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Pese a que es un país donde cientos de víctimas buscan los restos de sus familiares desaparecidos, las directivas de la Arquidiócesis optaron por dejar los restos en su lugar bajo varios centímetros de concreto a fin de no afectar la imagen institucional.

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Por: Felipe Chica Jiménez

A eso de las 9 de la noche la casa donde opera la Fundación  Pastoral Social de Barranquilla queda desierta de funcionarios. Dicen que después de las largas jornadas laborales se comienzan a oír y sentir cosas. Que  la vivienda tiene un fantasma entre su registro inmobiliario. Si bien son pocos los que afirman haberlo visto, es algo vox populi el hecho de que por sus pasillos ronda un intruso del otro mundo.

Karina, que siempre trabaja hasta tarde en la noche, dice haberlo advertido en tres oportunidades; la primera divisó el perfil de un hombre tras  la ventana que comunica con el patio. Un día Karina estaba  archivando  carpetas cuando alguien posó su brazo suavemente sobre sus costillas, como en un gesto de aprobación laboral. La tercera vez fue más impactante. Recorriendo el pasillo largo y oscuro que conduce hacia la cocineta, oyó el llanto tierno de un niño al que buscó sin suerte  por todos los rincones del lugar, hasta que una espantosa carcajada le cayó sobre la espalda como un  baldado de agua fría.

Uno que otro  administrativo dice haber visto una sombra arrodillada por el pasillo cual arrepentido que confiesa sus pecados. Isidoro, el hombre de las llaves, las reparaciones, los mandados y demás, dijo que tiempo atrás, obreros habían hallado la osamenta de un hombre cuando trabajaban en la remodelación del piso, era en apariencia un tipo joven. Pese a que es un país donde cientos de víctimas buscan los restos de sus familiares desaparecidos, las directivas de la Arquidiócesis optaron por dejar los restos en su lugar bajo varios centímetros de concreto a fin de no afectar la imagen institucional.

La casa en cuestión es grande, vieja y rica en historias. Entre la primera entrada de rejas de color verde  pálido hasta el portón principal, hay unas 76 sillas de espera en las que a diario cientos de desplazados, principalmente del Caribe, esperan su cita con la burocracia. Además de otros proyectos, Pastoral Social tiene a cargo un Punto de Atención a Víctimas por el Conflicto Armado Colombiano. Entre las filas que rodean pasillos y salones, se narran cruentos relatos sobre la violencia. Carmen, toda una matrona venida del Magdalena, cuenta como tiempo atrás paramilitares apuñalaron el vientre fecundo de su nuera ya que, según el Bloque Bananero, a los guerrilleros toca matarlos antes de nacer. Ni ella misma sabe cómo se salvó de la masacre, dice mientras suda a chorros y  mira su ficha de turno 97. En este escenario,  los ojos de Carmen son apenas como una gota de agua  en medio de un aguacero de miradas lúgubres y desengañadas; sus miembros ennegrecidos  por el sol y sus espaldas dobladas, descargan momentáneamente el peso  de  su memoria sobre el  escritorio del funcionario de turno.

De unas seiscientas víctimas que llegan a diario, se alcanzan a atender  un  promedio de cuatrocientas personas; sin embargo, la sufrida historia particular de cada víctima termina por morir aquí entre papeles y números. 

La historia urbana -al menos la que narran sus ciudadanos- cuentan que para la década de los cincuenta, en los tiempos de las juventudes comunistas, fueron muchos los jóvenes raptados, encarcelados y posteriormente asesinados en calabozos como el que hubo sesenta años atrás en ésta misma casa. La historia nuevamente imponiendo sus sarcasmos.