Leyenda. No es para menos. Conseguir tal status en el fútbol implica títulos, o bien, un estilo de juego que haya marcado una época; logrando ambas cosas el 1 de julio del 2012, la selección española se hizo merecedora de tal epíteto, algo que no solo la hace figurar en los libros de estadísticas: esta generación de futbolistas ibéricos certificó su inmortalidad en la memoria de los aficionados. La historia del fútbol, en esta era, se escribe con tinta roja.


Este equipo, dirigido por Vicente Del Bosque, garantizó su tercer triunfo consecutivo en grandes competencias, pasando así a la historia.
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Por: Juan Francisco Molina Moncada

La cara de Iker Casillas reflejaba aquello raro que se siente al cumplir un deber; la de Sergio Ramos expresaba ilusión; Andrés Iniesta proyectaba calma y confianza en sí mismo; Gerard Piqué, severa seriedad. Terminaba el himno de España. La final contra Italia se veía cercana. Todos aplaudían, arengaban. Sabían que podían entrar en la historia del fútbol, hacerse inmortales, más allá de las críticas recibidas a lo largo de la Eurocopa 2012.

Y es que a la ilusión que supone ir al pódium a levantar el trofeo que se le da a los campeones, en el caso de España, se le añadía un plus: ser la primera selección en ganar tres grandes torneos (Eurocopa 2008, Mundial 2010 y Eurocopa 2012), algo que aquel combinado alemán liderado por Franz Beckenbauer por poco consigue en 1976, cuando perdió en la antigua Yugoslavia, contra Checoslovaquia, la posibilidad de añadir un título más a la seguidilla de triunfos que comprendía la Euro 72 y el mundial de 1974.

Ningún otro equipo había estado tan cerca de conseguir aquella triple corona, de tal forma que los españoles tenían una nueva cita con la historia, para certificar, esta vez, su entrada en la categoría “Leyenda del fútbol”. Tal trámite podría durar hasta dos horas, conllevar sufrimientos y hasta algunas breves desilusiones…al final, todo duró “solo” 90 minutos, y los integrantes de la roja, tal cual lo proyectaron con su juego, lo disfrutaron como nunca.

Una trampa

Es entonces cuando se puede mencionar algo: España hace trampa. Todos los equipos tienen un cerebro, Italia, por ejemplo, lo tiene a Andrea Pirlo. Los ibéricos tienen dos: Xavi Hernández y Andrés Iniesta. Con uno basta. Los dos, devastan. El problema para los italianos no fue el árbitro, tampoco su técnico, menos, sus delanteros o centrocampistas, quienes hicieron hasta lo imposible por repetir el buen juego exhibido en cuartos de final y semifinales; el problema para Italia fue que España jugó con dos cerebros, ambos iluminaron con luz propia, y esto, quizá, encegueció a un valiente seleccionado “azzurro”.

A los 14 minutos España se ganaba una oreja del trofeo. Una oda a su buen fútbol es el hecho de que los enanos ganan cabezazos a defensores gigantones, así, el pequeño David Silva (170 centímetros) ganaba a Giorgio Chiellini (186 centímetros), Andrea Barzagli (186 centímetros) y a Leonardo Bonucci (190 centímetros), un centro, que por lo visto, fue hecho a su medida.

La reacción italiana llegó, claro está, pero fue ahí cuando España hizo uso de su buena defensa. Lo que podría ser una antítesis de su fútbol ofensivo, una defensa irregular, en este caso tampoco aplicaba: los españoles tuvieron la mejor retaguardia del torneo (un solo gol encajado), contando desde el arco con su capitán Iker Casillas, quien apareció en los momentos en los cuales su deber era demostrar porque algunos lo califican como uno de los mejores guardavallas del mundo, certificando y cimentando desde su portería el éxito de su equipo.

Golpe de defensa

Cuando parecía que Italia se tropezaba con un muro y era víctima de su propia medicina (una buena defensa), una estocada dejaba trastocados a los de Cesare Prandelli; al minuto  41 Jordi Alba lograba el segundo tanto…aunque “estocada”, al final, es un término injusto, y quizá hasta burdo, para calificar el pase de Xavi. Quizá, solo se pueda hablar de eso, del pase Xavi.

Y de nuevo, el partido recaía en el libreto descrito antes (Italia se acercaba sin mucho peligro, España administraba su ventaja), escrito al parecer en tinta roja, por parte de una deidad futbolística, que desde el Olimpo, el Cáucaso, Venus, o desde este mismo texto, alguna vez condenó a España, a la famosa “furia roja”, a quedarse en los cuartos de final de los torneos que disputaba.

Ahora en retrospectiva, se podría hablar de una sola condición por la cual tenía que pasar “la Roja”: quitarse el remoquete de “la furia”, dedicándose así a disfrutar el fútbol, a jugarlo, no a bravearlo, bajo el pretexto de un juego que no sabían practicar. España ya no es ese equipo de cuartos, ya es un equipo de finales que gana.

Esta, la tercera, la tenía que ganar entonces de forma especial. Su hito tenía que ser recordado, sus críticas acalladas. El mejor partido de España fue este; aquella selección que abusaba del toque corto como si el arco quedara en los costados occidental u oriental de la cancha, daba paso a una que igual usaba su mejor argumento (el toque), pero no a modo de caricia sino a modo destructivo, golpeando una defensa italiana, fuerte, segura en los otros partidos, pero que en esta final se desmoronó ante el potencial de un juego, de un campeón, que al parecer, aún no alcanza su techo.

El resultado final (4-0) podría ser una trivialidad sino se tratase de un dato que vale la pena resaltar: es la segunda ocasión que en una final de un torneo disputado por selecciones nacionales se da una diferencia de 4 o más goles, siendo superada solo por el 7-0 que Brasil le infringió a Paraguay en la Copa América de 1949.

Cierre histórico

La cara de Iker Casillas reflejaba emoción, el inexpresivo Andrés Iniesta esbozaba una sonrisa, no comparada a la del en un primer momento serio y tenso Gerard Piqué. Ahora, no escuchaban el himno de su país -la marcha real- iban en esta ocasión por sus medallas y por su trofeo, teniendo otra marcha real de fondo. Los españoles más que su paso a la historia festejaban un nuevo título, quizá, la raíz básica de un éxito que garantiza a esta selección su recuerdo a lo largo de la historia, siempre y cuando esta siga su trascurso, claro está.

Más allá de las críticas, más allá de sus reparos, vale la pena ensalzar esta selección de España, que por su fútbol ya se hizo al lado de las grandes potencias de este deporte, al menos, en este punto de la historia. Quizá esta sea en ciclos, tal cual aludía Hegel, y entonces, vuelva la era de la “furia roja”, pero la historia, en este color, en este tinte ya fue escrita, y eso, por lo pronto, es inevitable. No se puede hablar de la mejor selección en la historia de este deporte. Sería una injusticia y una exageración.

Pero que en unos años, dos hombres o mujeres viejas estén hablando, mientras alimentan a las palomas en la plaza central de la ciudad, de un seleccionado español que en alguna época consiguió dos Eurocopas y un mundial, recordando a la perfección su alineación titular y estilo de juego, es algo que Vicente Del Bosque junto a sus deportistas, ya consiguieron, y es tal vez este, el título más importante de toda esta seguidilla de éxitos.