En el mundo actual, contaminado por tecnologías que incomunican y llevan a descreer de los valores y las esperanzas, aún quedan algunos refugios para calmar las angustias y para renacer en mitad de los inviernos del alma, como los libros de los grandes escritores que persiguen la redención espiritual.

 

Casa museo de Sigrid Unset. Fotografía / Ian Brodie

Por Jorge Hernán Flórez Hurtado*

I.

Llueve en Manizales, como casi siempre en estos meses de abril y de mayo. Llueve en toda Colombia, y los ruidos de un río represado en contra de las leyes de una Naturaleza panteísta y divina parecen anunciar la tragedia.

Llueve en Noruega, y las madrugadas blancas contemplan las nieves, y los témpanos de hielo chocan contra los aleros de un viejo castillo, mientras el inclemente frío azota los huesos de una valerosa mujer atormentada que se resiste ante el Poder del Enemigo-con-bigotito-que-sueña-con-asolar-a-Europa-con-sus-tanquetas-de fuego.

Tal vez, llovizna en los dominios de Frettastein y luego en Hestviken y unos relámpagos anuncian la tempestad europea y los rayos venideros queman los témpanos de la memoria. De la memoria que compendia olvidos…

Sigrid Unset en su juventud.

II.

Al lado de una acogedora chimenea, en solitario, una mujer de ojos celestiales repasa sus hojas, entintadas con su letra suave, y sus delicados dedos se crispan con agitación, y vuelven a mover la pluma de manera lenta. Sus chicos reposan en las habitaciones, cobijados por el vaho que se desprende de las chispas de unos leños frescos, quizás pensando en el padre ausente o contando ovejitas para poder conciliar el sueño y así paliar sus penas de abandono, mientras el viento azota las ventanas y se entromete entre las hendijas de la madera y de las neuronas.

Le gusta la madrugada para escribir y para mover los hilos de sus personajes, anclados en el pasado medieval, en los siglos XIII y XIV, como una forma de ahuyentar los miedos y poder reconciliarse con la memoria de sus compatriotas. Miedos infundados por aquel Maligno que intenta apoderarse del mundo, con su mente ávida de sangre y sus ojos avizores que se suman a otros ojos de propaganda y de filosofía equivocada.

Entonces, fiel a sus convicciones, en aquella madrugada, Sigrid se persigna… y se inclina ante la Cruz de su Kristina. O quizás…

Tomo I de las obras completas de Unset. Edición de 1956 de Los clásicos del siglo XX.

III.

En una tarde fresca, en esta ciudad de volcán y de vientos andinos, por una ínfima suma de dinero, adquirí un libro de 1.227 páginas: lomo azul claro, papel sedilla, con cierto olor a viejo, como el que se respira en las librerías de segunda, de la colección del editor español José Janés, “Los clásicos del siglo XX”, que vio la luz de madrugada en una imprenta ibérica en 1956.

Sus páginas blanquecinas, como el color del hielo escandinavo, me dieron calor en estos días, como la leña de la chimenea de la escritora nacida en Dinamarca en 1882, pero más noruega que danesa, y que en 1928 se hizo acreedora al máximo galardón al que puede aspirar un escritor en el mundo.

Aquella modesta vendedora de artículos eléctricos, convertida en escritora por su pasión (por la Historia, infundida por su padre arqueólogo) y por su condición de mujer valiente, resucitaba con su estilo poético, con una nueva luz, los ideales y valores éticos que guiaron a sus antepasados y que alentaron la edificación de los pueblos septentrionales, siguiendo la bella tradición de las sagas y de los cantos épicos de sus tierras; de esas tierras de vagabundos con sordina que cantó el inmenso Knut Hamsun. Sus dos obras maestras, Kristina Lavransdatter y la que nos ocupa, Olav Audunssön, escritas al despuntar y a mediados de los veintes, parecen cuadros flamencos del dantesco Bosch o de Brueghel el Viejo, pero también tienen tintes de un Dostoiewski y un Dickens.

De la primera, considerada en su momento como la mejor novela histórica de Europa (llamada “La Ilíada del Norte por la Academia Sueca), tenemos noticia por la versión en cine que realizó la actriz y directora Liv Ullman en 1975: La trilogía cuenta la vida de la protagonista desde que era una linda niña; luego, su ingreso en la adolescencia hasta llegar al matrimonio, con la corona que llevan las mujeres de Noruega como símbolo de virginidad; después, ya madura, acercándose a la vejez, con sus dolores y despojos, y su cruz.

Cuando los horrores de la Primera Guerra aún están frescos en la memoria de Europa, Sigrid Undset comienza a descreer de los valores morales, de los movimientos sociales y políticos que se pregonan por doquier, cuestiona la idea vigente de progreso y se refugia mejor en el pasado de una Edad Media tenebrosa pero también iluminada. Al tomar distancia de aquel duro presente, decide buscar la redención, anclada en unas nuevas esperanzas religiosas, en un Catolicismo que la aleje de las “casas de chismorreo” en que se habían convertido las iglesias protestantes.

Y esa intención la concreta en Olav Audunssön, con un mayor énfasis que en su anterior novela.

El lugar donde la autora creó buena parte de su obra. Hoy es casa museo. Fotografía / Casa museo Sigrid Unset

IV.

Son los últimos años del siglo XIII, y Olav Audunssön es un niño taciturno y de miradas ausentes, criado por una familia que lo adoptó ante la muerte de su madre y la enfermedad de un padre moribundo. En palabras de la escritora:

Era hermoso, casi albino, sin embargo con su piel blanca y su cabello descolorido, pero no se le veía la mirada insegura de los albinos delante de la luz. Si los ojos claros de Olav tenían un colorido atenuado, miraba frente a frente y llevaba la cabeza erguida sobre un cuello robusto, de una blancura de leche. Era como si el sol y la intemperie no pudiesen morder profundamente en aquella piel tirante, lisa y blanca, en la que en verano aparecían a veces algunas manchas rojizas en lo alto de la nariz, un poco achatada. Debido a esta blancura de buena ley, el rostro de Olav daba, desde su infancia, una cierta impresión de frialdad y de impasibilidad. (…) Su cabellera, sin embargo, era de una belleza incomparable, espesa y suave, un poco rizada, tan clara, que relucía más bien como la plata que como el oro. La llevaba cortada en redondo, de manera que cubría su ancha frente blanca, mientras que, en la nuca, se veía el hueco formado por los dos recios tendones (p. 14)

A los siete años de edad, como un sello de unión entre familias, Olav es consagrado mediante una promesa con una bella niña de la familia adoptiva llamada Ingunn, un año menor, y debe besarla y jurarle amor eterno. Mientras crecen los dos, en medio de los jugueteos y travesuras, el niño va despertando al deseo por su hermana media, y mantiene viva su promesa: en el futuro, serían como “dos árboles arrancados por los torrentes de primavera, derivando por un río…” (pp. 36-37), a pesar del temor de que la corriente los separe.

Entrada ya en la adolescencia, Ingunn era alta y delgada, con un cuello largo y una cabeza pequeña, con un rostro agraciado y una opulenta cabellera, y Olav termina por sucumbir a su encanto virginal y, besándola y abrazándola, le declara en el lecho su fidelidad para siempre. Pero, las circunstancias cambiantes del reino les llevan a tener que aplazar su alianza: El rey Magnus ha muerto, y sus sucesores y adversarios se enfrentan a muerte por el dominio del trono. Y en el hogar que lo adoptó se suceden las desgracias. Y todos se oponen a que los chicos se casen, a pesar de la promesa anterior, que consideran como “juego de niños”.

Entre tragos y burlas, Olav descarga su hacha contra uno de los hermanos de Ingunn, se ve forzado a huir y a refugiarse en tierras extranjeras. Ingunn enferma y se cree que le han lanzado un maleficio, a causa del deshonor de haber compartido su cama con su “hermano”.

Tiempo después, cuando el jovenzuelo retorna, aún como proscrito, se vuelven a prometer amor eterno. Pero, de nuevo, Olav debe marchar a Dinamarca y otro joven islandés seduce a Ingunn y la deja en embarazo. Mientras una masa crece en su vientre, reaparece Olav, ansioso por su amada.

Ingunn se lo confiesa todo, y después de ofrecerle sus reproches e insultarla, su antiguo compañero de juegos se promete acogerla con aquel “bastardo” que viene en camino. En una noche de Sábado Santo, Olav sueña y medita:

Pensaba en sus encuentros, en verano y en otoño, cuando Ingunn en su habitación lo esperaba todas las noches. Se había sentido devorado por la inquietud. Su joven corazón, al rojo vivo, tembló de angustia desde el primer momento en que, al despertar, se dio cuenta de que estaba desnudo. Pero, en cuanto a Ingunn, siempre había estado tranquilo respecto a ella. La idea de que Ingunn podría escapársele para caer en manos de otro hombre…no, esta idea no había rozado siquiera su pensamiento. Y después, aquella última noche, cuando fue a encontrarla, asesino y proscrito, había puesto la hoja fría de su puñal sobre su pecho palpitante y le había pedido que lo guardara en prenda. No fue que pensara que ella pudiese serle infiel; fue en sí mismo en quien había pensado sabiendo que tendría que hacer frente a una existencia incierta, tan joven, tan inexperimentado y tan indeciso… (p. 316)

Carcomido por los celos, Olav termina por matar al padre de la criatura. Ingunn enferma pero da a luz a un niño, al que llamaran Eirik, nombre sugerido en homenaje a un rey-mártir de la Iglesia. Y, luego, Olav se los lleva a vivir en su heredad, en Hestviken.

Vienen años de tristezas y de felicidades, de rencores solapados y de alegrías conyugales. Como maldecidos por sus culpas, los niños de la pareja nacen y mueren rápido, hasta que llega Cecilia. No obstante, Eirik va creciendo sano y se convierte en un apuesto muchacho que, sin saber por qué, es tratado duramente por su “padre”, como si le cobrase una antigua culpa.

Por temporadas, Olav debe marchar para acompañar a los ejércitos del rey que expulsan a los invasores. Ingunn fallece y él cree enloquecer.

Acude a los clérigos y confiesa sus culpas. Ve fantasmagorías e intenta redimir sus faltas. Eirik se marcha también para las campañas guerreras  y luego decide internarse en un seminario, pero no resiste el aislamiento, las presiones y vuelve a la casa, cuando el padre va envejeciendo; tras asediar a una mujer adulta, le da un nieto a su padre y vuelve al seminario…

Y Olav muere, recordando a su amada compañerita de juegos y refugiándose en la cruz.

La autora en su infancia junto a sus hermanas. Fotografía / Casa museo Sigrid Unset

V.

Con el fin de encontrar sosiego para su espíritu, Sigrid Unset interrumpe su segunda novela poderosa, y sale en una madrugada de 1925 para Montecassino y se convierte al catolicismo… Mientras, unas tanquetas alemanas se preparan para desatar sus furias en años venideros.

Luego, en plena Guerra Mundial, con su voz suave y su hermosa pluma, se sostendrá y alentará la resistencia contra el Maligno, luego deberá exiliarse cuando Alemania invade los países bálticos.

Ganará el Nobel, será coronada en su país y morirá en paz en 1949.

El trágico invierno europeo no ha cesado…

…Y aquí, en Manizales, aún llueve, como casi siempre en abril y en mayo.

 

Referencia bibliográfica

Sigrid Undset. Olav Audunssön. Traducción de Manuel Bosch Barrett. Colección Los Cásicos del siglo XX, Janés editor, Barcelona, julio de 1956.  

 

*Jorge Hernán Flórez Hurtado, nacido en Aguadas (Caldas, 1958) y residenciado en Manizales, con estudios en Filosofía y Letras, colabora con algunas publicaciones periodísticas y literarias, con artículos especialmente sobre escritores universales y de la región viejo caldense. Autor del poemario Esos muchachos del Sur. Tiene inéditos varios trabajos en cuento y novela.