Solía pensar de niño que los árboles tenían algo por decir… todo el tiempo estuvieron diciendo algo, siempre están diciéndonos algo; sobre todo demostrándonos a quienes somos capaces de comprender su inmensidad, de que como humanos somos tan pequeños y frágiles que hasta el ego es capaz de aplastarnos, el lastre más grande que llevamos a cuestas, más que cualquier símbolo, más que cualquier cruz.

 

Por: Jorge Beltrán

El Banco Mundial y la propia WWF en un estudio realizado en 2015, estableció que más del 70 por ciento de la madera que se explota, transporta y comercializa en Colombia es ilegal. Uno de los efectos más nocivos de la deforestación es la disminución de la lluvia en las regiones con poca cubierta vegetal, pues existe una correlación entre la humedad del suelo, la vegetación y la energía (sobre todo solar) que se necesita para convertir agua en vapor de agua.

¿Abrazaste un árbol alguna vez? Entonces yo sé que haz de sembrar esta historia.

Tenía la piel roñosa, la anatomía de la vida desmoronándose entre la humedad y el aceite que emanaba de su tronco desnudo y tocado a la mitad por el sol que desde arriba a 50 metros de altura se filtraba entre las ramas verdes de puntas rojas, hasta reflejarse en la piedra más brillante sobre el suelo, una obsidiana, residuos de lava volcánica.

El moho tragándose los zapatos, el ave y el ciervo, la serpiente en el camino contoneándose en forma de río liso y esbelto, el vuelo sin tiempo de la mariposa, el barranquero silbando en la parca y moviendo sus plumas traseras como un péndulo; es El Cauca; del otro lado se alcanza a ver el Cerro Munchique que hace parte del Parque Nacional Natural del mismo nombre, desde donde se puede apreciar el Océano Pacífico en los días más despejados.

Muchas rocas se formaron por los rayos impactados en la tierra y caminamos entre ríos secos, el viento en la cima saluda. El agua siempre aparece cuando el silencio la habita y como si existiera la palabra sagrada rompe entre las plantas y el suelo caminos que se llevan cualquier delirio o mantra extraviado.

El insecto mirando fijamente la enorme hoja que lo sostiene sobre el abismo, sin inmutarse, parece soñar con el vuelo de Ícaro dejándose morir por lo que en ese momento ama en medio del pantano.  Emitiendo un sonido sordo, voltea a mirar a su hermano el insecto de barro, roto y sediento que se cree perfecto a imagen y semejanza, entonces parafrasea en medio de su silencio a Charles Bukowski “encuentra lo que amas y deja que te mate”

El camino no es sólo uno, siempre hay que tomar decisiones… son los azares de la vida, entonces se trifurca, cuando el viento arriba hace mover los árboles como brochas con pintura verde sacudiendo las nubes sobre el cielo, de vez en cuando gris porque piden agua las raíces.

El insecto de barro sigue los pasos, se lleva el polen, guía a la colmena, se pierde y se encuentra seducido por las largas lianas que flotan en medio del bosque y que otros quieren confundir con escaleras de metal, entonces se rompe el silencio; aún no conocen el amor verdadero para dejarse morir por ello, aún no escuchan su alrededor.

Los troncos fuertes lo reciben en su regazo para montarlo en la copa y hacerlo realmente tangible más allá de la percepción del árbol que no desea ser papel si no es poesía, como todo acá, adentro del afuera.

 

Surge la reflexión

La contradicción eterna del bicho que aún no comprende de que está hecho el barro.  Colombia es el país más biodiverso por kilómetro cuadrado del planeta con sus 1.876 especies, vagar por los senderos del Cauca es un viaje al estilo Humboldt y Bonpland.

Hay personas que se dan una vida de odaliscas, cuando cada mañana salgo a repetir la rutina de mi vida últimamente tan sumida en el todo que me hace pensar al mismo tiempo que es la nada y los veo ahí tan tranquilos, volando sobre el estiércol como esclavos de sus deseos materiales.

Me pregunto qué clase de insecto puede sentirse tan bien incluso ovulando sobre la podredumbre, sobre el cemento perturbador, los gases tóxicos que emiten los autos, los herbicidas tóxicos de Monsanto, la muerte indigna de campesinos y líderes ambientales, de mujeres que aún luchan por reivindicar los derechos de la tierra entre la mentalidad anticuada de ciertos bichos conservadores con alas de dólares y ojos de monedas, que juegan a ser deidades con las esperanzas inexactas de un mejor planeta; y aún más; las falsas propagandas aunque publicitariamente bien hechas de ciertas marcas, la falsedad de un mundo mejor y de una gran mentira.

¿Acaso ya tantos han dejado de ser de barro para mezclarse por completo en esa masa amorfa mal oliente? ¿Impertérritos? ¿Performáticos? ¿humanos? ¿No sintieron nunca conmoverse por la estrella fugaz o la furia del viento?

Iría a decirles cualquier “ridícula pretensión de sabiduría” lo que probablemente significarían estas palabras para ellos, aunque también seguramente lo ignoren, pero les diría y les haría ver quizás alguna razón que sea válida para ellos, que nos sirva a todos, a los otros, a los árboles. ¡Qué va! Ya se hace tarde y el cielo para esta época no perdona aguaceros y los arboles los siguen talando, ni que hablar de los monocultivos de pino y eucalipto. Especialmente la zona del Amazonas y del Pacífico pierden unas 48 mil hectáreas de árboles. Un área igual de extensa al tamaño de una capital del mundo, según el banco Mundial.

Un olor a pino descifra la armonía, un aroma que majestuosamente se dispersa por todo el bosque haciendo infinitamente acogedor respirar el aire sin premisas. Como si no alcanzasen los pulmones a inflarse por completo del puro placer, la inhalación se queda pegada en la vida y los insectos extraviados, obnubilados ante la extensa exhalación que no termina sino hasta sentir al pecho estallarse de gozo, como gota de agua derramándose a la madrugada sobre el caparazón dorado de la pradera repleta de sombrillitas.

Un epílogo

Hay vacíos que sólo se pueden llenar cuando se es capaz de contemplar la belleza de una fruta en medio del camino, el olor de las hojas, sus formas y las cortezas sueltas. Caminar en el ombligo de la naturaleza es descifrar el vasto universo del que simplemente hacemos parte como especie para enfrentarnos a esa inevitable futilidad que opera dentro de nosotros en un constante conflicto con nosotros mismos, la avaricia humana.

Los árboles nos dicen que no sólo es crecer, es evolucionar, que es bueno vagar, andar algo libre, suelto o sin el orden esperado. Vagos, errantes, vitales, sin rumbo fijo, explorar los caminos y las montañas, tocar la tierra con los pies descalzos y arrojar los miedos sin filtros por el agua. Bastantes ocupaciones tenemos a diario últimamente en la oficina.

La sociedad ha convertido en tabú la palabra “vago” y vagar no es lo mismo que perder el tiempo o no hacer nada, hay que perderse en medio de las montañas, subirse a los árboles, admirarlos porque son la evolución de esta especie. Vaguemos, exploremos, conectemos.

El árbol tiene siempre sus ramas abiertas abrazando el buen regreso del hombre, con todo y sus heridas profundas y los cien mil truenos, rayos y tormentas encima. Con firmeza se mantiene altísimo, sintiendo las pisadas humanas como zumbidos, los sonidos de aquel insecto de barro que se admira de tanto esplendor y que debe guiar a la colmena para despertar del eterno sueño de cemento.

Cada generación expande y desarrolla la cosmovisión de la anterior, la gente siempre apropia, es algo que no podemos evitar, como entender que la decadencia permea nuestro mundo y que la cultura no es estática. Con tanto corazón roto solo puede hacerse arte. Escuchemos todo lo que nos habita y habitamos, la destrucción del suelo debido a la erosión, la pérdida del hábitat de la vida silvestre, la pérdida de la biodiversidad y el calentamiento global son las principales consecuencias de la explotación maderera en el mundo.

El amor de los nómadas de aire no se ha ido, está entre nosotros, está muy adentro pero bien afuera. Somos el barro que unge la llanura y el insecto que aún puede zumbar y polinizar la vida. Será el porvenir, la juventud arrolladora que transforma.