Sonidos extraños, pisadas, sombras y golpes en ventanas inquietan, cada tanto, a las personas que trabajan en los edificios Vásquez y Carré, en Medellín, los cuales parecen cargar todavía con su lóbrego pasado.
Escribe / Ana María Ramírez Giraldo – Ilustra / Stella Maris
Poco después de que el reloj marcara las ocho de la noche, Catalina Acevedo, funcionaria de la Secretaría de Educación de Medellín, ubicada en el edificio Carré, escuchó que alguien se acercaba por el pasillo hacia su puesto de trabajo.
“No le presté atención porque pensé que era alguna persona de la oficina o algún vigilante que venía a decirme que ya tenía que salir. Pero cuando lo sentí cerca y volteé a mirar quién era, se escondió rápido en un cuartico que hay en el pasillo”, cuenta Acevedo. Aquél es el cuarto técnico, un espacio de aproximadamente un metro cuadrado donde está ubicada la torre de conexiones del tercer piso del edificio. Sin embargo, permanece siempre bajo llave. No había manera lógica de que alguien hubiese atravesado aquella puerta del modo raudo en que lo hizo.
—Entonces ya yo dije: “No me meto con nada, no se metan conmigo. Ya me voy”. No había otra ruta para salir, cuando pasé por la puerta del cuartico me dio un escalofrío profundo. Ahí sí sentí miedo.
Lo incomprensible a la lógica de Acevedo y de los demás trabajadores del Vásquez y el Carré, sucede casi siempre de madrugada o de noche, aunque algunas veces, también de día. Como una tarde de septiembre de 2021 cuando una de las pesadas ventanas de madera, de repente, se cerró con fuerza. Los cuatro colegas que estaban en esa oficina se miraron asustados, ninguno de ellos había sido y en ese momento no había nada de viento.
Las historias no faltan
Los rumores de fantasmas del pasado en ambos edificios van de voz a voz, y los vigilantes, aunque reservados, conocen lo que pasa. A Isaac Espinoza, uno de los guardas del Carré, no le ha pasado nada similar, pero varias personas le han contado sus experiencias. Una de ellas es la de un funcionario a quién le tocaron el hombro, cual broma de niños, pero cuando volteó a ver no había nadie, ni siquiera un poco cerca. Otra persona le contó que mientras estaba en el baño escuchaba sonidos extraños en los alrededores; al asomarse tampoco había nadie pero cuando salió al pasillo vio una silueta que se desvaneció en el aire. Aparte, uno de los vigilantes nocturnos le contó que, en las madrugadas, los ascensores suben y bajan solos.
—Pero es en los pisos superiores dónde asustan, nunca en el primero, asegura Espinoza.
En el segundo nivel queda la oficina de Eduardo Palacio, el encargado de la gestión del riesgo en la Secretaría de Educación. A él también le han pasado situaciones anormales.
“Antes del 2020 yo era el primer funcionario que llegaba al Carré. Casi siempre llegaba a las 5:30 de la mañana. Cuando me sentaba en la oficina escuchaba como las impresoras se encendían. Imaginaba que eran fallas técnicas; después de eso sentía que había alguien por ahí. Doña Francy, la señora del aseo por esa época, llegaba después de mí y yo la llamaba pensando que era ella: “¿Doña Francy está por acá? ¿Alguien?” Y no, no me contestaba nadie. Pero siempre sentía como a una persona deambulando por todo el piso. Es por eso que siempre en la mañana acostumbro rezar: “ánimas del purgatorio, ¿quién las pudiera aliviar? Que Dios les saque de penas y las lleve a descansar”.
Rutinas fantasmales
Pero las oraciones no siempre agradan a lo que sea que juegue con la lógica de los empleados del lugar. Allí está prohibido encender velas, o cualquier otra cosa que pudiese provocar fuego y poner en peligro tanto a los empleados como al patrimonio histórico que, para aclarar, ha sobrevivido varios incendios desde su construcción a finales del siglo XIX. Pero Palacio recuerda que hace muchos años, un compañero suyo sí lo hacía.
“Esto es un edificio todo en madera, por eso no están permitidas las veladoras. Pero yo recuerdo que había un compañero hace años que le daba por traerlas para hacer la oración. Él entraba, prendía la veladorcita, empezaba a hacer la oración y se la apagaban. Y a ese sitio no entraba viento, era una oficina cerrada”, contó.
Entre los empleados no hay dudas de que allí ocurren cosas extrañas. Para Eduardo Palacio, es claro que hay algo. A colegas suyos, que se han quedado trabajando hasta las ocho o nueve de la noche, les ha tocado salirse porque no aguantan la presión que se sienten por entes indefinibles o etéreos.
Muertes, osarios y esqueletos
“A mí me tocó ver que sacaban un muerto de la alcantarilla del Vásquez; y quién sabe cuánto tiempo llevaría ahí, porque ya ni siquiera era cadáver, era casi esqueleto. Yo trabajaba al frente, en la torre grande de los juzgados, desde allá uno veía todo lo que pasaba cuando era El Pedrero, bueno, cuando ya se estaba acabando”. A pesar de que han pasado más de 20 años, D. L. Ramírez, empleada del poder judicial, aún recuerda ese momento con asombro.
Esa alcantarilla fue construida a finales del siglo XIX para la Plaza de Mercado de Medellín, conocida como El Pedrero en el sector de Guayaquil, la cual estaba conectada a las dos edificaciones del patricio y hombre de negocios paisa Eduardo Vásquez, quién consiguió el permiso para hacer uso de ésta en sus nuevas obras. Sin embargo, la opulencia no duró mucho, pues los edificios como el sector circundante decayeron lentamente y el lujo se transformó en miseria, vandalismo y violencia.
Poco a poco ambas construcciones fueron cediendo a su nueva realidad. De lo que habían sido en sus primeros años los edificios más altos de Medellín, de tres pisos, no quedaba mucho. Por La Alhambra con Amador ya no transitaba la alta sociedad exhibiendo su alcurnia comprada con negocios y transacciones. Los suntuosos apartamentos y amplios locales comerciales fueron sustituidos por cantinas de mala vida, bares de peor muerte, clubes de juego ilegal, reconocidos prostíbulos, expendios de toda clase de drogas, hoteles de paso para desarrapados, dormitorios colectivos e inquilinatos por los que transitaba la miseria de la Tacita de Plata. Eso fue lo que conocieron los edificios hasta su reconstrucción a finales de la década de los 90 del siglo pasado.
“Cuando hicieron la remodelación, se encontraron osarios, gente que aquí mismo mataban y enterraban” expresó Eduardo Palacio, funcionario de la Secretaría de Educación.
Los desechables
Así los apodaba la sociedad medellinense. Tenían lugares designados y las personas los evitaban a toda costa. El Hospedaje La Esperanza fue el primer “hotel” si así pudiera llamársele, para ellos. Según relata el cronista Carlos Sánchez en su libro El contrasueño, historias de la vida desechable, en 1991 la noche allí costaba $100 pesos.
“A pesar de ser el único hotel de desechables de Medellín, muchos de ellos prefieren dormir en la calle. No es cuestión de tacañería si no querer dormir con tranquilidad. Para quienes prefieren dormir en la calle, tiene menos azaris la noche de las aceras. En cualquier acera de Junín o de Bolívar se puede atracar o matar con la misma impunidad que en el hotel. Además, las condiciones higiénicas se diferencian muy poco (…) Con toda razón los desechables nunca llaman a este lugar hotel, qué es de cierta manera una palabra fina, e incluso elegante. Ellos dicen colectivo que se refiere no a una forma de la solidaridad, si no de la incomodidad. Quiere decir que a lo largo de los corredores en los destartalados catres y en el piso dormirán gamines, ladrones, prostitutas, mendigos, locos, vagabundos, maniacos”, narra Sánchez en el primer capítulo, La Esperanza, hotel de desechables.
Aunque no pueda entrar al número 31 de la calle La Alhambra, ahora ocupado por la Secretaría de Cultura y No Violencia, uno de sus habitantes de la época del colectivo, frecuenta todavía el lugar. Luis Eduardo Zamora pasa sus días sentado en la banca que está perpendicular a la puerta principal del edificio Vásquez, a veces leyendo, otras durmiendo, siempre observando pasar la vida sin afanes. Zamora vivió ahí durante varios años.
“Avemaría si había violencia. ¡Por toda parte! Cuando las plazunas y los plazunos se emborrachaban no quedaba piedra sobre piedra. No se veían sino la cantidad de botellas, cuchillos, machetes y hasta bala. Dentro de los edificios, a cualquiera le pegaban uno, dos, tres balazos. Siempre pasaban esas cosas. Venía gente de muchas otras partes, de otros pueblos. Personas que traían sus mercados a El Pedrero y se quedaban la noche. Había mucho recelo y como no existía cierta confianza, hubo momentos bélicos”.
En cuanto al tema, el sacerdote Marco Tulio Suárez, confirmó la posibilidad de que los hechos sean veraces.
“Eso sí pasa y mucho. Una teoría dice que son almas que quedan volando sin rumbo. Pero yo no diría que exista una explicación concreta, ni en la iglesia, ni en la ciencia. Pueden ser personas que no se redimieron y estén en algún lugar sufriendo; también puede ocurrir que hayan “entierros” puestos ahí con el fin de atraer malas energías, yo lo he visto. Aunque hay otros casos en que es la imaginación, pero más que todo ocurre cuando se ha tenido un vínculo cercano en vida”, señala el religioso.
Tal vez nunca se tenga una respuesta clara frente a los casos paranormales de los gemelos de ladrillo, Vásquez y Carré. Pero una cosa es clara: jamás podrán librarse del peso de su pasado y del que carga la historia violenta de Medellín.


