SIBILA PITIA O BURÓCRATA

Ordenamos aquella biblioteca pública como cualquiera ordena la suya propia, esa intima que refleja, como no lo puede hacer nada más, nuestra alma; mejor aún si se trata de una biblioteca, por pequeña que sea, de acumulación, es decir, una en la que reposan detritus y glorias pasadas, sueños y querencias abandonadas, esperanzas y consuelos apenas previstos.

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Alguna vez Augusto Monterroso dijo que se hizo lector y escritor de manera autodidacta. No quiero ser grosero con la memoria del escritor, pero todo lector y escritor es autodidacta, lo digo sin desmedro del reconocimiento que merecerá, siempre, quien nos haya enseñado a juntar por primera vez letras y palabras. Pero no cabe duda de que una cosa es la técnica y otra muy diferente el ejercicio consciente, constante, y a veces vicioso, de leer o escribir, que solo se adquiere a través de la práctica individual. El caso es que Monterroso recordaba que se hizo primero lector y luego escritor en la Biblioteca Nacional de Guatemala, a la que acudía, después de su trabajo como auxiliar contable en una carnicería, para tomar en préstamo algún libro, y en la que sin temor le entregaban, para que llevara a su casa, por ejemplo, una primera edición de Baltasar Gracián, sin importar que tuviera casi cuatrocientos años de impresa; y todo porque, como decía el propio Monterroso: “era una biblioteca tan pobre que solo tenía libros buenos”.

Y habría que agregar que buenos bibliotecarios, que estaban prestos a privilegiar la lectura antes que cualquier otra preocupación, incluso aquella insustancial del libro como objeto sagrado, que al final solo redunda en los vanos intereses de coleccionistas o en las inútiles preocupaciones de catalogadores. Al fin y al cabo, a eso se han reducido la mayoría de los bibliotecarios, a cumplir con los preceptos de la clasificación decimal universal inventada por Otlet y Lafontaine, que seguro es utilísima para conservar cierto orden en el aparente caos de los libros, pero es causante al mismo tiempo de su reducción a meros objetos de consulta. Recuerdo que antes de saber de la existencia de ese sistema de clasificación, regresé alguna mañana a la biblioteca de la Universidad de Caldas a devolver un libro de la colección Clásicos Jackson; estaba emocionado con la lectura y con la belleza del libro mismo, así que le dije a la persona que me atendía que por favor me prestara alguno de los libros que debían estar acomodados junto al que entregaba, y le advertí que quería seguir leyendo los clásicos de la colección. La mujer se sonrió y me dijo que así no funcionaba, que junto al clásico ruso que devolvía seguro habría más rusos, pero no más jacksons, y aunque insistí en mi petición solo obtuve un indiferente levantamiento de hombros seguido del señalamiento del armario de fichas bibliográficas: si quería algo debía buscarlo allí y diligenciar un formato que luego ella tramitaría. Yo la creía la Sibila Pitia rediviva y ella gozaba con su mera condición de burócrata.

Pocos meses después, y de la masacre de libros que narré en una columna anterior, logramos algunos alumnos de la universidad rescatar de la basura libros formidables, entre ellos una edición del siglo XVII, en varios tomos, de las Siete Partidas del Rey Alfonso X; y con ellos propusimos la creación de una biblioteca alterna, para lo que nos entregaron un espacio que adecuamos y ordenamos tal cual nos parecía que debía ordenarse, es decir, según nuestro absoluto criterio, y no por una decisión libertaria o anárquica sino porque no sabíamos de otra forma de hacerlo. Seguía yo al menos sin comprender del todo el tal sistema de clasificación universal. Y así, más o menos, se quedó aquella biblioteca, con un orden arbitrario que entendíamos más propio de nosotros, sus lectores, que de improbables terceros. Es decir, ordenamos aquella biblioteca pública como cualquiera ordena la suya propia, esa intima que refleja, como no lo puede hacer nada más, nuestra alma; mejor aún si se trata de una biblioteca, por pequeña que sea, de acumulación, es decir, una en la que reposan detritus y glorias pasadas, sueños y querencias abandonadas, esperanzas y consuelos apenas previstos, pero para los que ya se imaginan calmantes.

Tal vez así debería ordenarse toda biblioteca, incluso las públicas, que deberían guiarse por los criterios de la comunidad que la utiliza, sin importar que no obedezcan a una idea de orden aceptado universalmente, porque lo importante es que reconozca los tiempos de esa comunidad y sirva para entenderla, tal como serviría, aunque nadie afortunadamente se pondrá en ello, mi propia biblioteca para entenderme a mí, o la suya, lector, para entenderlo a usted. Cada libro que reposa en los estantes cuenta una historia, al igual que cada libro que falta, y cada libro leído o por leerse, y cada libro comprado, regalado, hurtado, y repudiado o amado. Somos tal como es nuestra biblioteca: es decir, lo que realmente somos, lo que creemos ser, lo que quisiéramos y lo que nunca seremos. De tal forma que la biblioteca pública que arroja al cesto de la basura los libros que supuestamente su comunidad no consulta, cuenta así, también, una parte de su historia, y no precisamente la más glamurosa o inteligente.

Y le sucederá a aquella comunidad al final lo que alguna vez le sucedió a cierto personaje, según narró el poeta Rogelio Guedea: “El hombre empezó a prestar los libros de su biblioteca privada. Prestó las obras completas de Borges, los cuentos de Carlos Fuentes, las novelas de Hemingway, las crónicas de Bryce Echenique, la poesía completa de Luis Cernuda. No se dio cuenta, hasta el final, que por cada libro que prestaba perdía una parte de su cuerpo. Así, cuando su biblioteca privada quedó vacía, el traje negro que el hombre llevaba puesto cayó de un plumazo al suelo frío, desconsolado por haber perdido los hombros, la espalda y las piernas que sostenían su pobre humanidad hecha palabras”.