¿Qué otra cosa es la literatura sino la realidad y los sueños convertidos en imágenes que llegan reconvertidas a un lector que construye con ellas nuevas realidades y sueños? Ser mujer, negra y pobre, está dicho, es el mayor estigma para una chica colombiana, pero el ímpetu de Kenia trata de evadirlo.

 

Por: Antonio Molina

Hace algunos años, en otra más de esas fallidas campañas para prevenir el consumo de sustancias psicotrópicas, una voz exclamaba con alegría “¡marimba a la lata!”, para luego sonar este instrumento típico de nuestra costa Pacífica. Y esos énfasis tienen ecos a cada tanto en las páginas en la novela Nadie grita tu nombre, del caleño Harold Muñoz, una narración donde la marimba está siempre presente.

Las 23 láminas de palma chonta, sumadas a 23 secciones tubulares de guadua, son, en esencia, lo necesario para construir este instrumento considerado como patrimonio inmaterial de la humanidad, junto con las costumbres que rodean su uso en el sur de la costa pacífica colombiana. Esa misma palma que emplean los habitantes costeros para construir los pilotes de sus palafitos con el fin de proteger sus precarios rancheríos de las inundaciones y la acción destructiva de la sal marina que no permea la dura madera nativa.

Kenia, una adolescente alta como esas mismas palmas, es el objeto del deseo para muchos de quienes la rodean, incluso de su amiga Nicole, otra joven que tiene un salvavidas en su madre, migrante del sueño americano y que la mantiene en vilo con la promesa de un reencuentro en esas tierras donde los billetes verdes parecieran florecer en cada escampado.

Ambas chicas distraen sus días en la aburrida San Antonio, la aldea que habitan, paseando entre charcos inhóspitos en los cuales la presencia masculina brilla por su ausencia, algo raro en esos pueblos donde un adolescente no encuentra nada más para hacer, salvo hundir el deseo juvenil entre las frescas aguas que proveen riachuelos y charcos.

En Nadie grita tu nombre la pobreza y la belleza se conjugan en una rara amalgama de nunca acabar en los villorrios que cercan a las grandes ciudades, lugares en donde el olvido es el supremo hacedor de unas vidas destinadas al fracaso.

Pero todo cambia cuando ese oro centenario que explotan de manera artesanal algunos lugareños se convierte en la meta codiciosa de unos anónimos personajes que invaden la zona con sus pesada máquinas, amplios proyectos y la riada de prostitutas y alcohol que pronto desmantelan las costumbres locales para remplazarlas por otras, ante la mira recriminatoria del pastor y la abuela de Kenia, faroles morales que la vorágine dorada pronto se encargará de arrollar en su torbellino.

Todo parece perdido para Kenia cuando Nicole por fin viaja con el fin de cumplir con su porción de sueño americano. El duelo por la pérdida trata de subsanarlo con extensos correos que, en la medida que no obtienen respuesta, pronto languidecen en la pantalla del café internet que sirve como asilo para mitigar la nostalgia por la ausencia.

Solo un descubrimiento la salva del naufragio inmediato. Es la marimba de Rafa, un viajero incontinente que llega para construir los cuarteles de invierno en su pueblo natal. El instrumento pronto se convierte en la obsesión de Kenia y también despierta el fuego olvidado que habita en el pecho del hombre que, por momentos rescatado del marasmo, le da unas primeras clases a la torpe instrumentista.

La marimba como promesa y como remembranza se convierte en el salvavidas de dos destinos que se saben pasajeros de un navío destinado al ineludible naufragio, en medio de la zozobra alimentada por la mezcla de tradicionalismo y ambición cuando se enfrentan alrededor de una mina que es, a su vez, esperanza y tumba para muchos de los protagonistas.

En la lucidez de los personajes también habitan nuestros sueños, nuestras realidades. Ellos no son más que fieles replicantes de una nación construida sobre el desequilibrio social y la inoperancia de un estado que solo hace presencia para reprimir a quienes nada tienen.

Pero más allá del pesimismo está el rebusque, esa forma tan nuestra de la resistencia emerge para salvarnos, así sea con el cebo de una promesa que se esfuma en cuanto damos un paso hacia ella.

Allá, lejos, habita la realidad, ajena, pero realidad al fin de cuentas. Acá, cerca, solo tropezamos con sueños que parecieran hundirse a cada instante en el fango de la desesperanza.

*El autor presentará su novela en la Librería Roma de Pereira el miércoles 13 de junio a las 6 p.m. Invita LA COLA DE RATA.