificar la situación en que esta población vive; conocer de primera mano la lucha desigual, pero firme, que vienen dando las comunidades en contra de una actividad que no les reporta ningún progreso; y recorrer el territorio para ser testigos de las consecuencias ambientales, sociales y culturales que ha ocasionado la explotación del negro mineral.

Esta crónica pretende relatar lo que vimos y sentimos durante la expedición al río Ranchería más de 100 personas en los días 16 al 20 de agosto, programada y coordinada por las comunidades afectadas como parte de la lucha de resistencia que vienen librando contra los atropellos de la empresa El Cerrejón, expedición que se realizó con el acompañamiento de otras comunidades y personas que han hecho suyos el dolor y sufrimiento del pueblo guaireño.

La llegada a La Guajira

A las 6:30 a.m. del día jueves 16 de agosto nos despertamos de nuestra primera noche en el resguardo Wayuu de Provincial, creado en 1988 y ubicado en el centro de la Guajira, noche de descanso después de una dura jornada de 20 horas de viaje. Después de bañarnos, con agua tirada porque en Provincial como en los caseríos no hay servicio de acueducto, nos dirigimos a casa de Luis Emiro Guariyu, uno de los líderes indígenas de la comunidad. Allí fuimos amablemente recibidos y obsequiados con un desayuno propio de la región: yuca, queso y chicha (pero no la chicha que nosotros conocemos que es fermentada sino una deliciosa bebida de maíz). Tuvimos allí la oportunidad de escuchar a Emiro quien empezó a adentrarnos en la problemática que estas comunidades, la suya y las aledañas, llevan padeciendo a causa de El Cerrejón.

La casa de Emiro, como las de la mayoría del resguardo que se asienta en tierra desértica, está construida en barro y cercada de cactus y vegetación propia de la zona, a pocos metros de allí se accede al rio Ranchería que constituye el límite del territorio por el lado oriental. Desde allí se puede ver la montaña de escombros, de gran extensión, en la que la empresa vierte sus desechos. Desde allí también se escucha un ronroneo intermitente, el ruido constante de los vehículos pesados en los que El Cerrejón traslada el mineral.

Después de esto regresamos al colegio del resguardo, sitio que fue acondicionado para recibir a los expedicionarios, una edificación en ladrillo que aún no está terminada por completo y que cuenta con amplios espacios, salones, comedores, salas de reunión y por supuesto, aulas. Ese día los niños de la comunidad llegaron a recibir sus clases y para nosotros como para ellos, encontrarnos fue un evento lleno de curiosidades, ellos nos indagaban y observaban y nosotros hacíamos lo propio. La empatía surgió al momento. Desde nuestra llegada nos sentimos como en casa.

A medida que transcurría la mañana el colegio se llenó de risas, de saludos, de hamacas y chinchorros desplegados por todos lados, de carpas ubicadas en cada sitio posible, de caras y rostros nuevos, una amalgama de vida que nos presagiaba una experiencia plena de sorpresas. Las mujeres wayuu iban y venían, unas aprovisionando los baños con agua para que quienes llegasen pudieran utilizarlos y asearse; otras, en la cocina trabajan como hormigas para preparar el almuerzo; algunas coordinaban la logística del evento en sí. La gente del resguardo que iba llegando hasta este sitio de reunión, se nos acercaba, nos daba su mano y su sonrisa, nos daba la bienvenida, todo el colegio era un bullir de vida de comunidad. Había también tal explosión de actividad que era difícil elegir qué observar, con quién hablar, qué hacer, el colegio se volvió un hormiguero completo. Desde este momento tuve entonces la certeza de que el tiempo sería escaso para tomar todo lo que la expedición ofrecería. Desde entonces también tuve la sensación, que jamás me abandonó, de que allí sin ser wayuu, ni afro, ni guajira, era hermana de ellos; que su causa hasta ahora apenas dibujada para mí, era también la mía; que su dolor y su rabia también eran los míos. Desde entonces me sentí parte de la comunidad, sentimiento que creció en la medida que pasó el tiempo.

Después de un delicioso y abundante almuerzo, ocupamos parte de la tarde en saltar de aquí a allá, de escuchar las voces de las líderes, de los indígenas, de los guajiros que tenían mil historias sobre lo que El Cerrejón había traído a sus vidas. Nos enteramos de las mil y una estrategias que la compañía utiliza para obtener lo único que quiere y busca, el carbón de La Guajira, lo demás, el discurso de la responsabilidad social, del progreso y bienestar para la comunidad, era simple engaño.

Escuchando estas historias, mirando sus rostros en un instante teñidos de tristeza, en otros, pintados de coraje; escuchando sus voces que por momentos se quebraban no podía dejar de recordar que experiencias similares las había escuchado de labios de la gente de Marmato que padecen a la Gran Colombia Gold y en general de los relatos que cuentan los pobladores que para su desgracia están asentados en lugares de proyectos mineros y que comparten, independientemente de la geografía, la misma suerte, la de ser objeto de patrañas, coacciones, amenazas, señalamientos, humillación, despojo y miseria por parte de empresas que si bien tienen diferentes nombres y provienen de diversos países tienen en común el representar a las potencias colonialistas que ven, en países como el nuestro, una despensa de recursos que nuestro gobierno, el que esté de turno, les concede sin mayor reparo.

Al escuchar los relatos de las infamias recibidas resultaba inevitable el comparar las estrategias utilizadas en cada caso para obtener la anuencia, el respaldo y la simpatía de los pobladores; todas estas empresas echan mano del mismo paquete de engaños (desde la seducción, pasando por el soborno, la compra de conciencias y voluntades hasta llegar a la coacción y la amenaza) para vender ilusiones a la comunidad y así poder allanar su camino de arrasamiento.

El acto de instalación del evento fue breve y sobrio. Se presentaron los objetivos, la metodología de trabajo y un acto cultural que consistió en la declamación de unos poemas de resistencia de Rogelio Ustate, poeta popular de Barrancas, y unos bailes representativos de la región que efectuaron niñas y niños wayuu. Después de esto se invitó a que los participantes en la expedición que se iniciaría al día siguiente, se presentaran. Los expedicionarios eran tanto nacionales como extranjeros.

El objetivo principal de la expedición podría resumirse en que personas de otras regiones y otras latitudes a través de un recorrido por parte del cauce y la cuenca del río Ranchería, así como de parte del territorio, pudieran observar y documentar directamente la contaminación y el deterioro tanto del ecosistema como de la calidad de vida de los pobladores de la zona y se sumaran a las voces que dicen NO al proyecto que tiene la empresa de desviar el río 26 kilómetros para extraer el carbón que custodia el rio en su lecho. Objetivos que fueron no solo conseguidos sino rebasados, pues la expedición nos permitió verificar que efectivamente la dimensión de lo que le ocurre al territorio, a su fauna y flora, y a su gente, con la presencia de este proyecto minero, es enorme; sus consecuencias son devastadoras.

La expedición contemplaba 6 recorridos por diferentes zonas. Nosotros elegimos el que abarcaba caseríos de concentración afro como Chancleta, Patilla, Roche y el asentamiento wayuu de Tamaquito.

Empieza la expedición

El viernes, 17 de agosto, después de bañarnos, desayunar y arreglar el morral, nos reunieron los coordinadores de nuestro grupo, uno de los cuales, Rogelio, nos obsequió a cada uno de los integrantes una totuma en la que estaban grabadas frases como Memoria y Reflexión, El Cerrejón miente, El río Ranchería es la sangre de la Guajira. Esta totuma, utensilio bastante común en las cocinas, nos sirvió mucho durante toda la estadía para recibir las bebidas que por causa del sofocante calor hay que estar ingiriendo. Los coordinadores nuestros fueron Rogelio, más conocido como el poeta, un hombre afro bastante locuaz y festivo, y Yalenis (Yale) una mujer fuerte y de palabra clara. Como apoyo nos acompañaba Roberto –miembro de la comunidad afro de Roche- y Jairo -el gobernador de los wayuu del asentamiento de Tamaquito. Además nos acompañaron tres voluntarios de la Defensa Civil.

El grupo estaba listo y ansioso por partir así que tomamos camino en dos vehículos para llegar a Puerto Arturo. Allí nos apeamos y sacamos lo necesario para nuestro recorrido por el río, lo demás quedó guardado en los carros que luego nos recogerían para llevarnos al lugar donde pernoctaríamos. Al inicio del recorrido lo primero que encontramos fue a un vigilante de El Cerrejón quien nos inquirió sobre quiénes éramos y lo que pretendíamos, de allí en adelante protegidos por la vegetación y a la sombra de nuestras miradas, sentimos su presencia todo el tiempo; en el recorrido no dejamos de sentirnos vigilados permanentemente, inclusive alguno de nosotros se percató de que fuimos objeto de algunas fotos por parte de ellos.

El primero en meterse al río fue el poeta, el agua le llagaba hasta la cintura así que nos dimos rápidamente cuenta que tendríamos que mojarnos casi que por completo pues aunque nos aseguraron que en todo el trayecto el río podía ser caminado, era obvio que no se trataba de una superficie uniforme así que como muchos de nosotros llevábamos celulares, cámaras y grabadoras, había un alto riesgo de mojarlos por lo que decidimos dividir el grupo en dos, unos irían bordeando el rio por la vegetación y otros iríamos por el rio, dispuestos a mojarnos por completo.

Muy pronto a nuestro paso empezamos a ver trozos de diversos tamaños de carbón, desde el minúsculo polvillo que se cuela por todas partes y forma unas vetas negras sobre la arena del río, hasta trozos muy grandes, situación que continuó durante todo el trayecto; además vimos caracoles comestibles muertos que según nuestro guía era una especie bastante sensible a la contaminación, lo que representaba una evidencia de ella en el río. El recorrido de esta jornada (aproximadamente 20 kilómetros) lo hicimos por momentos caminando y otro tanto dejándonos simplemente arrastrar por la corriente, eso sí nunca el agua nos cubrió por completo. En la medida que avanzábamos en el recorrido el poeta iba ilustrándonos sobre los nombres de los árboles y plantas que estaban al alcance de nuestra vista, nos comentaba también sus propiedades medicinales y usos tradicionales que los pobladores le daban.

Fue así como a la orilla del río vimos muchos árboles frutales como guáimaro, guama, mamón, cotoprix, joba, pastelillos, maíz cocio, coa; también observamos algarrobos en gran cantidad, caracolíes, guayacanes, ollita de mono, guacamayos, orejeros, corazón fino, mamón de leche, piñón de maco, ceibas, morito y el misterioso laurel. Vimos también gran cantidad de arbustos y bejucos, como el bejuco de agua o bejuco blanco, el cual bota un líquido cristalino que se utiliza como colirio para la vista y puede también beberse para calmar la sed; lechoncito, bajagua, melero, caña agria, bejuco de cadena, algodón chino, saca la estaca, sonconcito, verdolaga, bejuco de clavo, araña gato, jovito, guácimo, guayacán chaparro. Todas estas plantas, arbustos y bejucos, son medicinales y utilizados ancestralmente por las comunidades afro asentadas a orillas del río Ranchería.

Tuvimos la oportunidad de ver una manada de monos aulladores, los cuales nos dieron, por un buen rato, el maravilloso espectáculo de observarlos, mientras que el poeta nos comentaba que antes se veían muchas más manadas y que ahora eran más bien escasas.

En el trayecto era imposible no pensar en que toda esa exuberancia, esa variedad de vegetación, ese tiempo concentrado en esos enormes árboles ya maduros que nos regalaban una sombra siempre apreciada en medio de un calor abrasador, serían arrasadas para dar paso a la maquinaria que hurgaría sin compasión las entrañas del río en busca del preciado mineral. Pensaba también frente al “remedio” que ofrece la empresa de compensar esta pérdida por medio de reforestación en otro, en la diferencia tan grande que existe entre trasladar un objeto, por grande que sea, y “trasladar” la vida, por microscópica que sea. La diferencia es sencillamente la extinción de esta última. Desviar el río significa traer la muerte.

Cuando ya estábamos cerca de nuestro destino, Chancleta, nos salimos del rio y alcanzamos tierra firme con ayuda de unas raíces que nos sirvieron de cordaje. Una vez lo logramos nos encontramos a boca de jarro con algo que inicialmente me causó confusión, una ramada en la que una mujer, doña Antonia, preparaba comida. Después de saludar y echar un vistazo al paisaje pude entender que el chinchorro que estaba a un lado, un pisco que nos miraba mientras se alejaba un poco y otra ramada un poco más al fondo, era “el sito de habitación” de una finca.  Acostumbrada, o debiera decir amaestrada, como estoy a los espacios cerrados, a las delimitaciones precisas y a los muros, encontrarme con este espacio abierto sin barreras físicas pero que constituía “una casa”, me desconcertó. Esta sensación de expansión, de liviandad, de carencia fue acrecentándose en la medida que avanzó la expedición. Doña Antonia, a quien parecía no faltarle nada para ser feliz, con toda la amabilidad del mundo nos brindó un sabroso tinto y nos indicó el camino para llegar a nuestro destino.

Emprendimos la caminata por entre el medio del campo. Seguimos como nos fue indicado un sendero plano, seco y lleno de árboles y de plantas que nos fueron presentadas en la medida que se aparecían a nuestros ávidos ojos: ají cimarrón, higueretos, ébanos, pringamoza, algarrobos, trupillo, anamú…, también vimos algunas reses flacas. El poeta nos dijo que el ganado ahora se moría de hambre no solo porque estaba escaseando el pasto sino porque el que había estaba contaminado del omnipresente polvillo de carbón que se mete hasta en los pensamientos. A pesar del sol déspota que nos acompañaba, el trayecto se hizo muy agradable no solo por el paisaje sino por la infatigable voluntad de nuestro guía de enseñarnos todo lo que encontrábamos a nuestro paso. A las 12:40 en punto sentimos la explosión que cada día, a la misma hora, los lugareños escuchan, ruido que junto con el constante ir y venir de los pesados carros del Cerrejón son parte ya de la cotidianidad de la gente. Para algunos no sólo el ruido hace ya parte del paisaje sino la gigante polvareda que se levanta por causa de la explosión, así nos lo comentaron pobladores de Casitas, caserío adscrito al municipio de Barrancas.

Terminamos de atravesar el campo y llegamos a un camino ancho -la mayoría de caminos es bastantes ancho-. Al lado derecho estaba lo que quedaba de Patilla, un caserío en ruinas, desolado, clara evidencia del paso de El Cerrejón por él. Allí, ya cansados, tomamos el camino de la derecha que nos conduciría a Chancleta. En el camino encontramos ruinas de una construcción que había sido una tienda y que aún conservaba de modo legible un cartel que ostentaba todavía su nombre, “El progreso”. Allí buscamos un poco de sombra para burlar un poco el sol que sin ninguna compasión nos golpeaba con fuerza. Acordamos esperar al otro grupo que estaba en Patilla pero ante la demora y la fatiga que ya nos iba ganando, algunos de nosotros decidimos continuar el camino a Chancleta que estaba realmente cerca –menos de un kilómetro-. Cuando estábamos a punto de llegar nos pasó uno de los carros que nos había transportado hasta nuestro sitio de salida y que ahora llevaba a los compañeros que habíamos estado esperando. El carro los llevó a Chancleta y se devolvió por nosotros, así llegamos a nuestro sitio de descanso y el lugar en el que pernoctaríamos por dos noches, la casa de Wilman Palmesano y Mavis Rodriguez.

Reunidos en la primera habitación de la casa de nuestros anfitriones, un sitio espacioso y fresco cuyas paredes están hechas de cactus seco, y después de un sabroso almuerzo, tuvimos una interesante charla con el poeta y Wilman quienes nos ampliaron el panorama no sólo del medio ambiente en que nos encontrábamos sino también la manera como El Cerrejón destruía su vida social y cultural. El conocimiento del poeta sobre la fauna y la flora, y la denuncia contundente y llena de dolor que Wilman contó sobre lo que padecía la comunidad, nos fue llevando cada vez más a entender la dimensión del impacto de la empresa sobre la vida de los pobladores de esta parte de La Guajira. Un detalle que desde el comienzo hasta el final de nuestra estadía en Chancleta resultó constante, fue la amabilidad, la generosidad, la hospitalidad y el cariño de Wilman, Mavis, Heider y en general de toda la familia: Ignacio –Nacho- y Mireya.

Chancleta

Después de esa sobremesa nos dispusimos a ir al río a bañarnos, así a las 4.15 nos encaminamos al río que queda a unos pocos metros del caserío. Allí, ahora reunido todo el grupo, nos bañamos en medio de la alegría y la algarabía nuestra, de los niños de la casa y de nuestros coordinadores y acompañantes. Hubo tiempo para fotografías, para más conversaciones y por supuesto, para sentirnos más integrados.

Chancleta es un caserío en el que, en palabras de Wliman, viven por la gracia de Dios, 67 familias, alrededor de 280 personas, en su totalidad campesinos afro dedicados a la agricultura (plátano, guineo, yuca, patilla, frijol) y la ganadería (ovejos, cabras, ganado). Muchos de ellos crían cerdos y gallinas. Su territorio abarca 14 hectáreas de tierra poco fértil en el que las personas, los animales y las plantas le arañan lo que pueden a la tierra para sobrevivir. La pesca, cuando hay, se hace para el consumo.

El caserío tiene energía gratuita, desde el año 90, que les provee el municipio de Barrancas, al cual pertenece, por ello no es extraño que el ambiente esté normalmente ambientado por el sonido del vallenato, el ruido de las lavadoras, de algunas neveras y por las voces e imágenes que les llega a sus televisores. El agua es el verdadero problema. Toda el agua que la gente consume proviene o del rio porque la sacan de allí o de un carrotanque que pasa 3 veces por semana con agua que provee el municipio y que paga El Cerrejón, la cual es almacenada en tanques con la marca de la Empresa, que se hace visible en toda oportunidad que tiene como una manera de recordar que su omnipotente presencia en la vida de los pobladores, o como una manera de recordar que El Cerrejón es el dueño de la mayor parte del territorio y pronto lo será de todo. Su presencia en vallas, carteles y en todo lo que se pueda ubicar es para la mayor parte de la población algo así como la marca del diablo. De esa agua se reparten 200 litros a cada familia.

La gente de Chancleta es amable, abierta, desprevenida, amigable, tranquila, pero sobre todo, pobre; allí se vive al límite, al día y al asecho por la amenaza constante de una reubicación que no compensa para nada la pérdida a la que se verán sometidos por la empresa, excepto 10 familias que no clasifican para ello, de acuerdo al censo hecho por Antioquia Presente bajo las órdenes de El Cerrejón; familias que deberán contentarse con el dinero que se les dé por el valor de su predio, que como se podrá imaginar, debe ser muy poco.

La reubicación es necesaria para la empresa por cuanto necesita la tierra en que vive esta población, como antes la que pertenecía a las comunidades de El Espinal, Palmarito, Tabaco, Patilla y Roche, para expandir su minería. Recordemos que la empresa que usurpó su nombre del cerro Cerrejón, que hoy se divisa a medias desde algunos lugares porque ha sido tapado por una montaña artificial “hecha” por ella misma como un mecanismo de reforestación y compensación por la cantidad de árboles y vegetación que ha arrasado en su objetivo de arrancarle a esta tierra todo el carbón posible, es una multinacional con capitales por partes iguales de la BHP Billinton de Australia y Gran Bretaña, la Anglo América de Gran Bretaña y África del Sur y la Xstrata de Suiza.

En el año 2007 Antioquia Presente, por encargo de El Cerrejón, realizó un censo de población e inventario de activos de Patilla y Chancleta, con el fin de determinar entre otras cosas, el valor de los predios y las posesiones de los pobladores así como su procedencia y tiempo de residencia en el territorio. De allí es que en Chancleta de las 67 familias existentes, 10 no resultaron reubicables, es decir, no están contempladas dentro del programa de vivienda que la empresa ofrece en Barrancas para quienes negocien con ellos. De esta manera El Cerrejón ha dividido a la población entre los “afortunados” que pueden negociar y reubicarse, y los que no. Cuentan las mujeres de Chancleta que cuando van, por ejemplo el Bienestar Familiar a realizar programas de atención a los niños, esta institución, que es del Estado pero trabaja al servicio de El Cerrejón, como la mayoría de ellas, no atiende a los niños de los no reubicables, los deja por fuera en un claro acto de discriminación y servicio a los intereses de la empresa.

Las casas construidas en su mayoría en barro, con piso de tierra y cercadas por unas hileras de cactus, ofrecen un panorama exótico para nosotros. Allí el polvo y el calor se ven compensados con un agradable y refrescante viento que acaricia suavemente. El caserío se despliega sin orden aparente, una casa mira a la otra desde una distancia que permite sentirse amplio, extendido pero acompañado. Esto contrasta con lo abigarrado, apretado, asfixiante del espacio reducido de las ciudades en que nosotros vivimos. Aquí uno puede experimentar una sensación de libertad diferente. Todo este paisaje sería muy bello a pesar de las condiciones precarias en que vive la gente sino fuera por la basura que mancha los caminos, esa misma basura que encontramos en las avenidas de las grandes ciudades en donde al menos existe un sistema de recolección público, lo que no en estos espacios. Aquí la basura se mezcla con los animales que deambulan por el caserío en busca de alimento, evidencia del abandono a la que estas comunidades se encuentran sometidas por parte de los gobiernos locales y centrales.

Casa de Wilman Palmesano y Mavis Rodriguez.

Ya en la tarde y cuando habíamos comido suficiente, llegó un pastor pentecostal a llevarnos la palabra de Dios pues Wilman y Vanis son adeptos de esta religión. Después del sermón, que duró poco, empezamos la socialización de las experiencias de este primer día de recorrido. Cada uno de nosotros dio entonces cuenta de lo que percibió en la jornada. A las 9:00 p.m. terminamos con esta tarea, unos, los más cansados entre ellos yo que ya tenía acumulado el dolor de mi pierna la cual me había lesionado en la mañana, nos retiramos a dormir, los demás se quedaron conversando o fueron a la tienda de Ramiro donde se conseguía cerveza.

(Sigue…)