Ilustración / Santiago Flórez

Prohibido jugar al escondite

Teníamos por esa época entre 9 y 11 años, pero ya ahí comprendimos que la policía no estaba para cuidarnos, al menos no a nosotros: niños pobres de un barrio popular de un pueblo grande que se estaba haciendo ciudad.
Por / Edgar Eduardo Pulido Garcia – Ilustración / Santiago Flórez
Lo recuerdo perfectamente, pasé la mayor parte de mi infancia en Los Nogales en La Carrilera, uno de los barrios populares del sector de Cuba en la ciudad de Pereira. El barrio consistía –consiste, puesto que aún está– en un par de cuadras organizadas en forma de L, en una loma sinuosa e inclinada al menos 30 grados, tan así que los partidos de fútbol jugados en medio de la calle se decidían antes de comenzar, siempre ganaba el equipo que tenía la cancha en la parte alta de la cuadra.
Según rememoro, éramos un gran grupo de niños que pasaba sus meses en medio de los juegos del momento, mucho antes del Internet y los smartphones y sin capacidad adquisitiva para las consolas de videojuegos, aún las canicas, los trompos y la elevada de cometa de agosto en el Morro eran nuestras actividades predilectas; parecíamos en síntesis algo de Tom Sawyer y otro tanto de Pandillas, guerra y paz, en una Pereira que en los 90 todavía tenía algo de aldea, una ciudad aún imprecisa, más bien un pueblo grande donde todo el mundo se conocía entre sí.
Por supuesto que vivimos la mano negra y los panfletos con el pedagógico mensaje: “los niños buenos se acuestan temprano y los malos los acostamos nosotros”, también el rumor de la pólvora en diciembre se mezclaba con los disparos y los muertos, no pocas veces detuvimos el picao en medio de la calle porque cerca se escuchaba el tiroteo.
Sin embargo, uno de esos episodios nos marcó en la infancia. Hace poco nos reencontramos algunos viejos amigos para platicar y resultó que todos teníamos esa imagen tatuada.
Ocurrió una noche calurosa, nos encontrábamos jugando escondite, Hugo y yo salimos corriendo a escondernos en la tienda de doña Nelly. La disposición de las mesas y las paredes con varias entradas y salidas era perfecta para escabullirse y ganarle unos metros de carrera a César y quemar la olla, el único lío era que César era una gacela y preciso Hugo y yo éramos los más altos, gordos y lentos del grupo, estábamos ahí planeando a quién cogía César para darle espacio al otro y quemar la olla, que quedaba en la mitad de la loma. De repente, sobre la avenida se paró una moto de la policía bruscamente, el parrillero saltó de ella y gritó:
-¡Alto ahí hijueputa!
Hugo y yo sin saber qué pasaba miramos asombrados y perdidos a todos lados sin encontrar a nadie cerca.
-¡No se haga el pendejo!
El policía empezó a acercarse, sacó su revólver y se lo puso a Hugo en la frente.
-¡Quédese quieto y déjese requisar!
El otro policía se bajó, empezó a buscarle no sé qué mientras el otro le seguía apuntando; Hugo y todos los niños que jugábamos nos quedamos congelados con miedo –tengo presente como una fotografía esa imagen: los ojos de terror de Hugo, sus pupilas dilatadas, las lágrimas brotando dándole un brillo a sus ojos vidriosos, el sudor goteando en sus sienes y el arma pegada a su frente con el dedo firme en el gatillo–. Al instante salió doña Nelly de la tienda y también mi mamá que vivía en la casa contigua; se fueron directo hacia los policías.
-¡No ven que es un niño de once años!, ¿por qué le apuntan con el arma?
Hugo se les zafó y se escondió detrás de mi mamá que lo abrazó.
-Señora es que lo vimos en actitud sospechosa y procedimos.
-¡Estaban jugando escondite! ¿Qué querían?
Ante eso los policías se volvieron a su moto y antes de irse, dijeron:
-Es culpa de ellos, no deberían jugar al escondite.
Teníamos por esa época entre 9 y 11 años, pero ya ahí comprendimos que la policía no estaba para cuidarnos, al menos no a nosotros: niños pobres de un barrio popular de un pueblo grande que se estaba haciendo ciudad.