TRES FICCIONES

Soy víctima de hábitos disparatados que no me dejan comer en paz. Decir que soy dueño de la mismísima iracundia sería falaz (en todo caso, soy a ella a quien le precedo), porque me gobierna y me cunde en un pánico ensimismado que me contrae de toda posibilidad de atención hacia lo que me rodea o intenta asimilar.

 

Escribe / Eddie Vélez Benjumea – Ilustra / Stella Maris

Buenas, buenas. ¿Cómo está? Soy Eduardo Leumas ser-animal-humano: inconforme; etéreo y, por demás, fascinado por la desgracia humana y todo lo que le representa. Estoy, ¿cómo decirlo?… descontento. Soy víctima de hábitos disparatados que no me dejan comer en paz. Decir que soy dueño de la mismísima iracundia sería falaz (en todo caso, soy a ella a quien le precedo), porque me gobierna y me cunde en un pánico ensimismado que me contrae de toda posibilidad de atención hacia lo que me rodea o intenta asimilar. Sin embargo, querido remitente-lector- chismoso- ojón, quiero contarle tres momentos, tres ficciones, tres alucinaciones que me tienen cabezón y con la garganta delgadita de no comer; con el ácido estomacal en la lengua y la mucosa esofagástrica revestida de eso que llaman hambre. Por lo pronto: lea-vea-observe-analice, este trío de microrrelatos que marcarán el rumbo de mi desgracia (o ayuno obligado), o al menos, hasta que el último designio de mi persistencia pueda probar cucharada alguna y dejar esta pesadumbre onírica, que está a punto de abandonarme a la diestra de la inanición.

Érase una vez… ¿Han captado que los cuentos de antaño comenzaban con esas tres palabras? Pues este es, en esencia, un cuento de antaño. Su única diferencia es que estas tres escenas se sucedieron en un solo día. ¿A quién le acontecen tres desgracias de manera cíclica, en una sola función? No lo diga, sé en quién está pensando. Mejor leamos estas escenas y veamos si estoy en lo cierto:

 

Escena 1: El desayuno

 

Tengo mi boca sellada en saliva seca, pero siento que hablo. ¿No me escuchan? ¿Se puede decir sonido alguno, si no hay quién lo escuche? Me levanto y publico estas disertaciones trasnochadas en mi perfil de Facebook. No hay alguien que las lea. Es extraño. Por supuesto, veo que hay muchas gentes en estas redes a la hora del desayuno. Las veo masturbarse con las fotos de otros malévolos al frente de esas pantallas. Cada uno en su ficción. Cada quien en su propia escena de teatro. ¿Para qué escribo esto si no hay quién me lea? Evidentemente, estoy purgando mis pecados antes de comer del plato. Ya las había borrado antes, a estas disertaciones, a estas alucinaciones. Vuelvo y las publico, a ver si encuentro quien se desespere conmigo. Así como yo lo siento. Así como yo me desespero. Así como desespero a los demás sin ánimo de desesperarles. ¿No hay alguien que me lea aún? ¿Puedo darle la primera mordida a mi pan? ¿Será, entonces, la única manera de ser leído cuando fallezca de inanición? Sé que a todos los muertos los leen. Como si lo dicho alguna vez en vida reclamara una fuerza sobrehumana, sobrenatural, sobreprofética una vez emprendido el viaje a pie hasta el Olvido. ¿Tendré que conformarme con decirle mis letras a la Nada? ¿A contárselas en secreto a mi café y a estos huevos revueltos que siguen sin ser devorados, porque no puedo dejar de borrar-publicar-borrar-republicar este estado en mi perfil? Si esos son mis destinitos fatales, no los reprocharé y le dejaré esta huevonada a mis gatas. Además, para que lean mis sacrilegios y no los entiendan como yo intento que lo hagan, mejor los borro de nuevo y vuelvo a escribir. Tal vez se vuelvan profecía una vez mi cuerpo sea devorado por los gusanos que saldrán de este pan mohoso. Ya no quiero comer, hay una cucaracha nadando en mi café.

 

Escena 2: El almuerzo

 

 

–Oíste, Eduardo, vos no has comido, ¿verdad?

–Nada mor (yo le digo mor a Dolores, mi amor), cuando le iba a mandar la jeta al café había una cucaracha echándose un chapuzón. Mi apetito dejó la tierra en un segundo.

–¿Cómo así, ombe troilo, ¿por qué no me dijiste?

–Pero, ¿qué más iba a hacer? Además, ya estaba frío, y vos sabés que unos huevos fríos no alimentan y dan peorrera.

–¡Oigan a este atembado! Huevos son huevos, fríos o calientes. Que vos no querás comértelos así, es cosa tuya.

–Mor, no me jodás que tengo es un hijueputa malgenio. Tras de que no desayuno y se va el agua. Estamos  cagados y con el agua lejos. Vení yo hago el almuerzo, más bien. Vos ándate a dormir la siesta que cuando esté el almuerzo te llamo pa’ que bajés.

–Hácele pues–, me dice Dolores, y se va para la cama a echarse un sueño mientras yo preparo el almuerzo.

 

Le arranco una hoja al cuaderno y comienzo a escribir la lista de ingredientes que debo usar:

 

Título: Espaguetis con albóndigas de cerdo

Lista:

 

  1. Espaguettis
  2. Carne de cerdo molida
  3. Sal
  4. Agua
  5. Aprender a cocinar

 

Saco la olla y pongo a hervir el agua. Doña Gimelda, la vecina chismosa del lado, me dijo que primero hirviera el agua y que después le echara sal, pero esa vieja no me dijo cuánta ni de cuál. Acá Dolores tiene dizque sal marina, sal parrillera, sal yodada, sal cáustica, sal de la hijueputa cocina que la vas a explotar. Yo no sé cuál de todas esas sales hay que ponerle. Mejor no le voy a echar. Voy a ir más bien donde doña Filomena, a ver si me vende un cuarto de pollo y le digo a Dolores que lo preparé yo, ¡Van a ver cómo le va a quedar el ojo! ¿Ustedes han visto que en todos los pueblos de este país hay un Pollos Mario? Canta el dicho que pueblo que no tenga un Pollos Mario y un D1, es porque no existe. Puede tratarse, tal vez, de un anacronismo, pues acá no hay uno, acá tenemos a la Pollería de doña Diana: pollos recién matados y engordados a punta de arepa, buñuelos y fríjoles. Precisamente, pienso en esa situación, y me siento un anacronismo innecesario de la vida. Una injusticia de la existencia. Le pago el pollo a doña Diana y me voy pensando cómo carajos le voy a decir a Dolores que lo asé yo. Que lo condimenté yo. Que lo cociné yo, que no sé cocinar. Que lo cacé yo, que no sé cazar. Y que lo serví yo, que se me rompen los platos tan solo con decir mi nombre. De nuevo se me está enfriando esta comida, por ponerme a pensar huevonadas en lugar de aceptar que nunca aprendí a cocinar y que la pereza por ver un tutorial en YouTube me pudo más. ¡Ay, madre! Si yo hubiese tenido la oportunidad de elegir, antes de haberme concebido, ser el espermatozoide que te explotó la barriga y venir a participar de esta obra de teatro, no habría aceptado este papel. Ojalá me hubieses visto, explotándome los huesos en el bing bang de tu placenta. Pero, ¿ponerme a cocinar?, ¿yo?, ¿Eduardo Leumas?: disruptor- alegón- picarón- huevón-, y ahora participante de Masterchef. Pues hoy tuve que hacerlo, porque el pollo se lo acaba de llevar un perro en la boca.

 

Escena 3: la cena

 

A esta hora pan y café, y si hace más hambre: ron. No puede ser más. He sido castigado todo el día con la maldición del hambre. En la mañana, la cucaracha con complejo de Michael Phelps; en la tarde, el perro promesa de la política; ahora, cualquier cosa puede pasar. Siento un jadeo impronunciable en mi nombre. Un yo qué sé; un no sé qué, que no me niego a entender. Hay una etimología desaparecida en su composición, una lírica escondida en su verso, que me tiene con los cojones hasta la garganta, el hambre comiéndome la lengua, y la atención puesta al aire. Compartir este nombre es la cima del tedio; encima, hacerlo dos o más veces es alcahuetería. Todavía tengo hambre. ¡Sírvame el primero, Dolores!

Toca la puerta doña Gimelda:

 

¡Toc, toc!

–¿Quién es? –pregunta Dolores.

–Pues yo

–¿Quién es yo?

–Ay, pues conmigo

–¿Quién es Migo?

–Dolores… con doña Gimelda

–Ah, doña Gimelda, qué milagro que viene por aquí. ¿No gusta pasar a tomar una tacita de café?

–¿No será mucha molestia?

–Para nada. ¡Pase usted!

–Después de usted.

 

Y hasta ahí me llegó la comida. La vecina había llegado con su nueva novia: una mujer, supongo yo, unos veinte años menos que la profesora Jirafales. Maja ella: baja estatura, bastante crespa, con las mejillas rosadas como si viniera de San Pedro de los Milagros.

–Oiga, Eduardo, preséntese. No sea maleducado– me regaña Dolores

–Pero se presenta con su nombre real–, recalca la comandante

–Bueno mija. Vaya sírvanos café, y yo le pongo conversa a la pelada.

 

–Hola, buenas noches. Mucho gusto: Eddie.

–¿Edith?

–Eddie, pero sin pronunciar la última <<e>>

–Ah, ¿Eddier?

–No, ¡Eddie!

–Listo, Edy.

–Eddie.

–Mmmm, ¿Edilma?

–Eddie.

–¿Edison?

–Solo, Eddie.

–¿Edil?

–Eddie

–¿Edición?

–Eddie

–¿Edificio?

–Eddie

–¿Edi-torial?

–Dejémoslo en Eduardo Leumas.

 

Dolores sirve el café y le brinda a Gimelda y a su novia.

–¿Y el mío? –le pregunto pasito, mientras Gimelda y su enamorada le echan azúcar, para no hacer quedar mal a Dolores.

–Ay, mijo. No alcanzó. Mañana toca comprar otra libra de café.

 

No pude desayunar, no pude almorzar, no pude cenar. ¿Desde cuándo comer se volvió tan difícil? Creía que difícil era mi nombre; que difícil era hacer de comer; que difícil era publicar un estado en Facebook. Pero realmente lo difícil es hacer teatro. Ya no quiero hacer teatro, a ver si por fin puedo probar un bocado.

 

Yo tengo hambre, y no he podido comer.