Una patada dio de lleno en la boca y por poco le tumba dos dientes, la punta de otra bota impactó en la mejilla dejando un moretón, un tacón en forma de aguja le causó una herida en la ceja derecha…

 

Por: Eduardo Valencia

La tenue lluvia que caía esa tarde en el cementerio le daba un aspecto casi irreal al lugar, era como si el cielo se hubiese unido a la tristeza y expresara su llanto por la pérdida de Michelle. Ayer estaba compartiendo con sus familiares y amigos; hoy era un cadáver del que muchos no lograron despedirse correctamente.

–Nunca sabremos si la muerte atacará de una forma tan repentina –decía el sacerdote– es por eso que debemos despedirnos de nuestros seres queridos como si fuese la última vez.

muerteTal vez porque todos estaban vestidos de negro, o porque andaban concentrados en su luto, pero nadie la vio allí a pocos metros de distancia: la mismísima muerte estaba parada con una túnica negra de pies a cabeza, la capota cubría perfectamente su rostro evitando que revelase el cráneo que probablemente tenía por cabeza.

Tenía que ser una broma: si la muerte existiese de forma corpórea no usaría zapatos deportivos, ni tendría un palo de escoba con papel aluminio haciendo de guadaña. Enfurecido por el dolor, un hombre lanzó un insulto que desconcentró a todos, haciéndoles desviar la atención hacia el bromista.

Al verse descubierto, aquel comenzó a correr, sus zapatos deportivos color azul contrastaban con lo negro del vestido, perdía velocidad, la túnica mojada por la lluvia no lo dejaba salir con total libertad. Alguien hizo un tacleo digno de rugbista profesional y el bromista se estrelló con el suelo de forma brutal. La tierra mojada no era tan suave como parecía; sintió un fuerte dolor en las costillas, irrelevante segundos después, por la lluvia de patadas con las que los asistentes desahogaban su furia.

Una patada dio de lleno en la boca y por poco le tumba dos dientes, la punta de otra bota impactó en la mejilla dejando un moretón, un tacón en forma de aguja le causó una herida en la ceja derecha, cierto porrazo sobre el tórax le hizo sentir que vomitaría el desayuno, pero ninguno de los golpes superó la intensidad del último puntapié en la ingle.

El chico de la oscura túnica sólo podía pensar en Michelle, en cómo la vida se la había arrebatado. Bueno, “se la había” era un decir, porque ella nunca había sido suya, él apenas era un amigo más del montón. ¿Cómo podría amarlo? Él era un friki y reflejaba perfectamente aquel estereotipo: desastroso con las mujeres, cabello enmarañado, delgado, con su pésimo gusto para vestir y amante de los videojuegos, de las series de ciencia ficción… Odiaba acampar pero lo hacía por ella: salió un par de veces de campamento, una de esas noches no pudo dormir nada y odió haber aceptado acompañarla, pero al verla descalza, despeinada, sonriente, tomándole fotografías a la naturaleza a la mañana siguiente, sintió que valía la pena.

El novio de Michelle seguía con vida, hospitalizado y gravemente herido. Si hubiese salido ileso del accidente de motocicleta que había cobrado la vida de su novia, él –un hombre barbado, lleno de tatuajes y corpulento– hubiese acabado con el bromista en cuestión de segundos sin la colaboración de nadie.

Y aunque no estaba el novio, los familiares y algunos amigos se encargaron de reducirlo. Iban a matarlo si el sacerdote no hubiese llegado con un par de policías y el vigilante del cementerio para impedirlo. Minutos después, el chico era enviado en una patrulla hacia una comisaría, mientras los familiares seguían en el cementerio.

–¿Por qué lo hiciste?–, pegunta una policía rubia con cara de pocos amigos.

Él la miraba sin mencionar palabra, intentando calcular su edad -¿35? ¿40?-. El rostro serio y curtido indicaba que se trataba de una mujer mayor, pero el cuerpo escultural, en especial esos prominentes pechos, hacían pensar que era más joven. No se atrevió a preguntarle la edad.

–¿Por qué? Se supone que era tu amiga, no debiste causarle ese dolor a su familia. ¿Es que no te duele su muerte?

El bromista volvió en sí, pero seguía sin contestar. Su rostro lleno de moretones parecía impasible, su ropa (una camiseta originalmente blanca, unos jeans) ahora estaba coloreada por el barro y la sangre. Repentinamente mostró una sonrisa teñida de sangre entregándole un papel arrugado a la policía rubia.

En una de sus caras el papel tenía una imagen impresa con la figura de la muerte que el muchacho había tratado de imitar y este texto que decía: “Quiero que alguien se vista de la muerte en mi funeral, que no hable con nadie, solo que se quede ahí parado“. La policía reconoció la foto, era una conocida imagen usada en redes sociales.

En la otra cara, con la caligrafía de Michelle, estaba escrito: “Gracias por esta loca promesa, esto es para demostrar que no lo hiciste con mala intención y que estuve de acuerdo, muéstralo como último recurso, pero en realidad espero que no tengas que usarlo. Michelle.”

 

*Este texto fue resultado del taller de crónica que se realizó en noviembre de 2016 en SALAestrecha, en el marco de las actividades del FELIPE III (Tercer Festival de Literatura de Pereira).