Las loterías ya no podían ser sostenidas por sus pequeñas manos que ahora se encontraban atadas por una soga. Su piel desnuda no debería estar en aquel matorral a las afueras de Villavicencio; y el aliento de su voz, aún aguda, solo aguardaba por el momento indicado para gritar ¡auxilio! en vez de ‘a la orden los billetes’, como lo hacía horas atrás en las calles de esta ciudad.

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Por: Maritza Palma Lozano

Ilustraciones: Conrado Barrera Henao

Era 25 de Enero de 1957. Mientras en los alrededores del mundo se manifestaban aberraciones sexuales de todo tipo, tanto en las mentes como en las vidas de asiáticos, africanos, europeos y americanos, sin determinar clase, sexo o raza, en Colombia se cortaba el cordón umbilical de un prodigioso esperpento que habría de planear desde su cuna cómo alimentar fetiches, que ni la propia muerte es capaz de aceptar.

La pederastia tiene sus inicios en la mitología Griega, pues en la antigua Grecia, durante los periodos arcaicos y clásicos, se admitió esta práctica como “el amor a los niños”, considerándose como la manifestación de un vínculo erótico socialmente reconocido entre un hombre adulto y un macho más joven, preferiblemente adolescente.

Pero esto no es un cuento Griego, ni mucho menos chino, es colombiano; yel cuchillo, como extensión del falo y fiel amigo de los deseos impulsivos, fue aderezo  de la pederastia que prevaleció desde el día  que llegó la ‘Bestia’ a este mundo, cuando nació en Génova, Quindío.

Su presencia no alarma, camina tímido y reprime cualquier manifestación violenta que lo pueda delatar, sus creencias religiosas son sólidas, es más devoto que el mismísimo Papa, relee versículos una y otra vez y desdibuja el antiguo y el nuevo testamento como pan de cada día. Finge ser amable. La desesperación está reprimida en sus puños cerrados y su mirada se clava levemente por debajo de sus 1,65 metros de estatura.

Anda siempre a la espera o en busca de la próxima víctima que lo ayude a sobrellevar su vida. Necesita penetrar a alguien -en lo posible que sea frágil y masculino- someterlo y controlarlo hasta saciarse, hasta cuando no sea suficiente y requiera de algo más, como apuñalar, quemar, morder, ahorcar, lacerar, golpear, amputar, cercenar, pisar o torturar, hasta llegar a la cumbre del éxtasis que lo obligue a decapitar y castrar.

-¡Claro! justificado en su cruel infancia.

-¿¡Cómo si su infancia tuviera más valor que la de los 172 niños que fueron sus víctimas hasta el año 1999!? ¿¡Cómo si fuera el único ser sobre la tierra a quien le pegaron con una correa siendo niño!?

Bonifacio Morera Lizcano, es la identidad robada que lo representó mientras engañaba niños de todo el país que después dejó asesinados en alrededor de 11 municipios a lo largo de Pereira, Medellín, Tunja, Bogotá y Valle del Cauca, siendo este último departamento donde cometió su primer asesinato.

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Juan Carlos, niño no mayor de trece años, fue quien encabezó la lista de los niños que se llevaron el premio gordo en las fantasías de esta bestia, pues ya en 1992 para Bonifacio no era suficiente la violación y se hacía necesaria la sangre y la muerte.

Todo sería cada vez más intenso y los nombres empezaban asomarse a la vuelta de la esquina, nombres con cara de niños: Jhon Alexander Peñaranda, Luis Carlos Palacio, Jaime Andrés, Johan, Ronald Delgado Quintero, Brand Ferney Bernal Álvarez, serían los protagonistas de este proceso de sexo, cuchillo, y leyes que no condenan dos veces por el mismo delito pero sí dan beneficios  a un hombre que dejó huesos, cenizas y olvido donde antes habían niños.

Las listas de niños desaparecidos no paraban de engrosarse y las calles de Colombia se llenaban de gritos ahogados que clamaban por Pablo, Andrés, Diego, Carlos, Luis, Rafael, Santiago, Camilo, Felipe, Mateo, Miguel, Jaime, Johan, Juan, Cristian, Daniel, Nicolás y muchos niños más sin nombre, que no tenían imagen alguna circulando en las páginas de la prensa y en las pantallas de la televisión.

Pero a las bestias también les llega un punto de quiebre. 

Las loterías ya no podían ser sostenidas por sus pequeñas manos que ahora se encontraban atadas por una soga. Su piel desnuda no debería estar en aquel matorral a las afueras de Villavicencio; y el aliento de su voz, aún aguda, solo aguardaba por el momento indicado para gritar ¡auxilio! en vez de ‘a la orden los billetes’, como lo hacía horas atrás en las calles de esta ciudad. Los pasos de un intruso fueron la señal perfecta para que empezara a gritar sin cansancio y se convirtiera en uno de los dos únicos niños en la historia de la bestia en recibir un golpe de suerte que lo llevara de regreso a la vida. Sus pies no dieron lugar al descanso mientras fuerte golpeaban contra el suelo, huir de la muerte y entregar a la mismísima Bestia ante la policía colombiana eran triunfos que un niño solo podía comparar con la alegría de un corazón que aún latía y seguiría bombeando sangre al menos para seguir vendiendo billetes de lotería.

1999 sería el año que culminaría dejando a un asesino y pederasta en la cárcel, 35.432 huesos repartidos en fosas clandestinas a lo largo y ancho de Colombia; una condena de solo 40 años con aspiraciones de rebajar a 24; y el vacío de cientos de familias que se quedaron esperando a sus hijos, mientras los años pasaban y salía por la televisión nacional un hombre con apariencia noble y totalmente arrepentido diciendo:“Yo sería capaz de ofrendar mi vida por la de esas víctimas”.

Además de esto solo quedaría un poco de memoria por los niños perdidos entre el semen y el olvido y una sola confesión mediática hecha por el otro sobreviviente: Brand Ferney Bernal Álvarez, la única porque en las otras el protagonista es él: Luis Alfredo Garavito Cubillos, el mismo al que le cortaron el cordón umbilical un 25 de enero de 1972, el mismo que violaba y mataba niños en la época en que liberales y conservadores mataban egos.