“Nos empezamos a encontrar que al interior de la música popular había un esquema conservador, un folclorismo que posicionaba unas músicas pero despreciaba otras muy ricas, mandadas al olvido a nivel comercial”. 

A los pocos días llegó Néstor Lambuley, un jovencito flaco de gafas enormes que tocaba bastante bien la bandola y acumulaba años aprendiendo con estudiantinas y profesores del Conservatorio.

Por: Camilo Alzate

Fotografías: Grupo Nueva Cultura

Aunque Jorge Sossa no recuerda muy bien la fecha, él sabe que algún día de junio de 1976 unos amigos de la Universidad Nacional lo invitaron a ensayar con un pequeño conjunto musical que estaba cuajando desde el 18 de abril. Los integrantes eran todos aficionados y estudiaban carreras como las ingenierías o las ciencias sociales, ninguno tenía una formación musical profunda. Jorge, en cambio, era guitarrista. A los pocos días llegó Néstor Lambuley, un jovencito flaco de gafas enormes que tocaba bastante bien la bandola y acumulaba años aprendiendo con estudiantinas y profesores del Conservatorio. Lambuley, hijo de un sastre que se la pasaba escuchando a Beethoven por la HJCK, recuerda con claridad su primer ensayo con ellos una mañana fría en un salón del Teatro del Parque Nacional repleto de pupitres viejos amontonados.

Latinoamérica se aturdía con los tiempos de la canción protesta y la guitarra armada. Con bastante frecuencia acababan confundidas las melodías entre las arengas y los llamados a la revolución. Untados de ese entusiasmo y con referentes tan grandes como los chilenos Inti Illimani y Quilapayún, la nueva trova cubana o el Quinteto Tiempo de Argentina, aquellos muchachos de la Nacional fundaron el Grupo de Canciones Populares Nueva Cultura. Para cualquier entendido resulta obvio que el nombre era inspirado por una famosa conferencia que dio el líder revolucionario chino Mao Tse-Tung en el foro de Yenán. “Por supuesto –reconoce Jorge Sossa– resonábamos en la política”. Cuando finalizaban las presentaciones alzaban el puño y gritaban “¡Adelante, Torbellino!”. Torbellino era, por decirlo de alguna manera, el pueblo enardecido. Ese luego sería el nombre de su segundo disco de larga duración.

El mismo año de 1976 se realizó en Cali el primer encuentro de canción protesta y revolucionaria, convocado por una tal Fundación Máximo Gorki. Allá llegaron en tropel decenas de propuestas musicales que andaban en la misma onda.

El mismo año de 1976 se realizó en Cali el primer encuentro de canción protesta y revolucionaria, convocado por una tal Fundación Máximo Gorki. Allá llegaron en tropel decenas de propuestas musicales que andaban en la misma onda. Un jovencísimo Jorge Veloza que aún no era carranguero fue a cantar coplas revolucionarias. De Medellín apareció La Muralla, un grupo exclusivamente de mujeres. El tenor Jorge López debutó con su propuesta de música indígena Yaki Kandru. Y allá aterrizó recién fundado el Grupo Nueva Cultura con sus canciones populares. “En contra de la penetración cultural imperialista”, esa era la consigna.  

“Nosotros estábamos buscando lo de aquí”, dice Néstor Lambuley. Por ello su primer trabajo discográfico se llamó “Nuestra Cosecha”: les interesaba la canción protesta pero pensando en las tradiciones autóctonas y en las raíces campesinas del pueblo colombiano. “Teníamos esa idea de confrontar a la folclorología que siempre hablaba de la música de antaño, de la música vieja que debía tener más de diez generaciones para que fuera válida. Íbamos al festival del rajaleña y después al festival de la guabina y el tiple. Nos empezamos a encontrar que al interior de la música popular había un esquema conservador, un folclorismo que posicionaba unas músicas pero despreciaba otras muy ricas, mandadas al olvido a nivel comercial. Uno iba al campo y veía esa música ahí vivita. La primera vez que fuimos a Vélez oíamos esos gritos de esas señoras y decíamos “´¿Uy, pero esto qué es? ¿Esto se llama guabina?’ Todo eso nos afianzó a notar que había una penetración cultural fuerte de músicas extranjeras, pero que además en el ámbito de la música colombiana había un montón de godos”.

A finales de los setenta ocurren unas discusiones fuertes al interior del grupo. Se da, por decirlo de algún modo, la separación de la política. “Nosotros decíamos que la música instrumental también era importante, también tiene clase y es popular”, explica Néstor Lambuley.

Nuevo momento musical

A finales de los setenta ocurren unas discusiones fuertes al interior del grupo. Se da, por decirlo de algún modo, la separación de la política. “Nosotros decíamos que la música instrumental también era importante, también tiene clase y es popular”, explica Néstor Lambuley. Tanto a él como a Jorge Sossa les incomodaba aquel tono de cliché y de panfleto que a veces impedía explorar otras poéticas y tradiciones. No obstante, el grupo siguió tocando en los pueblos el día del campesino, en las manifestaciones del primero de mayo, en los sindicatos, en los barrios nacientes de Bosa o del sur de Bogotá, y nunca abandonó aquel proyecto original, que en cierta forma seguía inspirado en la revolución China: “Mientras otras corrientes creían que lo campesino era feudal y atrasado, y que tenían que hacer una canción más urbana, más del obrero, nosotros teníamos un respeto por las tradiciones de los campesinos y de las músicas que eran construidas a partir del trabajo del campo”. En adelante, aquel iba a ser el sello de Nueva Cultura: respetar, conocer y difundir la tradición cultural de las músicas populares.

A mediados de los ochenta el grupo se consolidó con nuevos integrantes, como Mayte Ropaín (hija del conocidísimo Ramón Ropaín, de la época de Pacho Galán y Lucho Bermúdez), Jorge González, y María Murcia, quienes terminarían por darle un timbre definitivo a Nueva Cultura. La de María Murcia fue durante muchos años la voz principal, hasta su fallecimiento en 2007. El último trabajo discográfico del grupo, “Cantora de mil colores”, es un homenaje a ella. La década de los ochenta fue para recorrer el país grabando y estudiando las músicas tradicionales, transcribiendo tonadas y registrando como etnógrafos que persiguen alguna melodía escondida entre las montañas. “Nos dimos cuenta que con eso podíamos no solo repetir, sino crear nuestras propias canciones”, afirma Néstor Lambuley. De allí salieron los insumos para álbumes como “Una propuesta”, “Por Colombia de canto a canto” y “Síntesis”.

Hoy que los cantos típicos son una moda y cualquiera puede tocar currulaos y cumbias, hay que admitir que este no siempre fue un camino fácil. “Nosotros fuimos pioneros en una manera de encarar esas músicas”, reconoce Jorge Sossa, quien se retiró del grupo hace algunos años.

Hoy que los cantos típicos son una moda y cualquiera puede tocar currulaos y cumbias, hay que admitir que este no siempre fue un camino fácil. “Nosotros fuimos pioneros en una manera de encarar esas músicas”, reconoce Jorge Sossa, quien se retiró del grupo hace algunos años. “No diría que las rescatamos, porque siempre han estado ahí, pero sí ayudamos a visibilizarlas. Lo importante es que para nuestro caso siempre se valoró la tradición. Fuimos muy consecuentes en eso”. Quienes escuchamos los rajaleñas, los torbellinos, las guabinas veleñas, los porros chocoanos gracias a las investigaciones y producciones del Grupo Nueva Cultura sabemos que las palabras de Jorge no tienen nada de pretenciosas. Quizá ya no haya consignas ni puños alzados al final de los conciertos, ¿pero cómo dudar que este sigue siendo un camino profundamente revolucionario?