Fotografía / Rodrigo Grajales

MEMORIAS DE UN PEREGRINO

Todas estas son historias donde la sangre adquiere las dimensiones del río Atrato. Un libro que merece ser oído antes que leído; un mosaico de gritos, bocas con formas de cero que se besan entre sí formando lo secreto.

Lo secreto. Hugo Oquendo Torres. Klepsidra Editores. 2018.

 

Por: Diego Hernández Arias

Hugo Oquendo Torres. Nació en Chigorodó en 1982. Es teólogo y docente universitario y actualmente cursa sus estudios de Maestría en Literatura en la Universidad Tecnológica de Pereira, un espacio donde he tenido la oportunidad de escucharlo con sus aportes y reconocer en sus inquietudes académicas, su visión pluralista. Hugo ha trabajado con víctimas del conflicto en situación de desplazamiento y vulnerabilidad, en zonas como Tierralta, Córdoba y Riosucio, Chocó, como parte de una corporación social que brinda apoyo y acompañamiento a las comunidades campesinas.

Es autor de los libros Catarsis de la memoria y otros silencios (2011) y Poesia do corpo nu (2014). Su obra en general es toda una experiencia con las comunidades violentadas compuestas por campesinos, afrodescendientes, indígenas, mestizos, blancos, hombres, mujeres y niños.

En su libro Lo secreto, Hugo Oquendo realiza un periplo a lugares recónditos donde los latidos de la tierra colombiana son más fuertes por la amenaza de los fusiles. El viaje de nuestro peregrino no tiene un rumbo determinado; su bastón apenas se hunde en los caminos cenagosos del Urabá, donde extraviarse es una decisión.

El escritor no teme perder el rumbo, está seguro que al mirar las piedras enlodadas está hablando con los muertos. Sentado, al borde del camino, con algo de desaliento y con un profundo cansancio, interrumpe su silencio y avanza, besa la tierra sagrada que hoy tiene heridas pulmonares; transita con sigilo, no quiere que los árboles sientan miedo con su presencia, ya los clanes de la mafia han desteñido sus hojas con fusiles.

Antes de pensar en Hugo como un escritor-peregrino, uno observa un lector y, ante todo, un lector crítico que en su propuesta creativa le genera a uno un cimbronazo, pues la realidad que tenemos hoy de los campesinos es una imagen mediática, pero él decide viajar al subsuelo de la montaña para ser el oidor de las decenas de personas que viven refugiadas, allá donde a diario conviven un montón de ojos en los que late la furia de la guerra.

La memoria fotográfica de estas comunidades bien podría ser el corpus para una pieza del cine negro o para una pieza gótica del siglo XXI, pues para sentir el horror ya no hay que ir a la cripta ni descender a las mazmorras, ahora éste se expresa en lo cotidiano.

En su excursión, el peregrino recorre la vereda El silencio y la calle de La inocencia. Acampa en una zona en apariencia segura, su madrugada es interrumpida por sonidos de pisadas; tiene hambre, pero teme encender el fuego; se conforma con haberse comido horas antes el color del atardecer reflejado en el río Atrato, esa serpiente de color lodo que a diario lucha con la ambición humana.

Al salir el sol, el caminante desayuna unos kilómetros, observa la llanura y avista, como el halcón, una finca donde Rufina De la Torre, uno de sus personajes, esperó agonizante la llegada del cura Juan de Dios. La casona blanca “tenía pintados los zócalos y las barandillas con color rojo. […] La rodeaban árboles de eucalipto y palma real. […] La casa estaba cercada con veraneras violetas, cuyas chamizas floridas se alzaban arañando el cielo”.

Esas imágenes le permitieron al paseante evocar sus días de infancia y recobrar al mismo tiempo el aliento que había perdido, tal como le sucedió al cura cuando entregó su cajetilla de cigarros al mensajero de la muerte en el cuento Un cigarrillo para el cura.

En este segundo día de peregrinaje, en la búsqueda de lo secreto, Hugo comienza a alucinar en pleno mediodía: por momentos ve frente a él botellas de alcohol llenas de aserrín escarlata, el mismo que utiliza el Botija “para ahorrar trabajo limpiando la sangre derramada, de las peleas que se forman cada fin de semana” en su cantina; así lo relata el autor en su cuento Domingo en La Pesebrera.

Tres días después, en la frontera entre Chocó y Antioquia, desde una choza a punto de inundarse, el caminante piensa en los 38.500 kilómetros cuadrados que conforman la superficie de la cuenca del río Atrato y es ahí cuando escribe en su diario:

Solo soy un hombre. Un mortal. Uno de los simples que se ha aventurado a las letras nocturnas, que tiene por Ítaca los recuerdos y ante la ventana de su habitación el majestuoso río Atrato.

Así transcurren las meditaciones de Juan De Dios Monroy en su Lapsus en el río Atrato, tercer cuento de nuestro autor.

Han pasado diez días y el peregrino se encuentra en un estado de meditación contemplativa. No ha comido lo suficiente, pero sí lo necesario. Los pueblerinos nunca lo han desamparado, lo alimentan incluso de historias frente a las cuales no puede disimular su cara de espanto y desconcierto; crónicas y anécdotas que su memoria escrita nombró como: La piel del tigre, Déjà vu, Novenario, Todos mis muertos, Lo secreto, Una sonrisa de maíz, El garra, El silencio del Alef y El jaguar.

Todas estas son historias donde la sangre adquiere las dimensiones del río Atrato. Un libro que merece ser oído antes que leído; un mosaico de gritos, bocas con formas de cero que se besan entre sí formando lo secreto.

Plantas exóticas, arena caliente, cantos ancestrales; ritos, mitos; sueños, silencios y carcajadas; yuca ahumada, café, ron, carne y queso; pescadores misteriosos, ancianos y, otros rostros cubiertos por el inclemente abandono del tiempo, son algunos de los protagonistas de estas historias que hoy nos reúnen en este espacio donde también yacen un montón de muertos que están encapsulados en diferentes títulos y volúmenes.

La lectura de un libro es una de las experiencias más sobrenaturales que un ser humano pueda tener. Los caracteres del poeta no son una ficción desmedida sino la representación de diversas culturas que han sido silenciadas.

La ciudad de Medellín es la otra selva que le ofrece al escritor la posibilidad de endiosar a los desplazados, campesinos desaparecidos, habitantes de la calle y prostitutas, a través de la palabra como su máxima representación, su voz.

El conjunto de cuentos de Hugo Oquendo Torres aviva la llama de la esperanza indígena; es una voz de aliento para las viudas del Urabá. En este sentido, me atrevo a pensar que Antioquia, Córdoba, Chocó y el Darién, le han dado al autor algo más que contar.

El peregrino se extasía con las epifanías que le susurran sus pies descalzos en la selva al final de la jornada y es esta Vorágine la que da vida a su visión conjunta de la realidad colombiana: Lo secreto.