Ilustrando zapatos

 El parque el Lago de Pereira es un lugar visitado frecuentemente por Vicente Fernández, Sandro de América o simplemente César Gómez, un embolador que se hace llamar de diferentes maneras y es reconocido por muchas personas que encuentran en este singular personaje entretenimiento y gran carisma.

ElRey

 

Por: Maria Alejandra Saavedra y Miguel Ángel Góngora

“Con dinero o sin dinero yo hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley, no tengo trono ni reina ni nadie que me comprenda pero sigo siendo el rey… Algunos me dicen Vicente Fernández por mi voz, otros me dicen Sandro de América por mi peinado, a mí me da igual como me llamen, pero mi nombre es César Conde Gómez Castro”. Así se presenta uno de los emboladores más conocidos del parque El Lago de Pereira. En medio de risas y observando este personaje ejerciendo su labor, nos cuenta cómo es  su diario vivir.

Para empezar, nos sentamos junto a él con la excusa de que embolara nuestros zapatos; en poco tiempo ganamos su confianza y empieza a narrar fragmentos de la historia de su vida y de las experiencias que afronta en su diario vivir.

– “¡Vuelve y juegaaa papaaaaaaá!”, grita lanzando su cepillo de embolar, agarrándolo en el aire como un malabarista profesional. Así atrae a las personas que pasan por el lugar.  Aunque su presencia es un poco intimidante, su forma de ser cambia totalmente esa imagen sombría.

Nació en Pereira, habitante del barrio Alfonso López donde vive solo en un cuarto por el cual paga dos mil pesos diarios. La tarifa baja se debe a la ayuda que le presta al dueño de la vivienda cobrando a los demás huéspedes el dinero por pasar la noche en las habitaciones; su única familia es una hermana que vive en Medellín con su esposo taxista, y dos hijos conductores de tracto mulas.

Ha desempeñado distintos trabajos, como se dice popularmente, es “todero”: fumigador, carretillero, vendedor de dulces, recorrió la ciudad vendiendo traperos y escobas, vendió churros y tintos por las calles, pero en los últimos años se dedicó a embolar zapatos. – “¡jaaa!, yo le he embolado los zapatos a gente importante, a famosos, por aquí pasó el alcalde Israel Londoño, el ex presidente Uribe, han pasado gobernadores, concejales, políticos, pero esos son machuchos, no dan más de dos mil pesos”, dice César sonriendo para aparentar frente a la clientela.

Lo observamos detenidamente. El rostro marcado por el sol, refleja el duro trabajo del día a día; su cabello y barba blanca evidencian el largo trayecto que ha recorrido durante sus 50 años, pero en los gestos se evidencia la alegría de vivir; su mirada esconde la soledad y el difícil pasado de su vida, pero también, el noble corazón que atesora.

Vuelve y juega papaaaá

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“Grabé en la penca de un maguey tu nombre, unido al mío entrelazaaaadooooos… ¡vuelve y juegaaa papaaaaaaá, jajaja!”, exclama con una sonrisa pícara, contándonos cómo termina su jornada: – “Trabajo en El Lago por ahí hasta las cinco y después me voy pa’ La Plaza de Bolívar porque allá también tengo clientela, con eso me hago al día de quince a veinte mil pesos, si estoy de buenas me hago más”.

Durante la conversación se nota la presencia de un amigo de César, Jairo Valencia, alias “Pavo dos”, hermano del dueño del bar El Pavo, ubicado en el centro de Pereira. Mientras César embola los zapatos de Pavo dos, este dice: – “Noooo, yo a este man lo conozco hace muchos años, es de mi confianza, vive en una casa que tengo en Alfonso López y se encarga de cobrar la plata de los otros huéspedes; nunca hemos tenido problemas de nada con eso”.

Le cobro mil pesitos no más

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Termina de embolar los zapatos de Jairo y nos ofrece una embolada por tan solo mil pesos; mientras lo hace le preguntamos dónde consiguió la caja de embolador.  –“Como voy a una iglesia pentecostal, un hermano de la fe me la vendió por diez mil pesos; yo conseguí los trapitos, los cepillos y el betún”. Golpea mi zapato con un nudillo de sus dedos, repetidas veces y por un buen rato, hasta que dice: – “muéstreme el otro zapato”. Le preguntamos dónde compra el betún: – “por ahí por la quinta, en el centro, donde es más barato”.

Cobra mil o dos mil pesos por la embolada y así es como se gana la “papita”, pero dice que hay clientes que lo ilusionan con que le van a ayudar con un mejor trabajo y al final no le salen con nada, –“para completar son bien creídos y aunque hablen bien de uno y tengan plata son bien tacaños y eso que yo les cobro mil pesitos nada más”.

Son las cinco y treinta de la tarde.  César termina de lustrar nuestros zapatos, le pagamos los “mil pesitos” y se aleja tarareando una canción de Vicente Fernández.  La gente lo mira entre extrañada y burlona.  Nosotros nos quedamos pensando que, no importa lo que haga, es un hombre que se gana la vida honradamente y es feliz con lo que hace.