Yo, al menos, no sigo ninguna corriente en particular. Es como la pregunta por cuál es mi ideología política. Yo respondo que soy marxista, es decir, un seguidor de los Hermanos Marx.

 

Por / Jaime Flórez Meza

 

¡Y cómo lastiman los celos!
Te seguí, Elena, desesperado e inerme,
junto al mar de iridiscente espuma,
indefenso hasta el paroxismo.
Tal vez no quisieras verme, tal vez fuera la bruma…
o tal vez fuera tu astigmatismo.

¡Y cómo lastiman los celos! ¡Aaayyy!
Caminabas descalza por la arena y yo caminaba detrás,
arrastrando mudo mi condena,
adorándote en silencio desde lejos.
Y te grité cuando no pude más:
¡Cuidado con los cangrejos!

¡Y cómo lastiman los cangr… eh… los celos!
No me contestaste, Elena.
Pero te seguí por la playa con mi pena,
alucinado por la magia de tus ojos azabache.
Y vacilé al escribir tu nombre en la arena,
pues nunca supe bien si Elena es con hache.

(“Y cómo lastiman los celos”, recitado por Marcos Mundstock. Les Luthiers, Luthierías, 1981)

Mundstock de frente; de espaldas, Rabinovich. Fotografía / Les Luthiers

El 22 de abril de este año de la pandemia global los seguidores del grupo argentino  Les Luthiers fuimos sacudidos con la noticia del deceso de uno de ellos: Marcos Mundstock, a los 77 años, la voz más reconocible del grupo durante medio siglo. El humor mundial –o cómo decirlo, para ser más justo: ¿arte del humor?– perdió a uno de los suyos. Pero también el arte escénico en general. Su pérdida se une a la de otro integrante y pilar fundamental del grupo: Daniel Rabinovich, acaecida en agosto de 2015.

Mundstock fue un humorista extraordinario, un ingenioso comediante y dramaturgo. A él se deben los libretos de los primeros espectáculos de Les Luthiers, así como las historias y las letras de muchas de las canciones del “célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero”,[1] el inefable alter ego del grupo que Mundstock concibió a comienzos de los sesenta y que pasaría a ser el autor ficticio de la mayoría de sus obras.

Dueño de una voz privilegiada, fue durante más de cincuenta años la voz de Les Luthiers, el presentador de cada pieza en los espectáculos, actor en buena parte de los sketches y un instrumentista eventual (era el único no músico en el grupo). Su vida fue una celebración del placer en uno de sus sentidos más elevados: el del humor.

Grandeza la de aquellos que dedican su vida a hacer reír a la humanidad. Les Luthiers han sido unos maestros en el uso humorístico y creativo del idioma, combinando, además, instrumentos musicales tradicionales con excéntricos artilugios sonoros especialmente inventados para sus montajes (los instrumentos informales).

Escuché por primera vez a Les Luthiers en 1985, por intermedio de un amigo que tuvo a bien prestarme cuatro discos de acetato: Les Luthiers Volumen III, Lo peor/ mejor de Les Luthiers, Mastropiero que nunca y Les Luthiers hacen muchas gracias de nada.

El primero fue el último trabajo fonográfico en el que participó Gerardo Masana, fundador del grupo, fallecido en 1973. El segundo era un recopilatorio no oficial de algunas de sus más importantes piezas hasta mediados de los setenta (lo que ellos bromeaban como “lo peor de su repertorio”).

El tercero era un registro en vivo (casi completo) del recital del mismo título estrenado en 1977, conformado por piezas de J. S. Mastropiero. Y el cuarto, un registro en vivo de cinco de las ocho obras del recital estrenado en 1979. Mi cultura luthierana se había iniciado.

Al año siguiente se me concedió la gracia de ver al grupo en vivo, en una memorable función en el Teatro Colón de Bogotá, en la que presentaban su más reciente espectáculo: Humor dulce hogar, el último en el que actuó Ernesto Acher (después de la gira de aquel año abandonó definitivamente al grupo). Así, en desorden, fui conociendo la obra del grupo.

 

Les Luthiers son parte de una galería de grandes cómicos del siglo XX como Chaplin, los Hermanos Marx, Los Tres Chiflados, Jerry Lewis, los Monty Python o Mel Brooks, algunos de ellos de origen judío, por cierto, como es el caso de cuatro miembros históricos de Leslu (diminutivo de Les Luthiers).

Todos los judíos que he conocido en persona gozan, por cierto, de un buen sentido del humor. Algo debe tener, pues, el pueblo judío en relación con el humor, y es éste uno de los asuntos que he pretendido abordar en una entrevista imaginaria que decidí acometer con Marcos Mundstock, como tributo a su memoria, apelando a mi memoria (visual, sonora y lingüística), a material de archivo personal y al que ahora anda disperso por el ciberespacio.

Les Luthiers en su época como septeto, en 1973. De izq. a der. Gerardo Masana, fundador del grupo, Jorge Maronna, Carlos Núñez Cortés, Marcos Mundstock, Ernesto Acher, Daniel Rabinovich y Carlos López Puccio. Fotografía / La Nueva.com

Música y humor no convencionales

1967 fue un año bastante particular, como quiera que se trataba de los prodigiosos años sesenta. Ese año excepcional fue el de Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band, la obra maestra de los Beatles, de la aparición de Cien años de soledad, del verano del amor de los hippies en California, de la película El Graduado, del primer trasplante de corazón en el mundo, del Festival Pop de Monterrey, de Belle de Jour, una de los filmes imprescindibles de Luis Buñuel…

Un año en que la imaginación estaba disparada en muchas partes (“la imaginación al poder” fue uno de los lemas del Mayo Francés del año siguiente). Ese año, pues, nació oficialmente Les Luthiers en Buenos Aires, pocos meses después de que Editorial Sudamericana de Buenos Aires publicara la primera edición de Cien años de soledad.

Gerardo Masana –arquitecto, músico y fabricante de instrumentos musicales a partir de distintos objetos– lideraba el nuevo proyecto cómico musical que sería conocido como “conjunto de instrumentos informales Les Luthiers”, por instrumentos tales como el bass-pipe a vara (especie de trombón a base de largos tubos de cartón montados sobre un carrito con ruedas), el yerbomatófono d’amore (instrumento de viento hecho de calabaza de mate, tazón en el que se toma la famosa infusión de yerba mate), el cello legüero (híbrido entre cello y bombo legüero), el latín (violín de lata), el OMNI (Objeto Musical No Identificado), la violata (híbrido entre viola y lata de pintura), el gom-horn (parodia de la trompeta, en versión natural, a pistones y de testa, que generalmente tocaba Mundstock), el tubófono silicónico cromático (instrumento de viento hecho con tubos de ensayo y afinado con dosis de silicona); entre otros.

Masana, Daniel Rabinovich, Marcos Mundstock y Jorge Maronna eran parte del grupo I Musicisti, el cual abandonaron en septiembre de 1967 para formar Les Luthiers. En los años siguientes se unirían Carlos Núñez Cortés, Carlos López Puccio y Ernesto Acher. Desde un comienzo el humor, el teatro, la música y una imaginación desbordante a la hora de inventar los peculiares instrumentos informales, estuvieron presentes. Y lo demás, como se suele decir, ya es historia.

Gerardo Masana padecía un tipo de leucemia que acabaría prematuramente con su vida. Sin embargo, fue él quien definió el estilo y el rumbo del grupo. Escribe Daniel Samper Pizano, biógrafo oficial del conjunto:

Entretanto, la enfermedad de Masana avanzaba y las transfusiones de sangre se hacían más frecuentes. Otros luthiers eran los principales donantes. Semanas más tarde lo atacó una cruel fragilidad ósea y, en una escena en que Rabinovich debía abrazarlo, resultó con una costilla rota. Desde entonces tuvo que andar con vendajes. El Flaco se fatigaba, se sentía débil y permanecía más tiempo que antes en casa escuchando música de Bach y de los Beatles. Adaptaba a la guitarra canciones de Chico Buarque de Hollanda. Releía profusamente El Quijote y celebraba con carcajadas cada apunte. Se divertía con las películas de Los Tres Chiflados que pasaban por la televisión. […] Conservaba en pleno su lucidez y su humor. Seguía componiendo, convirtiendo objetos en instrumentos con la ayuda de Iraldi y siendo el centro de Les Luthiers. […] El 23 de noviembre de 1973, después de haber sostenido conversaciones individuales de despedida con su familia y con cada uno de sus compañeros, falleció en su propia cama.[2]

La anterior descripción de Masana en sus últimos años y meses de vida lo muestra como un individuo profundamente vitalista. Tras su  fallecimiento Les Luthiers pasó a ser un sexteto. En 1986 Ernesto Acher, que había ingresado en 1971, abandonó la agrupación y desde entonces se mantuvo como un quinteto durante veintiocho años, hasta que debido a la muerte de Daniel Rabinovich en 2015, fueron incorporados como titulares Horacio Turano y Martín O’Connor, quienes desde años atrás eran suplentes de cualquier integrante del grupo que no pudiera realizar una presentación o una gira. Así, volvieron a ser un sexteto. Pero en 2017 recibieron otra sensible baja: Carlos Núñez Cortés, pianista del grupo y estupendo comediante y compositor, se retiró del conjunto. A raíz de ello, otro suplente pasó a ser titular: Tomás Mayer-Wolf.

Mundstock enfermó desde hacía más de un año y no pudo volver a los escenarios, por lo cual otro luthier que aguardaba en la banca recibió la titularidad: Roberto Antier, desde agosto de 2019. No obstante, debo decir que no me imagino a Les Luthiers sin Rabinovich, Núñez Cortés y Mundstock. Es imposible que vuelva a ser lo que fue. Hay planes de volver a los escenarios una vez pase la pandemia. Pero es como si estos Rolling Stones del humor no tuvieran ya a Jagger, Richards y Watts.

Entrevista imaginada   

Marcos Mundstock Finkelstein nació el 25 de mayo de 1942 en Santa Fe, capital de la provincia argentina del mismo nombre. Vivió en Buenos Aires desde los siete años. Quiso ser ingeniero, pero en tercer año rajó, como dicen los argentinos (dejó la ingeniería), y comenzó a estudiar locución y siguió con el canto, puesto que había ingresado al Coro de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, en el que, por cierto, había estudiantes y profesionales de distintas carreras.

Mundstock es parte de la pre-historia de Les Luthiers, como él mismo decía, desde que algunos de sus futuros miembros estaban en el mismo coro y montaron un primer espectáculo en 1964, Il figlio del pirata. Vendría luego la iconoclasta Cantata Modatón (posteriormente, Laxatón), compuesta por Gerardo Masana a partir del prospecto de un laxante y como parodia de una cantata barroca, como la Pasión según San Mateo, de Johann Sebastian Bach, compositor favorito de Masana. La histórica obra se estrenó en 1965 con I Musicisti y se grabó en 1972 con Les Luthiers. Fue su primer hijo; perdón, hito.

 

Desde hace mucho tiempo me pregunto por la relación entre el humor y el pueblo judío, lo cual se evidencia en grandes comediantes como los Hermanos Marx, Los Tres Chiflados, Jerry Lewis o Mel Brooks. Ustedes son también una confirmación de este hecho notable, pues cuatro de ustedes son de origen judío. ¿A qué cree que se deba?

Es algo sobre lo que nos han preguntado otras veces. Pero mirá que esos ejemplos que das vos son de cómicos que tuvieron alguna relación con Nueva York, que es la ciudad del mundo donde tal vez hay más judíos. Acordáte que otro famoso comediante judío es Woody Allen, que es un neoyorkino de pura cepa. Y Buenos Aires ha sido, después de Nueva York, un importante centro de presencia judía en el mundo.

Y bueno, lo que yo creo es que como pueblo que fue apátrida, perseguido y segregado, tuvo que resistir su tragedia con humor también. Pero a mí eso no me parece exclusivo de los judíos. Para no ir más lejos, Gerardo “el Flaco” Masana, fundador de Les Luthiers, no era judío (era de origen catalán) y tenía un gran sentido del humor. Lo que pasa es que muchos judíos han aprovechado su cosmopolitismo, digamos, para desarrollar un talento para el humor y llevarlo a las tablas o a las pantallas. Porque yo creo que el humorista, el cómico, el comediante o como vos lo querás llamar, no nace; se hace. Se hace el boludo.

(Risas).

Es así. Un humorista lo que hace es hacerse el boludo. Hasta en las entrevistas.

 

El florecimiento del humor judío, o de muchos judíos en el campo del humor, en el mundo del espectáculo a nivel internacional, se da en un período de antisemitismo en la primera mitad del siglo XX, sobre todo en Europa, con las consecuencias que ya conocemos. ¿Cómo era esa situación en la Argentina, por lo que le contaron o por lo que usted mismo vivió de chico?

Yo no recuerdo una situación particular de antisemitismo en el país, lo cual no quiere decir que no la hubiera de alguna forma. Además yo fui a una escuela yiddish (lengua hebrea) en Buenos Aires, y no recuerdo que me hayan discriminado en el barrio donde vivíamos, ni después en la universidad. Claro que de chico yo estas cosas no las entendía bien.

Yo empecé a entender la tragedia que había vivido el pueblo judío cuando vi a mi padre llorando un día y le pregunté qué le pasaba y me dijo que era por unos familiares suyos que habían muerto en Europa. Cuando era más grande supe lo de los campos de concentración y entendí por qué mis viejos lloraban por la muerte de parientes y amigos. Pero ellos a menudo hacían chistes de otras cosas. Entonces, me parece que se juntaban dos asuntos: por una parte, lo trágico por el holocausto judío, que es la peor tragedia que han vivido los judíos; y el humor, ese sentido del humor al que vos has hecho referencia.

El humor como una forma de exorcizar el dolor y la tragedia.

Y de no tomarse en serio, de saber burlarte hasta de vos mismo. Pero  eso es algo que hacen muchas personas frente a las tragedias de la vida y frente a nuestros propios defectos o limitaciones individuales. El humor siempre ha sido eso, ¿no? Ahora, cuando se lo hace público tenemos cosas como la comedia en todas sus formas, desde los griegos hasta nuestros días.

Y los judíos fueron importantes en el desarrollo de la comedia en el siglo XX: como actores, como libretistas, como directores, como productores. Pero, otra vez, no han sido los únicos. De hecho, nosotros estamos en un grupo de música y humor gracias al trabajo, la amistad y la motivación de un individuo como el Flaco Masana.

 

El radioteatro fue una expresión popular muy importante en toda Latinoamérica y Argentina fue uno de los países donde más se cultivó. Aparte de eso el país tiene una larga tradición teatral. ¿Qué influencia cree que pudo tener la comedia teatral, en sus distintos géneros, y la comedia radiofónica en usted?

Bueno, en mi casa se escuchaba mucha radio, pero no era precisamente radioteatro lo que escuchábamos, sino radios en yiddish e italiano que transmitían cantos litúrgicos y ópera. El radioteatro vino después, cuando empecé a escuchar otras cosas, a imitar cantantes, actores y locutores.

Y claro, muchos eran cómicos. Algunos eran compañías de vodevil y comedia que transmitían desde los teatros. Otros eran cómicos que actuaban solos; había de todo. También iba mucho al cine y veía películas de comediantes argentinos y las clásicas de Chaplin, Buster Keaton, etcétera. Ya más grande empecé a ir al teatro y a conciertos de música clásica. Pero no era solo comedia lo que veía o escuchaba. Y me atraía mucho ese mundo de los escenarios y de la radio.

Claro que tuve que esperar un poco para dedicarme a esas cosas, ¿viste? Primero había que ir a la facultad y yo empecé ingeniería. Estando ahí recibí mi mayor influencia: conocí al Coro de la Facultad de Ingeniería y no me perdía sus presentaciones. Entré al coro, tomé clases particulares de canto y permanecí ahí hasta la fundación de I Musicisti (el antecesor y embrión de Les Luthiers), que salió del mismo coro. Y la persona que más me influenció fue el Flaco Masana.

 

¿Nunca le interesó demasiado la ingeniería?

Tuve que optar. Me gustaba, pero el coro se volvió algo más importante. Y como te decía, mi amistad con el Flaco fue determinante. Cuando se tiene la suerte de conocer a alguien como el Flaco, que era un genio, uno es capaz de hacer cualquier cosa.

Dejé la ingeniería, estudié locución profesional y empecé a ganarme unos mangos como locutor. Incluso hice redacción publicitaria. Pero mi auténtica profesión ha sido ésta, la de actor y libretista en Les Luthiers. Aunque no dejé la locución y he actuado, ocasionalmente, en televisión y cine.

 

¿Se imaginó en aquellos primeros años que estaría con Les Luthiers por más de medio siglo?

No, para nada. Por ejemplo, en 1971 tuve que pedirle una licencia al grupo porque no estaba muy seguro de querer continuar. Fue una crisis existencial que hasta requirió de… matrimonio. Y de un reemplazo que fue Ernesto Acher, que estuvo con nosotros por quince años. Ese año lo ingresaron al Flaco en un hospital por una leucemia que padecía y que hoy se trataría sin mayor problema. Y tuvo que estar de licencia, como yo, pero lo suyo era realmente serio. En 1973 se murió. Eso fue devastador para nosotros. Pasamos por una crisis feroz y tuvimos que recurrir a un psicoanalista.

Aparte no es nada fácil la convivencia en un grupo, por más amistad que haya de por medio. Creo que eso me hacía pensar que el grupo no duraría mucho, o que yo, tarde o temprano, me iría definitivamente. O que el público terminaría cansándose de nosotros. Pero que traspasaríamos el siglo XX para seguir juntos en el XXI, ni en sueños.

Les Luthiers en su formación más larga y conocida: de izq. a der. Daniel Rabinovich, Jorge Maronna, Carlos Núñez Cortés, Carlos López Puccio y Marcos Mundstock. Fotograía / Archivo Clarín.

Esa panacea que los porteños (los habitantes de la ciudad de Buenos Aires) buscan en el psicoanálisis, ¿no es una obsesión? ¿O más bien una cuestión, dijéramos, cultural?

Qué sé yo. El doctor Ulloa (psicoanalista) nos ayudó mucho. Pero vos sabés que ahora hay otros intereses, otras opciones, como por ejemplo la filosofía. Creo que en mi generación el psicoanálisis sí fue algo muy fuerte en nuestra formación, en nuestra vida, en nuestra cultura, como vos decís.

Pero “los jóvenes de hoy en día” (se ríe al parafrasear el título de esa pieza de Les Luthiers)… tienen otras opciones, distintas a la psicología. Y ahora, por ejemplo, hay filósofos que tienen su consultorio o programas de radio y televisión. En fin, la gente busca otras formas, de enfrentar, digamos, sus problemas existenciales.

 

Uno de esos filósofos es Darío Sztajnsrajber, que entiendo que se ha vuelto muy popular en la Argentina.

Sí, Darío es uno de ellos, el más conocido. Es un gran divulgador de la filosofía. Pero también los medios hablan mucho con él. Aparte de su programa de televisión –mitad hablado, mitad dramatizado– sobre cuestiones filosóficas (Mentira la verdad), uno de radio (Demasiado humano) y un par de espectáculos filosófico-escénicos (Desencajados y Salir de la caverna).

 

Ya que lo mencionamos, una de las cosas que más quería preguntarle es por la relación, que yo al menos encuentro, entre la vida y obra de Les Luthiers y la filosofía epicúrea.

Yo, al menos, no sigo ninguna corriente en particular. Es como la pregunta por cuál es mi ideología política. Yo respondo que soy marxista, es decir, un seguidor de los Hermanos Marx. Pero no te sabría decir qué leen mis compañeros o qué filosofía sigue cada uno, o cuáles son sus intereses en ese sentido, porque es algo personal que no se mezcla con el trabajo y ni siquiera con la amistad. Si somos epicúreos no es por haber leído a Epicuro.

 

Tampoco profesan una religión ni están adscritos a ningún partido político.

No. Es más, yo pienso que cuando un humorista no puede sustraerse de su fe religiosa ni de su filiación política en su trabajo escénico, pierde. En mi caso, no soy un judío practicante. Y creo en la democracia. Les Luthiers nunca se ha involucrado en cuestiones políticas, salvo en el 83 cuando le dimos nuestro respaldo a Raúl Alfonsín[3] para las elecciones presidenciales y el restablecimiento de la democracia.

 

¿Pero no cree que el humor es, de todas formas, un hecho social político?

Si por eso vos entendés, por ejemplo, las parodias que nosotros hacemos de situaciones políticas o religiosas, te diría que sí. Pero nuestro humor no es político, no hacemos humor político.

¿Cómo fue para ustedes hacer humor durante la dictadura militar?

Difícil, como para todos, porque sabíamos que mientras hacíamos reír a la gente o estábamos creando un espectáculo o de gira por otro país, pasaban todas esas cosas terribles. Así que actuar era una forma de olvidarnos por un momento, junto con el público, del horror que nos rodeaba.

Aparte sabíamos que siempre había personas vestidas de civil, que eran agentes o informantes del régimen, que estaban presentes en nuestras presentaciones y en las de muchos artistas del espectáculo, vigilándolo todo. Una vez estuvo en una función nuestra el mismo Videla (el presidente de facto). Con toda su escolta. Seguramente tenía curiosidad por ver lo que hacíamos.

 

Entiendo que aquella vez Videla fue a saludarlos después de la función. ¿Qué les dijo?

Y… lo de siempre. Nos felicitó y creo que dijo que hasta se había divertido.

 

Aquella pieza Suite de los noticiarios cinematográficos, ¿no fue censurada alguna vez? ¿Por la parodia que hacían de un régimen militar en la llamada República de Feudalia?

Sí, se censuró en alguna radio, justamente por esa parte. Fue el único episodio de censura que tuvimos. Pero eso al lado del horror que se vivía, no fue nada.

 

¿En lo personal tuvieron problemas con la dictadura?   

Como todo el que los tiene cuando vive bajo una dictadura y ve que sus libertades están seriamente restringidas. Vivíamos bajo una constante vigilancia y amenaza, como todo el mundo. Era una pesadilla, ¿qué querés que te diga? Y el humor era lo único que nosotros teníamos para resistirla.

 

La sociedad argentina, en mi opinión, es una de las más complejas de América Latina. Por un lado es muy vitalista y, por otro, trágica. Me parece que el tango, Evita, Perón, el Che y Maradona, por ejemplo, expresan tal complejidad. ¿Qué tan conscientes son ustedes de todo eso a la hora de crear sus espectáculos?

Es que nosotros no pensamos en un público argentino solamente. Pensamos y creamos para todo un público hispanoparlante. No somos unos embajadores de la “cultura argentina”. Hemos compuesto tangos, chacareras y zambas, pero también boleros, valses, óperas, blues, oratorios, cantatas, zarzuelas, bosa novas, suites, conciertos, etcétera. Y, asimismo, melodramas, farsas, comedias musicales, sainetes, poemas… es decir, también jugamos mucho con los géneros escénicos y literarios.

Pero todo eso no lo hacemos en función de un solo país, sino, en últimas, del género humano. Por algo nos dieron el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Y cuando hacemos cosas como, por ejemplo, La Comisión, que es sobre la modificación de un himno nacional, se entiende y goza tanto en la Argentina como en España y Colombia. Siempre procuramos tener en cuenta que cada sketch no se quede en un plano local. Porque nos debemos a un público muy vasto que es el de Iberoamérica. Al fin y al cabo los problemas, tragedias, pasiones y alegrías que tenemos en Argentina no son diferentes de los que se tienen en los demás países. Y el humor está para reflejar todo eso.

La Comisión es una farsa claramente política.

Sí, es lo más político que tenemos. Pero, insisto, eso no nos vuelve un grupo musical de humor político, ¿eh? El tema ahí es lo que hay detrás de todo esto que buscan esos dos políticos que han sido comisionados para encargar la modificación del himno. Así es como se modifican también leyes, derechos y otras cosas aún más importantes y con peores repercusiones para una sociedad. Y se lo hace de una manera tramposa. Al público le resulta familiar todo eso.

 

Es lo que pasa también con otro exitoso sketch, El sendero de Warren Sánchez.

Exactamente. Estamos plagados de telepredicadores. Y de pócimas de autoayuda.

 

Hablemos un poco de Mastropiero. Sé que usted tuvo mucho que ver en su gestación.

Sí, y también el Flaco. Desde años antes de la formación de I Musicisti yo tenía un personaje de salón que era Freddy Mastropiero. Y Gerardo usaba el seudónimo de Johann Sebastian Masana como compositor de sus obras. Se juntaron los dos nombres y salió Johann Sebastian Mastropiero.

 

Y se volvió un personaje mítico. ¿Por qué cree que un personaje como este ha fascinado tanto al público por más de medio siglo?

Hay algo especial que atrae del personaje. Mirá que en Argentina hay fans de Les Luthiers que han hecho sus investigaciones sobre Mastropiero con todo tipo de teorías sobre el personaje. Pero, para responderte, yo creo que mucha gente se identifica con Mastropiero porque es como el paradigma del fracaso, del compositor que fracasa y, sin embargo, no se da por vencido. O al que ni siquiera le importa. Y tiene, no sé, la rara habilidad de destruir todo lo que toca. No lo vuelve oro, como Midas, sino… ¿entendés? Y es un iconoclasta hasta consigo mismo. Todo esto es quizás algo que la gente lleva por dentro y no siempre está dispuesta a exteriorizar. El personaje les da la oportunidad de encontrar… ese diablillo.

 

Es también un prototipo de la decadencia…

Sí, señor, Mastropiero es un decadente. ¡Y qué decadente, che! Y claro, a la gente le gusta la decadencia. Pensá en los Rolling Stones, con quienes nos han comparado. Por lo viejos.

 

En Bromato de armonio usted encarna al mismísimo Mastropiero en la obra “Para Elisabeth”. ¿Al fin conocimos el rostro del célebre compositor o el personaje volvió a manos de su creador? Como quiera que es usted el que ha escrito las mil y una aventuras de Mastropiero.

Tú lo has dicho: “encarno a” Mastropiero, pero no soy Mastropiero. Y no lo volveré a hacer.

 

Mastropiero funciona más como el alter ego de todo el grupo.

Podría ser también al contrario: que nosotros seamos su alter ego. O su Clark Kent.

 

Se sabe que nació un 7 de febrero, mas no el año ni el lugar. Y ni siquiera si vive aún. ¿Cuándo se sabrá el resto de la historia?

A Mastropiero, como a tantas personas, solo le interesa que se sepa la fecha de su cumpleaños. A secas.             

Actual formación del grupo. De izq. a der. Horacio Turano, Martín O’Connor, Carlos López Puccio, Tomás Mayer-Wolf, Jorge Maronna y Roberto Antier. Fotografía / El Tribuno

Esos ingeniosos juegos de palabras con los que ustedes construyen y además titulan cada espectáculo, ¿no es característico de una cultura como la porteña o, en un margen más amplio, de la rioplatense?

Puede ser. Tal vez sea característico de los humoristas gráficos y escénicos también. Pero pasa que en Buenos Aires, por ejemplo, tenemos el lunfardo y las lenguas que hablaban los inmigrantes en sus casas, como el yiddish en la mía. Para no perder sus raíces.

Entonces, desde chicos mezclábamos palabras de distintas lenguas con el castellano, como si fuera un juego. Por ello mucha gente en Argentina nos llama “los Les Luthiers”. O fijáte en el nombre I Musicisti, que era una combinación de I Musici, la famosa orquesta de cámara italiana, con la palabra chiste: “musi-chisti”; que, para mantener el original, se dejó en “musicisti”. Que es lo que seguimos haciendo: música + humor. Y claro, en nuestras obras hacemos todo tipo de juegos verbales.

 

En ese sentido, Mastropiero que nunca, uno de sus espectáculos de los setenta, ¿qué era? ¿Más tropiezo que nunca, más travieso que nunca, más trovero que nunca…?

Y… puede ser cualquiera de las tres. Es importante que los espectadores lo entiendan como quieran. Pero la idea era “más obras maestras de Mastropiero, que nunca”, que abreviado quedó en “Mastropiero que nunca”. Fue un espectáculo que hicimos en plena dictadura.

 

Si le preguntara por el mejor espectáculo de Les Luthiers por cada década, ¿cuáles serían para usted?  

¡A la pucha! No he hecho la lista… Pero de los sesenta yo elegiría Blanca Nieves y los siete pecados capitales, de los setenta Mastropiero que nunca, de los ochenta Viegésimo aniversario, de los noventa… Todo por que rías, de los años 2000 Lutherapia. Y de los 2010… creo que será Más tropiezos de Mastropiero. Cuando se estrene.

 

¿Cómo ha sido continuar sin Daniel Rabinovich y sin Carlos Núñez Cortés?

Daniel y Carlitos son irremplazables. Eso lo tenemos claro. Pero, precisamente por todo lo que ambos hicieron por Les Luthiers durante cincuenta años, no sería justo que el grupo se acabara. Creo que lo mejor que se puede hacer por las personas, cuando han hecho algo valioso, es continuar con su labor. Aparte que en el grupo tenemos desde hace muchos años una nómina de suplentes que han ido tomando el relevo, como Horacio Tato Turano, Martín O’Connor y ahora Tomás Mayer-Wolf. Yo mismo tengo ya mi reemplazo que es Roberto Antier. Las obras son las mismas, cambian los intérpretes. Y también es importante crear cosas nuevas cada tanto. Como en el nuevo espectáculo, Más tropiezos de Mastropiero, en que se juntan obras nuevas con clásicas del grupo.

 

Caricatura por Santiago Castro, 2010. Fotografía / Les Luthiers

En los últimos años han predominado las antologías del grupo: ¡Chist!, Viejos hazmerreíres, Gran reserva… ¿Hay un agotamiento creativo en Les Luthiers?

Creo que les pasa a todos después de tantos años. No es fácil mantenerse vigente, aparte que la edad nos pasa la factura a todos. A mí mismo me la está pasando ahora. Por otra parte, pienso que las antologías son necesarias porque tenemos nuevos públicos, gente joven que no vio los espectáculos de las décadas anteriores y está empezando a descubrir a Les Luthiers.

Y también están los espectadores que nos vienen siguiendo desde hace muchos años y siempre quieren volver a ver las obras clásicas. Y, por último, estamos en un momento, digamos, de transición. Desde la muerte de Daniel el grupo se está reacomodando, hay una nueva generación de músicos y actores en Les Luthiers. Maronna, Puccio y yo tendremos que desaparecer algún día. Les Luthiers, no.

 

¿Pero no cree que sin Rabinovich, Núñez Cortés y ahora sin usted por su estado de salud, Les Luthiers no podrá volver a ser lo mismo?

Discutimos mucho la continuidad del grupo después de la muerte de Daniel. Carlitos nos acompañó un par de años más y, finalmente, decidió jubilarse del grupo. Aunque sigue vinculado simbólicamente. Y sí, Les luthiers no ha sido lo mismo ni lo será. Pero es una institución del humor musical en el mundo y, ante todo, el público se merece seguir disfrutando los espectáculos, no solo por YouTube sino en vivo. Mientras estemos vivos.

(Marcos Mundstock falleció en Buenos Aires como consecuencia de un tumor cerebral).

 

Notas

[1] Con esta frase Mundstock iniciaba la presentación de las obras atribuidas a J.S. Mastropiero.

[2] Daniel Samper Pizano, Les Luthiers de la L a la S, epub libre, 1991; Ed. 40 años, 2007, p. 22-23.

[3] Presidente que gobernó a la Argentina entre 1983 y 1989, tras el fin de la dictadura militar.