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—Nuestros jefes nos sacaron de la guerra —explicó cuando le pregunté por el proceso de paz—. Creo que el cambio nos favorece, es algo que se estaba buscando hace muchos años. Pensar si el gobierno cumple o no cumple, eso es una tontería.

Aunque en una de las entradas a las viviendas prefabricadas luce una valla que irradia esperanza, el panorama no pinta fácil para Machetico y los excombatientes que decidieron apostarle a la dejación de las armas.

 

Por: Camilo Alzate. Fotografías de Diego Val

Antes del ocaso, siete guerrilleros se arriman a una cabaña en las montañas del Cauca. Van sucios y agobiados, alguno propone que deberían pedir permiso para pasar la noche allí porque parece que va a llover; podrían descansar, preparar algo de comida, bañarse. El dueño de la finca les da abrigo.

Uno, entre ellos, revela rasgos de forastero. La piel de la cara luce pálida, aunque tostada y llena de pecas por esos soles agrios de la cordillera. La barba, sin ser rubia ni cobriza, tampoco es oscura. Tiene las cejas pobladas y acento de antioqueño. Machetico lo llaman los demás con respeto, porque parece más viejo, o más sabido, o con mayor rango que ellos.

Machetico conversa con el campesino que los acogió. ¿Cómo están las cosas por la región? ¿Qué problemas tienen, ha habido dificultades, líos de vecinos por deudas, peleas de faldas, disputas sobre los linderos? ¿El Alcalde si está cumpliendo los compromisos o no ha hecho nada? Y la tropa, ¿andará cerca?

—El que se mueva en estas tierras está dispuesto a que lo maten —advierte el campesino—. Ni el mismo ejército se mueve por aquí.

La conversación prosigue y de repente el hombre le reclama a Machetico:

—Ustedes le han gastado mucho a la guerra, si ustedes le hubieran apostado más a la política este país sería diferente.

Claro, responde Machetico, ¿pero cómo, señor, cómo? ¿Era que él no sabía lo que le había pasado a Guadalupe Salcedo, el guerrillero liberal que firmó la paz con el dictador Rojas Pinilla y fue asesinado a traición en una cantina de Bogotá poco después? ¿Acaso no estaba enterado de la desmovilización del Ejército Popular de Liberación, de cómo habían matado a los hermanos Calvo, los comandantes de esa guerrilla, justo cuando transcurría el proceso de negociaciones? Machetico dice que conoce bien: él viene de lejos, del Urabá, donde el EPL había sido fuerte…

El viejo explica que comprende, también sabe algo de la historia.

—Este gobierno como es de traidor —dice el viejo—. Yo fui de la Unión Patriótica.

—¡Pues yo también! —responde Machetico entusiasmado.

Entonces se pone a relatar, al abrigo de esa cabaña perdida, que aquella vez, tantos años atrás cuando aun no era guerrillero, le cortaron la cabeza con un machete en el Nudo del Paramillo. Quizá los detalles y circunstancias, las palabras y los gestos, fueron los mismos con que me contó la historia esa tarde que lo conocí en las montañas de La Elvira, junto al camino de tierra encendida que de Buenos Aires conduce al cañón del río Naya y las selvas del Pacífico.

Décadas de negociaciones que parecen conducir al fracaso, no le restaron ánimos a los integrantes de las FARC para respaldar un acuerdo que ya en su primer año de vida muestra resultados irregulares, con muchos de ellos poniendo al gobierno en tela de juicio.

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El informe Unión Patriótica: expedientes contra el olvido elaboró un registro detallado de los 1.598 asesinatos y desapariciones de miembros de dicho partido político entre 1984 y 1997. Caso por caso, se consigna la fecha, los posibles perpetradores (mafiosos, paramilitares o miembros de las Fuerzas Armadas), el lugar del evento y algunas otras circunstancias. Sentencias de las Cortes Internacionales han condenado al Estado por su implicación en estos hechos, e incluso magistrados de tribunales colombianos han tipificado el conjunto de crímenes que componen el exterminio de la Unión Patriótica como un “delito de genocidio”. En la página 147 del mencionado informe puede leerse lo siguiente:

La estrategia de la conformación y crecimiento de grupos paramilitares actuaron bajo el amparo oficial. Las masacres como espectáculos de terror tuvieron como resultado el aislamiento social de los sobrevivientes, o el desplazamiento de quienes se negaban a abandonar las regiones. En determinados sitios fue la Fuerza Pública la que actuó directamente, en otros lo hicieron los grupos paramilitares o el Ejército usando prendas distintivas de los paramilitares. Los homicidios llevados a cabo en los municipios perseguían, no sólo erradicar la competencia electoral que representaba la militancia de izquierda, sino además saldar los conflictos sociales relacionados con los problemas laborales, de tenencia y acumulación de tierras, o de cobertura y costo de servicios públicos en el ámbito local.

En promedio, durante 2017, cada seis días han matado a algún excombatiente de las FARC desde que los guerrilleros se concentraron a comienzos de año en las Zonas Veredales acordadas para su reincorporación a la vida civil. La cifra de dirigentes sociales, comunitarios y defensores de derechos humanos que han sido asesinados en los territorios es aún más preocupante: van 186 en el último año. Nadie da razón por estos crímenes, no hay capturados, no se abren investigaciones, ni se juzga a los responsables. El gobierno asegura que no existe ningún plan de exterminio, ni tampoco sistematicidad en dichos crímenes, pues los considera ligados a problemas personales. En cambio los voceros de los movimientos sociales y los antiguos guerrilleros creen que el país está reeditando la historia de la Unión Patriótica. Mientras eso ocurre, la posibilidad de que los acuerdos de paz fracasen se hace cada día más real.

En promedio, durante 2017, cada seis días han matado a algún excombatiente de las FARC desde que los guerrilleros se concentraron a comienzos de año en las Zonas Veredales acordadas para su reincorporación a la vida civil.

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—A mí me machetearon tres días después de la muerte de Pardo Leal, el 14 de octubre de 1987. Por eso me dicen Machetico.

Machetico tuvo que huir de Frontino con su madre durante la primera violencia cuando mataron a su papá. De padre conservador y madre liberal, los tíos maternos lo despreciaban a él y sus hermanos, decían que eran unos “pichones de godo” y por eso les quitaron las tierras. Machetico creció siendo un jornalero pobre de Cañasgordas, uno de los pueblos por donde se abrió la vía al mar que conectó a Medellín con el puerto de Turbo y la región del Urabá.

En la década del ochenta Machetico es un muchacho y el Urabá un hervidero. Las mejores tierras están en poder de millonarios de Medellín que han implantado gigantescas plantaciones de banano para la exportación. Miles de jornaleros se han organizado en varios sindicatos controlados por las guerrillas, que se han hecho fuertes en las montañas y selvas de la región. Machetico se afilia a Sintrainagro y Sintrabanano, dos poderosos sindicatos manejados por las FARC y el EPL, y también se afilia a la Unión Patriótica, el movimiento político con el que las FARC pretenden hacer su tránsito a la legalidad merced a los acuerdos que firmaron con el Presidente Belisario Betancur. Las movilizaciones en Carepa, Chigorodó, Turbo, Apartado o Mutatá son multitudinarias, pero también abundan los homicidios. El 13 de julio de 1985 los trabajadores Armando Pabón, Cristóbal Arias y Argemiro Giraldo son asesinados por el ejército en una finca bananera. Todos estaban afiliados a Sintrainagro y pertenecían a la Unión Patriótica. Apenas tres meses después ocurre una masacre en otra finca de Acandí: seis campesinos son asesinados por los paramilitares. Aun no ha pasado un año cuando en 1986 Alonso Macías Borja, dirigente de la Juventud Comunista en el Urabá, es baleado por unos sicarios. En 1987 matan al sindicalista Ovidio Cano en Apartadó, a Marciano Berrío en Carepa, a Pedro Julio Herrera, Gabriel de Jesús Loaiza, Gustavo Ríos y Hugo Alberto Arcila en Turbo. La lista, que en el resto del país incluye a los candidatos a la Presidencia Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo, también suma varios congresistas, centenares de concejales, diputados, alcaldes y dirigentes sindicales. Páginas y más páginas podrían llenarse con miles de nombres.

“¿Qué vamos a hacer?”, le decía su mejor amigo, Hernán Gutiérrez Villada, un líder de Sintrabanano que también estaba afiliado a la Unión Patriótica. “¿Nos vamos a dejar matar o qué?”. Hernán Gutiérrez no esperó mucho, se cambió el nombre y pidió ingreso al quinto frente de las FARC a mediados de 1987, después de que los paramilitares hicieran una matanza en la finca donde que trabajaba. En las filas guerrilleras se lo conoció con el seudónimo de Gadafi, que había tomado por su admiración al coronel africano. Llegó a ser un comandante famoso en la guerrilla; sin embargo, Machetico nunca volvió a verlo.

En un caserío llamado Versalles, cerca del río Uré, una patrulla del Batallón Junín lo agarra por el camino: cuatro soldados, un sargento y tres más que no sabe qué son, si militares o paramilitares. Le enfundan una bolsa plástica en la cara, meten su cabeza a una quebrada hasta casi ahogarlo, lo golpean, le ponen las botas en la nuca y toda la noche lo mantienen amarrado a un palo con otros detenidos.

Machetico intuye que debe salir del Urabá, donde cazan a los miembros de la Unión Patriótica como moscas. Un día sale comisionado por el Sindicato a hacer una tarea en el departamento de Córdoba. En un caserío llamado Versalles, cerca del río Uré, una patrulla del Batallón Junín lo agarra por el camino: cuatro soldados, un sargento y tres más que no sabe qué son, si militares o paramilitares. Le enfundan una bolsa plástica en la cara, meten su cabeza a una quebrada hasta casi ahogarlo, lo golpean, le ponen las botas en la nuca y toda la noche lo mantienen amarrado a un palo con otros detenidos. Así amanece.

A las seis de la mañana el sargento da orden de ejecutar a los detenidos pero sin balas, para no llamar la atención. Machetico ve que los soldados empuñan unos relucientes machetes.

—Rajen a ese hijueputa —dice el comandante del grupo.

—No, mi sargento, ya le mochamos la arteria, se está muriendo.

—Entonces entiérrenlo rápido.

El resto de su vida Machetico va a recordar patentes los golpes secos del hierro reluciente sobre su cuello y la sensación de vacío cuando cae al hueco de un árbol arrancado, donde queda como muerto mientras los soldados, afanados, lo cubren con tierra y sin mucho esmero. “Entonces yo comencé a esperar la muerte ahí”, me dijo “y al ver que no llegaba, me salí de para atrás, haciendo fuerza con las piernas”. La tierra había tapado las dos rajaduras del cuello conteniendo la hemorragia.

Arrastrándose llega hasta la casa de un campesino y allí pide que por favor lo saquen en una hamaca, o que al menos le lleven a un sitio donde termine de morir tranquilo. Lo montan en una mula que lo lleva hasta la carretera, desde donde lo conducen a Montelíbano, luego a Planeta Rica, y por último a Caucasia. En ningún lugar los médicos quieren hacerse cargo, dicen que no tienen con qué atenderlo.

—Nueve días estuve en el hospital de Caucasia. Ahí estoy debiendo la cuenta todavía.

Después Machetico se ve a sí mismo a bordo de un bus que lo saca a Medellín. Días más tarde solicita el ingreso a la guerrilla. Del Urabá lo envían a reforzar los frentes del Cauca y el Tolima, en el extremo opuesto del país, en los que pasa treinta años combatiendo junto a indígenas paeces y campesinos del sur, tan distintos de él, con ese acento y esas maneras reservadas.

Cuando ocurre el cerco contra el máximo comandante de las FARC, Alfonso Cano, a quien dice haber conocido, la unidad de Machetico estaba apostada en la cumbre de la cordillera cerca del embalse de La Salvajina, con tres ametralladoras punto cincuenta emplazadas para defender los filos: avión que se metía, avión que devolvían a plomo, incluso tumbaron un pedazo de lata del avión fantasma. Su labor era llenar unas ollas inmensas matando dos vacas cada mañana para cocinar huesos y fritar carne que otros guerrilleros repartían en motocicletas a la gente que peleaba abajo. “Ahí estuvimos veinte días y el ejército nunca nos llegó”. Otra vez, me contó, toda su escuadra tuvo que meterse a una alcantarilla cerca de la vía Panamericana, afuera del corregimiento de Timba, porque el ejército los había detectado. “Donde nos pillen nos matan a todos”.

—Nuestros jefes nos sacaron de la guerra —explicó cuando le pregunté por el proceso de paz—. Creo que el cambio nos favorece, es algo que se estaba buscando hace muchos años. Pensar si el gobierno cumple o no cumple, eso es una tontería. Ellos nunca van a cumplir. La violencia, dijo, es la tragedia de este país.