Como si no bastara, uno va al pueblo y la gente lo mira raro, con cierto desprecio, se sienten miradas de extrañeza porque uno anda en botas empantanadas y se tienen las manos sucias de trabajar la tierra. ¿Acaso ellos no comen de los frutos que nosotros los campesinos cultivamos?, ¿Será que es un delito o nos hace menos trabajar la tierra?…

Las palabras de Oscar reflejan la tranquilidad y la experiencia de un hombre que ha vivido lo suficiente para reconocer que el miedo es el peor mal de todos. Fotografías / Christian Camilo Galeano B.

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Aceptar la invitación de un campesino a pernoctar en su finca y pasar la noche entre los sonidos del campo y las historias que cuenta, la oscuridad de las laderas y la luz de las estrellas, los caminos escarpados y la tranquilidad de un chocolate, es propuesta que no se puede rechazar.

Porque trabajar en el campo no significa conocerlo, como tampoco vivir en una ciudad implica saber acerca de sus problemáticas. Para conocer realmente un lugar es necesario escuchar a los hombres y mujeres que habitan un territorio, conocer las historias, las luchas, las derrotas, las esperanzas y poder vivir en carne propia los rigores que la vida trae consigo.

Así pues, una mañana Oscar me invitó a su finca para que viera las águilas que cruzan en las mañanas sus cultivos y que, hasta no hace mucho, devoraban sus gallinas. Con cierta vergüenza reconoce que él mató un águila que se había cebado en la finca.

Pero ya he cambiado, ahora las valoro, no sabía que ese animal tuviera tantos fanáticos. Aunque esa águila era una sinvergüenza llegaba todas las mañanas, se posaba sobre un yarumo a observar y mirar el corral de las gallinas, en el momento menos esperado alzaba el vuelo y tomaba entre las garras  a su presa. Muchas veces intenté espantarla, pero ese animal no se iba a ir porque sí, ahí tenía la comida y uno siempre está donde está el bocado. Hombre suba a la casa y le termino de contar todo, desde allá hay unas vistas maravillosas y de paso conversamos de todo un poco. Toma fotos a las águilas y al paisaje, hablamos largo y tendido y disfruta de las estrellas.

Con la mitad de la historia de la muerte de un águila y la promesa de escuchar los relatos de un campesino acepté subir a Los Alpes, una vereda de Belén de Umbría, cercana al parque natural Santa Emilia.

Desde un principio supe que llegar a la finca de Oscar no sería fácil; sin embargo, teníamos un campero que parecía apto para subir por las lomas de esa montaña. Digo parecía porque  bastó iniciar el trayecto que conducía a la finca y el carro se apagó a mitad de una loma. La conductora, una profesora que se sumó a esta aventura, presa de los nervios, no podía arrancar el vehículo.

Profe, decía Oscar, esté tranquila, no tenga miedo, encloche y acelere el carro, nosotros empujamos y ahí vamos subiendo de a poco.

Las palabras de Oscar reflejan la tranquilidad y la experiencia de un hombre que ha vivido lo suficiente para reconocer que el miedo es el peor mal de todos, paraliza y confunde y, como si fuera poco, no deja arrancar carro en loma.

El olor a embrague quemado y ver cómo este campero no puede con las lomas escarpadas, hace pensar en las dificultades diarias que deben afrontar los campesinos para vender sus productos o llevar sus encomiendas a las partes altas de la montaña; parece ser que el campesino es sinónimo de esfuerzo y adversidad.

Después de avanzar un tramo considerable con el campero debemos dejar el carro a un lado de la carretera y continuar el trayecto en la moto de Oscar. Mientras él lleva a la profesora a la finca, yo espero al lado de una casa campesina. Allí veo a una mujer con sus mellizos que ya dan sus primeros pasos y a su hija adolescente que funge como apoyo para la madre, porque si un bebé requiere trabajo, criar dos es una odisea.

Mire, nosotros vivíamos en Pereira, allí la niña mayor estudiaba y pues vivíamos pobremente bien, no nos faltaba nada. Pero con la llegada de los bebés, todo cambió, el trabajo de mi esposo no bastaba para mantenernos y la ciudad es ingrata y costosa para vivir. Así que decidimos venirnos para el campo y con lo poco que tenemos sacar adelante a nuestros hijos. Esperamos que la niña mayor pueda terminar sus estudios y ayudarnos con sus hermanos, que estudie y salga  adelante, no quedarse con lo que ofrece el campo.

No son raras las palabras de la mujer. Tampoco es un misterio que el campo no ofrece mucho a los obreros de la tierra. Debido a la falta de oportunidades que padecen los campesinos son llevados a repetir el círculo vicioso de embarazos a temprana a edad, matrimonios frustrados, jornales que no alcanzan para nada y la lucha por mantener un hogar que se desintegra; muchas familias cargan con esta condena y generación tras generación no escapan a la paradoja filosófica del eterno retorno. Ojalá las esperanzas de esta mujer se materialicen y sus hijos no repitan la historia que muchos hombres y mujeres llevan a cuesta.

Después de un rato de esperar aparece Oscar y subo en su moto, continuamos en una travesía por caminos resquebrajados.

Hombre por acá yo he subido los materiales y todo lo que he necesitado para organizar mi finca, dice, mientras esquiva una grieta que fácilmente puede lanzarnos al suelo.

Las luces de los pueblos, en medio de la oscuridad, son pequeños puntos que hacen pensar en  lo diminutos que somos…

Al llegar a su finca, una primera sorpresa: la vista es magnífica. Se puede observar a Belén y otros municipios, las cordilleras y el valle del Risaralda. Las luces de los pueblos, en medio de la oscuridad, son pequeños puntos que hacen pensar en  lo diminutos que somos y si esas personas que están allá abajo intuirán que hay una mirada lejana intentando comprender la grandeza de un territorio.

Bueno, le cuento, yo soy de los llanos y desde muy pequeño he sido un andariego. A mis padres los asesinó hace muchos años el ELN y terminaron en una quebrada del pueblo, yo era un niño de once años y ya estaba lanzado a la suerte con mis hermanos. Era una pequeña fiera indomable, así que me dediqué a andar y trabajar, a veces al lado de mis hermanos o en ocasiones solo.

Al escuchar a Oscar recuerdo cómo gran parte de la población rural del país ha enfrentado los rigores del conflicto. La violencia desmedida de todos los actores, ilegales y legales, sobre los campesinos trae a la mente escenas dantescas de masacres, asesinatos, torturas…la paradoja radica en que la mayoría de los colombianos desconoce esas historias o, lo que es peor, prefieren ignorarlas.

Siento rabia hoy cuando trato de que reconozcan la muerte de mis padres y dicen que no, que nosotros no somos víctimas. Es un mar de papeleo y una rogadera que sólo baja la moral y le hace perder a uno la fe en las personas.  Siempre son esos doctores bien vestidos y con una pila de papeles al lado que lo miran a uno con desprecio. Piensan, los muy pendejos, que uno va a buscarlos porque quiere y que además se tiene que aguantar sus humillaciones. La última vez tuve mucha rabia y si no es por mi mujer les canto la tabla.

Resulta extraño notar cierto desprecio hacia los campesinos. Como si aquellas personas que trabajan la tierra fueran de una casta inferior de la escala social que justifica la violencia que han vivido, la pobreza que padecen y la ausencia derechos. Actitud hipócrita de muchos conciudadanos que no valoran los frutos del campo que muy tranquilamente comen en sus casas.

Pero bueno le cuento, la vida en el llano fue muy compleja, porque las guerrillas hacían sus cagadas pero el ejército y los paras no se quedaban atrás. Muchas veces llegaba mentando madres, diciendo: “¡haber guerrilleros hijueputas!, ¿quiénes son los comandantes y dónde se están escondiendo?”, y si uno no hablaba malo, le ponían una pistola en la cabeza y esta gente no le duele acabar con una vida, en realidad, mataron muchos así y si hablaba era peor.

Entonces uno estaba en medio de un mierdero, por un lado paras y ejército y por el otro la guerrilla. En todo este caos estaba uno tratando de sobrevivir y trabajar. La coca fue en su momento un buen negocio, pero siempre el campesino termina perdiendo porque al principio le pagaban a uno bien, pero luego se hacían los locos y quién se queja con alguien que tiene un fusil entre las manos.

Si bien me tocó ver muchas cosas feas y malucas, algo sí me queda claro: no hay por qué tener miedo y es preciso afrontar la vida como se aparezca. Si lo van a matar a uno, pues para qué sufrir, si el otro hala el gatillo todo termina ahí y listo. La vida hay que enfrentarla con la tranquilidad del caso.

Lo cierto es que siempre es el campesino el que más trabaja y el que menos beneficios recibe. Y hoy sigue lo mismo, el gobierno no ayuda a los campesinos, todo son trabas, papeleo, promesas y nada. Es triste que no se piense en el campo, la gente quiere trabajar, le mete el empuje para cultivar, pero uno va a vender sus productos y la ganancia es poca; lo que quieren es vaciar al campo; tienen que aprovechar que hay gente como yo que todavía quiere trabajar.

El desarrollo económico del país no tiene como objetivo el fortalecimiento de la economía campesina. Por el contrario, se hace cada vez más evidente el olvido en el que el sector agrícola ha caído. Solo basta ver las cifras de importaciones de productos agrícolas y sentarse a disfrutar de manzanas chilenas, arroz ecuatoriano, café brasileño… mientras la frontera agrícola se desmorona lentamente sobre los hombros de campesinos.

 Como si no bastara, uno va al pueblo y la gente lo mira raro, con cierto desprecio, se sienten miradas de extrañeza porque uno anda en botas empantanadas y se tienen las manos sucias de trabajar la tierra. ¿Acaso ellos no comen de los frutos que nosotros los campesinos cultivamos?, ¿Será que es un delito o nos hace menos trabajar la tierra?…

Amo el campo porque todas las mañanas aparecen problemas nuevos por resolver y porque nuestro trabajo es cultivar lo que la gente en la ciudad y el pueblo come. ¿Por qué el gobierno no piensa en esto y ayuda a los que queremos cultivar la tierra?

…para el campesino la mayoría de la fauna silvestre es algo normal que puede ser acabado, pero si son educados, como él, pueden cambiar su mirada sobre la naturaleza y no destruirla, si no conservarla.

En medio de la conversación y el recuento de sus vivencias, Oscar retoma el tema del águila y describe cómo para el campesino la mayoría de la fauna silvestre es algo normal que puede ser acabado, pero si son educados, como él, pueden cambiar su mirada sobre la naturaleza y no destruirla, si no conservarla. Esto me dice mientras enseña lo que quedó del águila que mató hace algunos meses, un par de garras.

Ahora las observo y me gustaría tener una cámara para tomarles fotos, que las personas suban para poder conversar del campo y hacer caminatas por la reserva. Eso es lo que deseo, aunque ustedes no corrieron con suerte, las águilas esta mañana no han bajado a posarse en el yarumo, dice Oscar.

La conversación con Oscar termina y se conviene volver a compartir otro chocolate, pero mientras descendemos de la montaña me pregunto: ¿cuánto tiempo habrá que esperar para que los campesinos, trabajadores anónimos (la otra Colombia) sea valorada? Y mientras veo el cielo azul con algunas nubes, a lo lejos observo lo que parece ser un par de águilas imponentes que sobrevuelan por nuestras cabezas. Sobrevuelan las fincas y la reserva, tierras de olvido y esperanza.

ccgaleano@utp.edu.co