Esta confusión de sentidos al caer la noche no se compara con la de unas horas atrás cuando en este sitio, el skatepark de la Villa Olímpica, no se percibía más movimiento que el de una que otra persona que por allí usualmente trota.
Escribe y fotografía / Pablo Restrepo Valencia – Ilustra / Stella Maris
Cada diez minutos el aterrizaje de un avión suspende en el ambiente una explosión de movimiento y sonido: todo parece apacible mientras cae el atardecer y las distintas miradas se convierten en una sola. Es uno más de los que milimétricamente calculan su llegada al aeropuerto, pero la majestuosidad y opulencia con que pasa sobre nuestras cabezas nos apresa por varios segundos.
Cuando desaparece, el ruido ambiente retoma su protagonismo. Las máquinas de cholaos y raspaos no se detienen en ningún momento –el sol de domingo aún se niega a ceder, hay que calmar la sed–. Las bicicletas, monopatines y patinetas suenan al unísono y no hay caso en intentar diferenciarlas. Importa más fijar la vista en el horizonte, que en cada ocasión parece desafiar con sus colores al día anterior.
Esta confusión de sentidos al caer la noche no se compara con la de unas horas atrás cuando en este sitio, el skatepark de la Villa Olímpica, no se percibía más movimiento que el de una que otra persona que por allí usualmente trota. Pienso en los lugares y su encanto, de ser dos al tiempo, mientras tomo una cerveza en el mismo punto donde esa mañana disfrutaba de un salpicón luego de recorrer la ciclovía.
En su gran mayoría son los jóvenes quienes se amontonan allí los fines de semana. Los trucos, caídas, saltos dobles, triples y los 360° maravillan la vista del curioso mientras el movimiento de todos resuena como una sinfonía. La orquesta no tiene director, sobra decirlo, ¡pero qué bien lo hacen los artistas!

— “¡Vengan pues por sus calcas!”.
— ”Oes, ¡recojan pues todas las que puedan!”. Se escucha decir a una voz metálica a través de un parlante.
Una joven, mientras tanto, levanta coqueta la bolsa llena de calcomanías que alguien ha donado para la ocasión. Se llevaba a cabo una de las competencias de skate organizada internamente.
Como si se tratara de efectivo, los concursantes corrieron a una de las rampas desde donde la joven lanzó por el aire los ansiados premios. Hubo uno que otro forcejeo, pero el ambiente festivo no dejaba pasar nada a mayores. Al tiempo, vendedores informales en puestos y carritos aprovechaban el ambiente para ofrecer sus productos y cachivaches.
—”¡Arrechóóón, borojó, chontaduro!”
—”Helados de mango biche, ¡helados!”
Uno que otro ventarrón trae consigo el olor a marihuana y cigarrillo siempre presente. Por doquier se encuentran colillas, alguna lata de cerveza y la ilusión de muchos de que esta tarde de domingo no acabase nunca. El ambiente, de por sí movido, se funde con una fiesta distinta, pero que conserva algo de lo que he narrado: Deportivo Pereira contra Santa Fe. La hinchada de ambos equipos se hace presente.
Nuevamente aterriza un avión que apaga a su paso las últimas luces doradas del atardecer. Lo que viene no es a son de hip-hop, y la magia de los lugares no es quizá ser dos al tiempo, sino infinitos.


