GUILLERMO VALENCIA O LA MICCIÓN

Por mi mente pasaron todas sus atrocidades y estupideces: el ímpetu esclavista, lo maltratador con sus empleados, su nocivo intento de convertirse en presidente, su descendencia insulsa que culmina con Paloma Valencia –¡Ay, por qué no nos dejaste mejor un cisne!– sus imágenes poéticas dizque de camellos, dizque cisnes en lugar de grullas, dizque de anarquía ese conservador.

Escribe / Mateo Quintero – Ilustra / Stella Maris

 

Si hay algo más difícil que conocer a la suegra, es conocerla después de que se terminó con la novia; es decir, conocer a la exsuegra. Habíamos terminado mi exnovia y yo en diciembre –la peor o mejor época para pasar el despecho–, y ella se fue al lugar de la que es oriunda: Popayán. Como buen borracho triste, a las 12:01 a.m. del primero de enero, la llamé intentando solucionar las cosas. Claramente, no ocurrió así, pero quedamos en buenos términos. Días después, aún seguíamos en vacaciones Sebastián, un amigo en común, y yo. Ella lo invitó a pasar vacaciones a Popayán y yo, al enterarme, como buen pegado, me adjunté. Arrancamos de Pereira a Cali a las 5 de la mañana del seis de enero con un guayabo de los mil demonios.

En solo dos horas alcanzamos la capital del Valle del Cauca, y comenzaba el martirio: dirigirnos a Popayán sin tener idea cómo. En la terminal de Cali nos impresionaron la cantidad de cabinas, luces, buses, pisos, comida, gente y más gente. A diferencia de Pereira en donde hay dos buses y tres taxis parqueados afuera, y donde le dicen “el terminal” a la terminal, lo de Cali parecía el aeropuerto El Dorado para nuestros ojos pueblerinos.

La pereza y la ansiedad son las dos características que marcan mis decisiones, así que la primera luz LED que vi que decía Popayán, fue a la que me dirigí. Sebastián rechistó porque quería sopesar precios –lo que cualquier persona sensata haría–, pero yo le dije que el calor de Cali y el guayabo me iban a hacer vomitar, y él aceptó a regañadientes. Mi decisión no pudo ser  más horrible. Tiempo después nos contarían que a esos buses les decían “Los cebolleros”, y cuánta razón con ese apodo. Los buses de Puerto Tejada   estaban destartalados, las sillas rotas, los apoya brazos eran simples alambres, y estábamos todos tan apretados que podíamos escuchar los chismes de cabo a rabo. Mi silla en particular había sido amputada, y donde debía ir el apoyabrazos, solo se hallaba una puntilla de unos diez centímetros que me tocó rodear con mis piernas por falta de espacio y que amenazaba con amputarme el miembro, el “jefe”, como lo llamaba mi abuelo, cada que el conductor frenaba para montar a otro transeúnte.

No sé cómo, pero ese pseudo bus llevaba a un miembro de cada región de Colombia: había caleños, paisas, pastusos, chocoanos, caucanos, santandereanos y nosotros, representación del Eje. Como es bien sabido, los buses que parten de la terminal no pueden recoger a pasajeros en la calle. ¡Pero a Colombia qué le va a importar eso! ¡Esas leguleyadas pa’qué! Así que nuestro amable conductor puso en práctica los mandamientos de nuestros ex  candidatos presidenciales: “me limpio  el culo con la ley” y “plata es plata”  y empezó a parar cada dos cuadras esperando a que alguien se subiera al bus y atestarlo hasta más no poder, lo cual convirtió al viaje de tres horas en casi  cinco. Yo, alma pacífica y cobarde, no dije nada, pero el santandereano que estaba detrás de nosotros no aguantó la ira que le regurgitaba en la sangre y se regó en insultos contra el conductor cuando llegamos a Caldono. Los demás pasajeros se unieron a la refriega. Mientras el bus se convertía en infierno de madrazos y putazos en todos los dialectos posibles, Caldono estaba en fiestas, y fiesta sin pelea no es fiesta, por eso Sebastián y yo, asomados a la ventana, vimos cómo un habitante de calle perseguía con una piedra alrededor del bus a un hombre que intentaba defenderse blandiendo un machete. De repente, a Sebastián lo llamó mi exnovia preocupada por la tardanza, y el ringtone de él calmó los ánimos, pues era esa bella canción de Octavio Meza que dice: “ahora sí cojo camino arriba, no te me quedes, mula cacorra”, y ningún pasajero pudo resistir la risa.

Llegamos a Popayán y la tensión  que había entre ella y yo se sintió desde el principio. Yo solo tenía, como siempre, mi aura apesadumbrada, y ella con su carácter fuerte y dominante, llevaba con mayor soltura la situación. Cuando entramos a la casa de mi suegra, o exsuegra, mi pesadumbre se convirtió en temor, pero los nervios se calmaron al ver que me recibía con una gran sonrisa y un platado de sancocho que me quitó el guayabo para siempre. Lo que le quitó el guayabo a Sebastián, por otro lado, fue la visión deslumbrante de una de las hermanas de mi exnovia, que había conservado de grata manera la genética de mi suegra, y todos sus atributos se vieron potenciados al estar envuelta en una toalla, hasta el punto de que Sebastián no pudo contenerse y exclamó que se tenía que casar con ella o no sería feliz jamás en la vida.

Todo transcurrió con normalidad. Fuimos a dar una vuelta por el centro de la ciudad blanca, y observamos la arquitectura colonial que maravilla por la espectacularidad de su conservación, entramos a museos, comimos empanadas y tamal de pipian, y mientras todo eso pasaba yo solo intentaba restablecer mi noviazgo fallido con bastante poco éxito. Entramos a la iglesia de corte Victorino. Quise rezar, pero no pude. Ningún Dios puede restablecer un amor caduco.

Salimos de la Iglesia y cuando nos dirigíamos a la Plaza, nos topamos con una casa gigantesca, blanca como de costumbre, pero mejor conservada que las demás. Pregunté qué era y me dijeron que era el Museo Nacional Guillermo Valencia, su antigua casa ahora hecha museo. Un ardor de odio me recorrió el cuerpo. Un asco llevado a la  exasperación me  dejó suspendido frente a la casa, y entreví, por medio de las rejas, una estatua en medio de la magnitud del jardín. ¡Cuánto hubiera deseado escupirla, pero la fuerza de mi rabia no alcanzaba semejante lejanía! ¡Qué gran acierto ponerla tan lejana de la gente! ¡Lejana como siempre estuvo él de sus compatriotas! Por mi mente pasaron todas sus atrocidades y estupideces: el ímpetu esclavista, lo maltratador con sus empleados, su nocivo intento de convertirse en presidente, su descendencia insulsa que culmina con Paloma Valencia –¡Ay, por qué no nos dejaste mejor un cisne!– sus imágenes poéticas dizque de camellos, dizque cisnes en lugar de grullas, dizque de anarquía ese conservador, y lo peor de todo: su poema sobre Silva, reclamándole lo mejor que puede hacer un hombre: suicidarse. ¡Ah, que la misericordia de Cristo lo perdonase! ¿Y quién te perdona a ti tus latigazos a esclavos! Pero todo se le perdona al primer poeta moderno de Colombia, ¿no? ¡Que me perdone la academia, pero qué versos tan maluquitos!

Seguimos caminando y caminando, como me enseñó Atahualpa Yupanqui, y entramos a bares y discotecas, y yo bebí y bebí e insistí e insistí hasta que logré granjearme un beso y sentí que había triunfado, que esos kilómetros no fueron en vano, que la rabia ante ese personajillo valió la pena. Salimos ya próximos a la madrugada mientras me contaban que la gaseosa Colombiana era un robo de Postobón a otra gaseosa de cuyo nombre no me acuerdo y que era original de Popayán, y yo seguí bebiendo cerveza hasta que nos volvimos a encontrar con el palacio del poeta, y no pude evitar las ganas de orinar, así que me dirigí a la pared donde se hallaba su nombre, y oriné litros y litros, o mejor, miccioné, como le hubiera gustado decirlo a él, con sus palabrejas  rebuscadas.