La visita del cancionista alrededor del tango

Él prefería que le llamaran cancionista en lugar de cantautor, explicó, quizá porque aceptaba ser más lector que músico, aunque haya estudiado música en Cuba o porque privilegia el mundo de las palabras resaltadas sobre sus acordes.

pala

Por: Sebastián G. Sánchez

Aquella mañana la dediqué a adelantar mi lectura de la obra El cantor de tango de Tomás Eloy Martínez. No quería asomarme a la calle porque me molesta sobremanera el calor abrazador que las calcina en los últimos días por el fenómeno del niño. Esperaría hasta la noche cuando estaba programada la presentación de Pala en el teatro del centro cultural Lucy Tejada. Yo quería invitar a Juliana la bella al concierto, pues, el año pasado, cuando organizamos un taller junto a Pala, sobre la historia de lo que hoy se conoce como canta-autor, no pudo ir porque por estas fechas está especialmente ocupada. Fui por las boletas que me había reservado Alan. Desde el oriente, por La Florida, el cielo prometía una lluvia que llenaba de esperanza mi fin de semana. Cuando llegué, me encontré con un organizador un poco estresado pero infatigable y un Carlos Palacio concentrado en su prueba de sonido que miraba preocupado sus pedales con ojos vigilantes como de ave nocturna, tez blanca, gestos puntuales, un modo de vestir sencillo y una guitarra Godin que había visto tañer en alguna presentación a gigantes como Joaquín Sabina, Alejandro Filio y muchos otros cantores que saben hacer magia con el español dentro de muchos ritmos de la península ibérica y latinoamericanos.

Esperé a que empezara la charla titulada “El alma musical del alfabeto” en torno al “papel del cantautor en Colombia” que se llevaría a cabo antes del concierto en la biblioteca del centro cultural. Ya en la charla, las preguntas habituales: que por qué ya no era médico, que cuál era el ya mencionado papel, que si le parecía bien el reggaetón que carecía tanto de buenas letras a lo que contestó, que él hacía música para la cabeza y que otra gente hacía música para los pies, que ya lo del perre’o lo vería cada padre. Aquello me hizo pensar en el último disco de Jorge Drexler titulado Bailar en la cueva, a quien también mencionaron en la charla, distorsionando un poco su apellido que no se escucha en esta región, y es que aquel álbum fue pensado desde los pies, para que la gente bailara, pues Drexler había sufrido un periodo de cierto imperio de las ideas en su país, en la dictadura del 73 al 84, donde hubo mucha represión, por tanto, decía Drexler en una entrevista, no se bailaba porque no estaba bien visto por el régimen. Si miramos a Colombia a través de aquello, tal vez sea todo lo contrario, el imperio del baile, todos bailan por todo y las ideas no están tan valoradas y es esto lo que me hace pensar en lo valiosa que puede ser la obra de Pala. Él prefería que le llamaran cancionista en lugar de cantautor, explicó, quizá porque aceptaba ser más lector que músico, aunque haya estudiado música en Cuba o porque privilegia el mundo de las palabras resaltadas sobre sus acordes.

Al salir de la charla pensé en que no saludaba a Carlos desde el año anterior y decidí esperarlo un momento después de aquella, pero el concierto estaba muy próximo y lo vi salir corriendo del centro cultural; pasó moviendo la mano para saludar, entonces pensé en Bruno Cadogan, cuando buscaba al cantor de tango por buenos Aires sin mucha suerte y da con Alcira Villar, la mujer que amó al tanguero y quien cuidaba de él. Ella llegó a contarle que la intención de aquel hombre era “recuperar el pasado tal y como había sido, sin las desfiguraciones de la memoria” y parecía lograrlo con sus conciertos y sus letras que parecen carentes de sentido, cantadas en lunfardo y con aquella refracción de la historia de una Buenos aires trajinada por la barbarie, que deslizaba unos tangos que se convertían en un lamento bailable.  Aquel sonido, pensé, era la representación de Buenos Aires y Pala decía que el tango no es sólo de Argentina, pues su infancia se vio marcada por el sonido de las orquestas y de los tangueros por toda Antioquia, por tanto gran parte de Colombia incluyendo Pereira, es por esto que había construido un disco alrededor del tango sin que fuera un disco de tango propiamente, titulado Maleviaje. Yo estuve de acuerdo con él ya que sólo hay que salir a dos cuadras de mi casa para encontrar un bar dedicado al tango, o a la milonga, donde se reúnen los abuelos a bailar o a escuchar “la melodía” como suelen decir algunos, no es la voz de una nación, es también un sentimiento transversal, latinoamericano en gran medida, que se enlaza especialmente con Colombia, en el lamento, en la danza, en la historia.

Al concierto asistimos ansiosos, la lluvia cumplió su promesa sin manifestarse insoportable, bajaba tranquila y constante con la timidez que los asistentes ingresaban al teatro. Nos esperaba un interesante show en torno a las palabras: “Medellín, dios, tango, vida” de las cuales desglosaba sus canciones y donde interpretó un tango de Homero Expósito: Naranjo en flor, que yo había escuchado interpretar en las viejas grabaciones de Roberto Goyeneche que tiene un verso que dice: “toda mi vida es el ayer / que me detiene en el pasado” la profundidad de aquella frase me hizo sentir completamente satisfecho por el concierto, resumía toda aquella tradición que no nos permite avanzar de una forma equilibrada, que no nos permite movernos tanto como pensar, mezclándola con la ambigüedad de los grandes poemas que le imprimía un aire de nostalgia; también nos quedamos en ciertos recuerdos por la belleza que contienen.

Al fin cayó la noche rotunda y de la mano con la bella acompañé a algunos asistentes a la tertulia de café que inauguramos con una copa de vino, algunos con comida, algunos con unas cervezas. Allí hablamos de los cantores nacionales, de libros y de ciudades, y hacíamos chistes variados, de pronto, me supe en el vórtice de un fenómeno interesante en el corazón de Latinoamérica y Pala me pareció un sujeto sui generis, aunque su obra es muy cercana al tango, no podría decirse que parte de allí toda su influencia, es tal vez un cancionista alrededor del tango, ya que múltiples géneros y aires acompañan a sus palabras llenas de ironía y reflexiones transgresoras de la moral colombiana, dándole un lugar especial al género de origen argentino. Caminamos al siguiente lugar, donde él quería terminar la noche para ir a descansar: un antiguo bar en el centro de la ciudad hacia donde nos dirigimos saludando a muchos amigos. Allí le dije a Pala que ese lugar era uno de esos donde el tiempo se estancaba y conserva una apariencia como si tres generaciones no hubiesen pasado por allí; le pareció interesante. Después de un rato me dirigí a él; yo pensaba escribir algo sobre la noche pero no tenía claro qué; había empezado con una línea: luz noctámbula en la ciudad y le pregunté si se animaba a escribir un verso, tomó el esfero y escribió un décima; mi línea hizo las veces de título de aquel ‘cadáver exquisito’ en torno a la noche que guardé en mi libreta.

Al volver a casa empecé a escribir esta crónica, recordé que Pala en la charla se definió como un pesimista, piensa que estamos absolutamente perdidos y que no hay nada qué hacer. Terminé mi lectura de El cantor de tango y encontré una frase que le decía el poeta al ‘El mocho’ Andrade: “Ni vos ni yo somos de este mundo desgraciado, al que le damos la vida para que nada siga como está.” Pensé en Carlos Palacio y sus cuatro palabras y cada una de ellas me pareció una causa, por la que Pala da su vida, para que nada siga como está.