Se levanta de su silla y afirma “Jesús no llega a los barrios” y les propone a todos hacer algo por sus vidas. Todos unen sus puños, casi que de manera infantil. Han dejado los juegos de canicas, tapas y 18, para empezar no a robar, sino a ser hombres como John Tambor de Caracol.

Foto archivo

 

Por: Diego Firmiano

Enciende la radio y suena Mexicano 777. Los ánimos empiezan a caldearse. John entiende que para existir en el bajo mundo debe ser más que un joven de barrio, debe lograr un trofeo igual que un arqueólogo para entrar a un club importante. Recuerda que tenía un arma de fuego que adoraba igual que a la Virgen María, y que le fue quitada cuando un policía le dijo ¡alto! y contra la pared le vaciaron de sus bolsillos, 8 vainillas, dos escapularios, un cigarrillo arrugado y un lápiz escolar.

Me trataron como a muñeca inflable”. Le dice a Cejitas, mientras en su casa calan un cigarrillo, oyendo “Mente Criminal” de Pucho, su cantante favorito.  “Era bella, Cejitas, tenía tambor de caracol. Todos los días le sacaba brillo”. Su amigo se mantiene en silencio.

Pero John no se consuela con sus recuerdos. Saca de un viejo baúl un Nintendo, desprende la pistola con la que mataba patos en el videojuego, luego serrucha un tubo de cobre, embala con cinta negra el aparato y queda igual que un arma hechiza de las que vendían antes en el mechero de Pereira.

― ¿Y eso?

―Es mi nuevo tote. Responde. Y hay que empezar a jugar. Solo es mostrar un tubo y la gente se desbarata.

Cejitas cree que John bromea. Pero este lo afirma con la misma seriedad como cuando dice que va a la iglesia a recibir la bendición de la virgen María. Sale en dirección al centro y regresa con dinero para empezar una fiesta en el barrio. Los del combo quedan absortos cuando John con felicidad cuenta como atracó a un taxista con su nuevo juguete.

Canserbero, rapero venezolano.

Compra Brandy y cigarrillos. Todos sonríen. Lo palmean. Lo consideran de gran estima, y desde ahí comienzan a llamarlo “John tambor de caracol”. No se arruga, no titubea. Sale a buscar lo suyo y regresa “ganado”. Sueltan en la fiesta la canción Jeremías 17:5 de Canserbero.  Todos miran su arma hechiza y quieren tener una, sin embargo, aclara que no es el arma, es él, es decir, la forma en que aborda la gente y los amenaza con quitarles la vida o el reloj.  “La gente se despoja de la hora”, dice mientras cala un cigarrillo Premier.

Se levanta de su silla y afirma “Jesús no llega a los barrios” y les propone a todos hacer algo por sus vidas. Todos unen sus puños, casi que de manera infantil. Han dejado los juegos de canicas, tapas y 18, para empezar no a robar, sino a ser hombres como John Tambor de Caracol.

Pablito llega a la esquina y silba. Es la señal de que John ya hecho hombre puede ir una fiesta privada y de verdad. Salen juntos y llegan donde Sandra, o mejor, donde “La Bicho”. El licor abunda, hay varias niñas en la fiesta que también quieren ser grandes, pero con otro tipo de iniciación: acostarse con el héroe del barrio.

La música los aturde. Los que están ahí reunidos son los pobres empeñados en sus sueños personales: robar, matar, vender droga. Entiende que son los martillos y las ruedas de la ciudad o hay que sobresalir a lo grande para ser hombres. En la fiesta no se habla de Marcial, que está pagando cárcel en La 40 cuando lo cogió la policía atracando a un comerciante en la vía a Cerritos. Ni mucho menos de Diego, que en el patio tres de la cárcel se convirtió al evangelio, después de hacerle una promesa a Jesús de que si lo sacaba de allí, iba a volverse predicador de su palabra.

Cypress Hill. Grupo de hip hop mexicano

El odio se camufla con el rap. Todos poguean. Se sienten eternos. John salta con el beat de la canción y de repente un hilo de sangre caliente baja por su rostro. No presta atención, se limpia y sigue brincando. Suenan tres tiros en la esquina. La música se apaga por un momento, y se esparce el rumor de que han matado al Mono. ¿Quién sabe qué debía? Se oye en la fiesta. Cierran la puerta y ven pasar a los asesinos. Dos jóvenes de menos de 20 años, que asustados huyen por el guadual para escapar por el río.

El volumen del equipo se aumenta y la fiesta continúa. “Nada importa, cuando se debe todo”, dice John y se junta con La Bicho y ambos suben al segundo piso a consumar el acto de iniciación.  La noche termina y… calabaza, cada mundo para su casa. Al otro día el joven en su cuarto se siente solo, pues sus amigos son nocturnos, igual que sus ánimos cuando desea ser alguien entre los demás de su grupo.

Saca debajo de su almohada la pistola de Nintendo. La mira, se ríe y la bota dentro del baúl. Luego vuelve y la toma y se la pone en la cien.  “¡Bam!, ¡bam!, se acabó el teatro”, piensa para sus adentros. Reflexiona que sería difícil un día decirles a sus amigos que jamás ha robado a alguien con esa arma hechiza. Solo quería ser como los demás, pero el precio a pagar es alto. “La cárcel”, piensa. “Destrozaría el corazón de mamá”. Su mamá que está en España y que le envía dinero, cuya remesa él recibe y gasta con sus amigos, diciendo que es producto de algún robo en el centro de la ciudad, o el quieto a una buseta.

Cejitas llega a casa y silva a John Tambor de Caracol desde la puerta. Al asomarse hace señas que baje y ahí le comenta que tiene un negocio: atracar un hotel en la calle 8va. Él dice que está cansado. Que quiere dormir, que anoche tomó y que ya pertenece al combo. Cejitas insiste, pero él se niega.  A fuerza de lidia termina prestándole el tote a su amigo, con el cual intenta atracar el hotel, pero la policía lo captura. En su condena le dan 5 años de cárcel.

John Tambor de Caracol no va a visitarlo nunca ni mucho menos menciona a los demás qué sucedió con su amigo. Solo piensa que entrar al combo es un precio duro y difícil de pagar, y que Cejitas es el primer mártir de la verdad, porque él al mentir sobre su primer hurto, es el héroe de la mentira ante los demás y para sí.

Mexicano 777. RIP. Pucho.