El primer amigo al que le conté la anécdota me dijo: “Ñatico, usted lo que es, es un mentiroso y, además, cuenta el cuento como si fuera maricón”… nunca más la volví a contar, hasta ahora.

 

Por: Jaime Hernán González

Por allá entre el 80 y 85, creo, me subí en Cali en un vuelo que venía de Lima a Bogotá y me tocó sentarme al lado de un Camilo Sesto cansado y recién despierto de un sueño intranquilo, porque estaba volando hacía varias horas desde Lima, o más lejos.

Su representante, un español mal afeitado y arrogante, amablemente me dijo que si podía cambiar de puesto conmigo porque necesitaba dormir lejos del pasillo… Así me tocó de compañero de viaje entre Cali y Bogotá un Camilo Sesto cuarentón y en decadencia, pero amable y buen conversador, dueño de un sorprendentemente fino sentido del humor y sin la altanería que le solemos adjudicar a priori a las estrellas.

No sé si por el cansancio o la ausencia de la impertinente nube de fans, me pareció que me trataba sin engreimiento y aceptó con sencillez la atención algo imprudente con la que lo miraba y escuchaba, y fue que me impresionaron sus rasgos casi femeninos, su piel traslúcida y muy maquillada, una dentadura y una sonrisa como de un millón de dólares y unos ojos enormes, azules-casi-verdes con unas cejas como de muñeca; demasiado bien peinado y vestido con pantalón y chaqueta aterciopelados y de corte impecable y costoso, la infaltable bufanda de seda cremosa a juego con la camisa sin cuello hecha a la medida, sin arrugas, como si no hubiera dormido muchas horas con la ropa puesta.

Nunca había visto unas manos tan expresivas, hermosas y tan surcadas de venas azules. Era un tipo afeminado, raro y frágil, pero que  despedía una energía especial, de mirada intensa, directa, cordial, franca y muy distinta a la de los artistas de la época que eran pagados de sí mismos, ausentes detrás de muros de guardaespaldas y mamados del fastidio por tener que firmar autógrafos a adolescentes gritonas y con mal aliento.

Mostró un sentido del humor fino y corrosivo, se burló de sí mismo y de las pendejadas de los periodistas “gilipollas” que le preguntaban si era el sexto miembro de una familia numerosa (Sesto es un apellido común en España y lo usaba como nombre artístico); narró con mirada traviesa anécdotas como la de la entrevistadora madrileña que le sugirió cambiar el nombre a Camilo VI.

Me sorprendió su interés por mi nombre, mi trabajo, me hizo hablar de mí, con una atención concentrada más de lo que se esperaría de un tipo vanidoso, que era tacaño con las sonrisas, pero que cuando las daba, eran muy bellas, un par de veces soltó una carcajada con los ojos húmedos, como cuando, respondiendo a su pregunta de si la gente de mi generación todavía lo considerábamos un romántico meloso para adolescentes, le respondí: “Estoy seguro de que la mayoría de nosotros ya no consideramos sus canciones como provocadoras de suspiros: más bien como quita-calzones”.

A pesar de que soy un tipo reservado y más bien acartonado ante la gente famosa y poderosa, me hizo sentir en confianza, confesó que la satisfacción por su “oficio” no provenía del dinero ni la fama ruidosa, sino de la sensación de estar haciendo algo significativo y que los momentos valiosos no eran los de triunfo mareador, sino los serenos y relajados “como el rato que estábamos gastándonos mutuamente”.

Nunca creí que un tipo de aspecto tan decorativo y superficial pudiera salirse del capullo y filosofar en profundo con un desconocido. Cuando aterrizamos, no se me ocurrió pedirle autógrafos o que me dejara robarle la bufanda o el pañuelo, ni esperé tomarme una foto amacizado con él, como si fuéramos amigos de toda la vida (claro que entonces no había selfies…).

Cuando nos despedimos (sin besos en las mejillas como acostumbran los españoles), y mientras me daba un apretón de manos un poco más largo de lo normal, me dijo el elogio más grande que he recibido: “Jaime o Javier, espero que, para usted ésta haya sido una experiencia tan agradable como lo fue para mí”, luego dio media vuelta y viéndolo irse me di cuenta de qué tan alto y flaco era.

Disfruté con morbo insano las miradas envidiosas de los pasajeros que se percataron de la identidad del personaje y puse cara de “esto me pasa todos los días”. Nunca más he estado tan cerca de alguien tan notable y famoso.

El primer amigo al que le conté la anécdota me dijo: “Ñatico, usted lo que es, es un mentiroso y, además, cuenta el cuento como si fuera maricón”… nunca más la volví a contar, hasta ahora. Se trató del encuentro con un personaje que me dio el privilegio de asomarme a su faceta humana, y se asomó a la mía con respeto.

Gracias mil, y paz en su tumba, Camilo Blanes Cortés.