Es el Gran Ojo que se inmiscuye en todo, en una narración impregnada de visualidad, incluso acentuada por la visión defectuosa de la protagonista, aunque esto sea paradójico. Huir en busca la esperanza para caer en el limbo de la rutina.

 

Por Antonio Molina

Hay un remanente de indecencia en la novela El oído miope de Adriana Villegas Botero, una cierta tendencia del lector a sentir pudor por esa consentida intromisión en unas vidas ajenas… el fisgoneo de la vida privada convertido en literatura, en una ficción que sedimenta la incomodidad de estar presenciando una cosa cierta, pero extraña.

Todo lector de novelas, de alguna manera, es un voyerista que convierte al libro en la ventana indiscreta sobre la cual se apoya para escarbar en las vidas ajenas, animado por conocer sus secretos y presenciar los actos más infames o las gestas más nobles, allí, en la soledad de la habitación, en el apartamento solitario donde cada quien desnuda la propia existencia.

Para ello, nada más propicio que una gran ciudad. La capital de todas las capitales: esa Nueva York que siempre esquiva para sus visitantes, incluso para quienes nacieron allí. La ciudad madre del mundo y también paradigma de todas las junglas urbanas… de la mala madre.

Suma de apiladas manzanas con edificios fastuosos que se codean con otros más ruinosos ya caídos en abierta desgracia o de aquellos otros que todavía conservan ese vetusto aire aristocrático que hace creer a sus habitantes el disfrute del exquisito gozo de la onda retro a cambio del pago de un verdadero potosí.

Apartamentos solitarios custodiados por el silencio o, de cuando en vez, por un portero adormilado que lo sabe todo, pero a quien ya nada asombra. Ciudad dormitorio donde la vida trascurre en medio de los afanes de los cruces de calle, en el metro que nunca duerme o en los parques convertidos en espacios para sumar soledades.

Esa es la ciudad que conoce Cristina, una joven abogada que huye de su país para dejar atrás la desazón amorosa, el fracaso económico y la tragedia familiar. Un cóctel que la incita a conquistar como ilegal esa promesa del sueño americano tan cara para los habitantes de la zona cafetera de Colombia. No importa que para cumplirla deba cambiar su rol profesional por otro menos auspicioso para los escalafones sociales: empleada de aseo por horas al servicio de una variopinta clientela.

Urgida de un destino propio, Cristina acude con ansias a las clases de inglés para poder ser alguien en una sociedad construida sobre la ruina de millones de vidas periféricas como la suya, incluso asentada en los sueños fallidos de esa basura blanca apiñada en apartamentos de arquitectura repetitiva y facilista.

Pero ella es una latina diferente. Quiere huirle a esos hispanos que solo le recuerdan el atraso y la sordidez de esa sociedad primitiva de la cual quiere huir a cualquier costo. Para cumplir su meta, se convierte en una fisgona de su selecto menú de clientes, todos ellos norteamericanos, pero de costumbres disímiles.

No quiere un novio latino, desea a un prototipo anglosajón como Thomas Murphy, un hombre que nunca vemos, salvo en un retrato, pero que endulza su vida con breves notas y esporádicos obsequios dejados en su apartamento todos los días en que asiste para llevar a cabo el aseo. Cristina desea hacer suyo el American Dream y Thomas parece ser el ideal de ese sueño.

Para asimilar aún más la cultura anglo se sumerge en la lectura en inglés de las Dublineses de Joyce, obra y autor intrincados para cualquier lector, mucho más para una chica que acude a cada tanto al diccionario con el fin de aclarar palabras y así construir acercamientos con eso allí narrado y al parecer tan distante.

Pero volvamos al lector/espectador que no está solo en esa labor de fisgoneo de correos entre la protagonista y su círculo más cercano: una amiga, la madre y hasta un chat de citas se alternan con la mirada expectante de la pobladora de un mundo que anhela hacer suyo, ese de la alta cultura norteamericana vendida como estereotipo de todas las manifestaciones validadas por la sociedad de consumo –teatros, gastronomía exquisita, librerías, museos, intérpretes de jazz, entre mil poses más–.

La protagonista también es una consumada fisgona que no limita su labor a la mirada pasiva. Toma nota de números, marcas, usos, costumbres de sus empleadores para entrometerse abiertamente, para ahondar en la vida de aquellos que le interesan. Especula, pero como refinada investigadora ata cabos y procura verificar hasta donde sea posible cuán ciertas son sus hipótesis.

Gasta tiempo tratando de construir las vidas ajenas con migajas de su propia existencia. Cada cliente es una posibilidad con ellos entablar una relación, así sea a través del monólogo colectivo; la soledad de una ciudad sobrepoblada le restringe el verdadero contacto humano a un par de horas diarias, aquellas en las cuales trascurre la clase de inglés al lado de otros soñadores, migrantes de todas las latitudes.

Como la novela trata sobre la mirada ausente, Cristina tiene, ya muy avanzado el relato, la consciencia de ser ella misma el objeto de la mirada de alguien, de ese otro desconocido que tal vez tiene cámaras escondidas en los vericuetos de esos apartamentos que asea con esmero. Y la ofensa por el hecho de sentirse vulnerada se transmite al lector, ese que todo lo puede, incluso saltarse las páginas para conocer de antemano el final. Cristina no está sola en la ciudad ausente.