Aquí se narra una faceta de don César Benjumea, o mejor dicho de su tienda, a la cual puso voz propia para contar un poco de sí. Ella expresa su gusto por el arte y la lectura, y su manía de ir juntando obras y fotografías, como el cuadro del “Che” Guevara y el retrato de Lenin, que en medio de las papeletas de jabón y la nevera de los jugos, hacen de este lugar un rincón de pequeñas riquezas.

Por Aida Marina Jiménez Rivera

Don César Benjumea es un tipo fuera de lo común: sencillo. Se ve un poco tímido y retraído con sus gafas para el astigmatismo, su vestir simple de colores discretos, camisas y pantalones anchos. Es descomplicado y disciplinado a la vez. Parece despistado pero posee todo un mundo por descubrir al interior de su tienda. Una tienda que habla de él, con vida y voz propia, y una personalidad desordenada, compleja y llena de riquezas.

Sus años de infancia y adolescencia los pasó con su familia en la casita junto al barranco, en Ciudad Jardín, Pereira. Su padre, el único obrero de toda una familia campesina, les enseñó desde pequeños a él y a sus hermanos el oficio de la zapatería. Desde pequeño don César aprendió su labor pero no podía resistirse a su pasión por la lectura, a pesar de que su padre se disgustaba enormemente cuando lo sorprendía leyendo. Dice don César que tal vez su padre lo miraba como una manera de holgazanear, pues perdía tiempo inútilmente, tiempo que podía emplear junto a los zapatos.

Por estas razones, el zapatero con vocación de lector, se sentaba desde chico en la zanja que había entre el barranco y su casa, donde pasaba horas sin que nadie lo molestara, devorándose libros que sus hermanos mayores le prestaban. De esas sentadas recuerda “Educación y lucha de clases” y “La gramática de los sentimientos”, ambos de Aníbal Ponce.

Así empezó a forjar su pensamiento, de las lecturas que iba escogiendo; tanto así que los primeros libros de su biblioteca, aquellos que aún  conserva como un tesoro, son algunas obras de Karl Marx y Friedrich Hegel, libros que en su adolescencia le compró a uno de sus hermanos, de ideología comunista. Desde entonces, don César ha ido sumando a su biblioteca selectos libros y folletos que aportan a su formación como académico empírico. La historia y la filosofía son sus áreas preferidas.  

Entre la literatura, guarda gran aprecio a su amigo Charles Dickens, especialmente por “Tiempos difíciles”, que narra el drama de la clase obrera, pues cuenta que fueron muchas las veces que lloró leyendo esta obra en la que veía reflejada la historia de su padre y de él mismo.  

La llegada de don César al barrio El Bosque, Pereira, fue hace un poco más de 20 años. Estuvo marcada por una reacción apática de la comunidad frente a un hombre que para todos se comportaba extraño, diferente. Él cuenta, que el primer 7 de diciembre que vivió en este barrio, formó muchas impresiones alrededor de las personas, pues aparte de los que no profesaban la fe católica, fue el único que en esa noche no encendió velas a la Virgen María.  Razón por la cual, los protestantes del lugar no dudaron en visitarlo al siguiente día, con preguntas y carreta insinuadora. Pero don César no era de ese bando, ni del otro. Como su pensamiento iba más allá de estas doctrinas, lo empezaron a ver como alguien misterioso y un poco peligroso para la comunidad. Entre carcajadas dice: “yo era como un diablo para ellos, porque no compartía sus creencias”.

La tensión aumentó cuando en una reunión comunitaria don César invitó a un conferencista de  ideología izquierdista para que les enseñara sus deberes y derechos como consumidores de servicios públicos y no se siguieran cometiendo arbitrariedades por parte de los funcionarios de estas empresas. Sus vecinos, contrario a agradecer su buena intención y preocupación, lo tildaron de revoltoso y comunista.

Los comentarios dañinos, las malas caras y el rechazo de las personas del barrio le hicieron pasar un mal momento, sumado a esto, su esposa no se encontraba junto a él, pues había viajado con sus hijos a España. Al encontrarse solo y atacado, decidió quedarse quieto y no involucrarse más en los problemas de la comunidad.

Los días fueron transcurriendo y a pesar de las contrariedades, don César montó su tienda con la intención de prestar un servicio. De esta manera, el hombre de mala influencia y revoltoso, fue convirtiéndose para los demás en don César, la persona amable y solícita en ayudar a quien se lo pida, el académico empírico, que conoce de historia y arte, de política y sociología, pero que también prepara el pan que vende en su tienda y es zapatero, mecánico y soldador.

Su tienda, su amiga fiel,  no tiene más propaganda que la marca en los empaques de los productos, esto le ha traído problemas con los mismos distribuidores, algunos le han dejado de vender por meses, a causa de su negación a la exposición de propaganda en su negocio. Pero es que la tienda del ‘comunista’, como muchos la llaman, es más que eso; es una tienda que esconde valiosos tesoros, como una biblioteca de más de dos mil libros, que don César ha ido recolectando a lo largo de su vida. Esta biblioteca dice aún más de él pues en el 2004 estuvo abierta para toda la comunidad y funcionó en la propia cocina de don César, que tenía un comedor de seis puestos; allí iban todos los niños y muchachos a hacer sus consultas del colegio.

A causa del gorgojo, ha tenido que proteger muy bien sus libros, guardándolos en cajas que repelen esta gran amenaza. Sin embargo, puede encontrarlos fácilmente como si los tuviese organizados en un estante.

Además de los libros, decenas de imágenes cuelgan de las paredes, entre éstas, afiches, pinturas, dibujos, comics, fotografías y demás, sin mencionar objetos de colección, relojes, llaveros, baúles, lupas y sus zapatos de arcilla que son muestra de sus primeros pasos en la escultura, además que le recuerdan su antigua profesión.  

Ir a la tienda por pan y leche, es también ir a la vista de una buena película en el televisor que se encuentra encima de la repisa de los alimentos, o esperar los vueltos al ritmo de una obra de Chopin, mientras se contemplan los cuadros o los relojes de péndulo, que en tanta revoltura hablan de algo poco común. La tienda es de don César, porque cada rincón encierra sus innumerables anécdotas y su forma de vivir la vida.

La vida del tendero, que ha sido zapatero, a veces panadero y mecánico, pero siempre un apasionado por los libros -sus mejores maestros- ha estado marcada por las mismas etiquetas que desde niño recibió. En el barrio donde creció siempre los tildaron de raro, ateo y comunista y, como si fuera poco, “los de la casa más fea”, pues ésta era de peculiar estructura, con una entrada de un metro de ancho “parecía un vagón de tren que se iba ampliando a medida que se acercaba”. Cuenta entre risas que cada vez que temblaba la tierra, la gente corría y se asomaba a su casa, para ver qué daño había sufrido.

Han sido innumerables las dificultades que ha tenido que atender a lo largo de su vida, del mismo modo que atiende su tienda, con paciencia, una sonrisa y buena disposición, pero sin descuidar aquello que su ser le reclama: leer sus libros de historia y filosofía, como lo hizo por primera vez desde que era tan solo un pequeño.