El colegio es sin dudas una de las etapas más significativas de la vida… ¡Nos deja tantos amigos! ¡Tantas preocupaciones! ¡Tantos vacíos!…Y un concepto de amistad que será repensado en los próximos naufragios..

 

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Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Ilustraciones por Chucho

En la Institución Educativa Carlos Castro Saavedra del corregimiento de Puerto Caldas, Pereira, habitan tantas historias como las miles que se refugian adentro de su biblioteca. Hay cuentos, fábulas, novelas, poemarios y toda clase de ambiciones literarias con las que todo buen lector y escritor sueñan. No hace mucho pensé en visitar sus nuevas instalaciones y cuando finalmente tomé la decisión de hacerlo, fui atacado por un arsenal de recuerdos que me llenaron de nostalgia, impidiéndome por un momento que no retomara mi pasado, que no viajara a ese bello rinconcito de la infancia; creo que es imposible recordar aquella época del colegio y no ser embargado por ese ambiguo sentimiento.

Todo ha cambiado: los estudiantes llegan al colegio luciendo sus motos, traen ipads, portátiles, tablets, iphones y ese bichito de los mensajitos que absorbe sus mentes haciéndolos parecer como momias andantes. Las construcciones más recientes dispersan y nublan a mis recuerdos; pues estos son evadidos por esas grandes capas y bloques de cemento que han llegado con el progreso, con la ambición  del avance: el oro gris. No obstante, lo tecnológico y las nuevas aulas de clase son bienes necesarios.

El cambio es inminente. Con tristeza noto cómo se ha ido perdiendo el verde, ese color tan esencial en este recinto. Sin embargo, el viejo samán y el palo de mango (el árbol del amor) siguen imponentes en su sitio, en su lugar. Lo primero que hago es visitar la biblioteca, ese vasto mar del conocimiento. Algunos libros se han perdido, otros siguen a la espera en los anaqueles poco escudriñados, cubiertos de polvo y de telarañas que dan testimonio de su olvido. ¡Definitivamente ya nadie lee! ¿Por qué la biblioteca les causa tanto tedio? Me pregunto con desesperanza.

De pronto, en la profundidad de una lectura, mis oídos reconocen la voz de un viejo amigo. Escucho el timbre que da aviso para el descanso (parece la sirena de una cárcel), es el anuncio de la media hora más preciada del día; cientos de estudiantes salen de sus respectivos salones, parecen hormigas que salen despavoridas de un hormiguero. Los más chicos saltan y corren por todos lados como venados perseguidos por las hienas. En el coliseo, los primeros pelotazos retumban en las paredes, mientras de los parlantes de la emisora se proyecta la particular voz del profesor de inglés (Cabas).

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La media hora de descanso se pasa volando, se va con las conversaciones que apenas comenzaban; las cuales, con profunda resignación han quedado suspendidas para la hora de salida. Entre risas, carcajadas, peleas, chismes, chistes, miradas, entre otras banalidades, los estudiantes retornan a sus cajitas con filas. Ahora, paso detenidamente por cada uno de los salones, los observo desde afuera y pienso “¡Cuántos sueños!, ¡cuánta ilusión!, ¡cuánta trampa y  cuánta verdad se alberga en este lugar!…”

Una joven se encuentra pensativa, mucho más que yo, incluso, creo que piensa con mayor profundidad. Yo solo soy un lobo que detalla todo lo que pasa a su alrededor, pero  ¿qué piensa?, ¿qué sueña? Acaso, piensa en su futuro, en estudiar, en trabajar o será que tan solo se encuentra harta del extenso monólogo del profesor que no le brinda un espacio para el diálogo, para la construcción y revelación de sus ideas, de sus propósitos consigo mismos y con la humanidad. ¿Será? Bueno, no lo sé.

El colegio es sin dudas una de las etapas más significativas de la vida… ¡Nos deja tantos amigos! ¡Tantas preocupaciones! ¡Tantos vacíos!… Y un concepto de amistad que luego será repensado en los próximos naufragios. Es una cápsula del tiempo en la que pocos son avisados; sí, son muy pocos los que aún adentro de esa jaula terminan siendo conscientes del mundo tan vertiginoso que les espera. Y son ellos los que después de lanzar sus birretes de graduación afrontan con valentía a los muros que de ahí en adelante van a tener que derrumbar o de lo contrario, los muros los derrumbarán a ellos, a nosotros; porque cuando se vive el colegio, las preocupaciones y responsabilidades no van más allá de presentar el trabajo de biología o de estudiar para el examen de matemáticas. Es algo absurdo, irónico.

Finalmente, termino mi visita, mi deseo de volver a ese parque de diversiones, a esa montaña de preguntas inconclusas, de silencio, de filas y de burbujas de colores con sueños por cumplir.