No podía imaginarme un mundo sin Darío, mi verdadero Darío, no Rubén el de los académicos, sino mi Darío, el del Picacho, el de la montaña, el de los campesinos que guardan su guaro y su radio en un bolsillo del dril, el que mató a su padre, el que inventó un género.
Escribe / Mateo Quintero – Ilustra / Stella Maris
Para Vasco y Gleiber, compañeros en este dolor.
Abro los ojos en una de esas tardes calurosas de mi infancia, despertando en esa cama que, en mi recuerdo, es amplia y fresca. Por los ventanales entran ráfagas de viento que atenúan el insoportable calor del tercer piso de la casa de mis padres, en donde entra también una gran polvareda debido a los interminables carros, volquetas y camiones que pasan por la avenida que queda al frente del hogar. El segundo piso, por no tener un cielorraso de cinc, es mucho más fresco, y lo habitan mi abuela y mi abuelo, que recorre en su amplitud, con un bastón, las habitaciones y los corredores, para desembocar por último en el balcón, donde se sienta en una mecedora a ver morir la tarde mientras bebe un vaso de agua que con solicitud le entrega mi abuela, como siempre. Y en el primer piso –que junto al primero son construcciones de mi abuelo, planificadas y ejecutadas con sus propias manos, que aún hoy me aprietan las mías en mi recuerdo, al finalizar las jornadas– hay una cantina, pequeña, de alrededor seis mesas, donde suena incansablemente Darío Gómez. Yo lo escucho mientras disfruto de la sencillez de mis tardes antiguas, cuando el agitado trajín de la adultez no me había arrebatado la placidez de los días, extensos y llenos de novedad todos ellos.
- ¿Quién canta esa, abuelito?
- Darío Gómez, mijo.
- ¿Y esa otra?
- También Darío.
Y luego se levanta con dificultad y saca un CD del mueble que sostiene el equipo de sonido que recientemente compró –y con el que soñó desde que era niño– y me lo muestra: El Rey del Despecho. Lo pone a sonar con desmesura y escuchamos una y otra, y él me cuenta lo que sabe: que primero cantó música decembrina y luego formó Los Legendarios, con los que cantó música similar a la que cantaban Los cuyos y el Conjunto América, para después crear él solito, el despecho, género que no le agradaba del todo a mi abuelo, pero que respetaba, solamente, por Darío. Caía la noche y jugábamos parqués mientras seguíamos escuchando tantas y tantas canciones, cada cual más dolorosa que la anterior. Y mi abuelo me contaba de sus gustos, de su odio a Charlie Zaa por intentar imitar al incomparable Julio Jaramillo, y luego él mismo imitaba la voz desafinada de Jhonny Rivera, gracias a la cual murió, para él, la música popular.
Antes de mi amor por El Caballero Gaucho estuvo primero el que le tuve a Darío, y día tras día le descargaba su música a mi abuelo en una memoria USB que nunca pude terminar como él quería. Y cada que una letra nueva descubría me decía lo mismo: ¿cuándo será que crezco para que una mujer me rompa el corazón y me puedan salir todas estas canciones? Y cuando crecí lo cumplí con creces, hasta el hartazgo.
Años después, cuando mi abuelo ya no estaba, empecé a frecuentar el bar El gato, que queda a una cuadra de la casa de mis padres. Tenía 15 años y descubrí el amor por la bebida: “aunque me cueste morir…”, y fin de semana tras fin de semana iba allá, a jugar billar y a hablar con los borrachos que me enriquecieron la imaginación y me ampliaron mi visión del mundo, más que los libros, más que cualquier filosofía. Y mientras hablaba con ellos de fondo, irremediablemente, estaba Darío cantando Nostalgia del ayer, relatando en esa canción justo lo que sucedía en esas paredes amarillentas: gente guardando con celo monedas, pero para apostarlas en las maquinitas y bebiéndose el querer de mujeres que nunca aparecían, que jamás ninguno de sus amigos conoció, pues el único lugar donde se veían era en el bar y ellas nunca iban.
Un día, ya siendo mayor de edad, en las Fiestas de la cosecha anunciaron que estaría Darío cantando gratis en el Parque Industrial, en las canchas, y yo que jamás había tenido dinero para pagar uno de sus conciertos, sentí una dicha inmensa, voraz y le dije a mi novia de ese entonces que fuéramos. La noche resplandecía arriba de ese tumulto de gente que había ido a ver al gran Rey. Nosotros pudimos hacernos un espacio donde nos encontramos con varios amigos que tenían litros de aguardiente y ron, y que amablemente nos brindaron, pues no hay nada que una más que el ansia de beber escuchando La Tirana. Todo el concierto estuve embelesado y borracho, pero lo suficientemente lúcido como para recordarlo, letra a letra, canción tras canción. En ocasiones Darío paraba de cantar, nos empezaba a hablar y la gente que no entiende nada le gritaba que se callara, que cantara de nuevo, y yo por otra parte, feliz, con una sonrisa ineludible, escuchando sus incoherencias de borracho, celebrando cada que se tomaba un trago de cualquier licor. Pero cuando cantó Sobreviviré, la emoción que sentí fue increíble, mi garganta pereció allí y aún hoy se me hace imposible describir mi interioridad: haga de cuenta cuando Dante vio a Dios: solo sentí una luz fulminante.
Un diciembre posterior estaba yo bailando con una belleza en Hellium, sudando, feliz mientras contemplaba esos ojos deslumbrantes y lujuriosos que me acechaban, y que yo aceptaba complacido por la reciprocidad de los sentidos, cuando de repente, sin imaginarlo siquiera porque en ese lugar solo se baila dancehall y reggaetón, escucho que suena, como un coro de ángeles campesinos y ebrios, El Morro, y una vez más una alegría inmensa invadió mi espíritu y no pude contenerme: la besé, la besé con felicidad por primera vez, y lo que sucedió en la madrugada no puedo contarlo aquí pero se dio gracias a que le canté al oído: “Yo te doy todo por ese moro, negrita linda, decí que sí”. Y ella dijo que sí.
El día del último cumpleaños de mi madre, mientras manejaba por las calles de Pereira, empezó mi teléfono a vibrar más de lo común. Con la irresponsabilidad que me caracteriza, mientras conducía observé algunas notificaciones y todas eran similares: “lo siento mucho, debes estar muy triste”, “lo lamentamos, es increíble”. Preocupado orillé el carro y leí con detenimiento: Darío Gómez ha muerto. A los 71 años, como mi abuelo. El mundo había caído en silencio para mí. Creí que era mentira. No podía imaginarme un mundo sin Darío, mi verdadero Darío, no Rubén el de los académicos, sino mi Darío, el del Picacho, el de la montaña, el de los campesinos que guardan su guaro y su radio en un bolsillo del dril, el que mató a su padre, el que inventó un género, el que compuso Nací para amarte, canción que le dedicó mi padre a mi madre, el que siempre estaba ahí, con su voz, en la ebriedad, en el dolor, en la soledad. Miré las redes sociales y era cierto: ahora tocaba vivir sin Darío. Se le paró el corazón. ¡No podía ser de otra forma su muerte! Pero ¿cómo lo mataste con un paro cardíaco un martes, Dios? ¿Por qué no esperaste hasta el viernes? Sin importarme que al otro día trabajara, sin importarme la madrugada, las pocas horas de sueño, el guayabo, fui a Ramfis, mi bar, y me bebí su eternidad en una copa de aguardiente.


