Esta es la historia de una abuela, como la de todos, recatada, mal humorada, en exceso franca y alcahueta. De esas abuelas que hacen marcas en la vida de sus nietos, de cómo la falta de ella y la ansiedad de creer que va a partir al más allá, hace valorar más los pocos minutos que se puedan compartir.
Por: Valentina Cepeda Duque*
A las 2 de la mañana
A pesar de tener un hijo médico hemato-oncólogo, un médico general, una hija enfermera jefe y un hijo cardiólogo, ninguno de ellos fue suficiente para darle un poco de oxígeno un 7 de diciembre del 2014 a las 2 de la mañana.
A Urgencias del hospital San Jorge ha llegado una nueva paciente. La señora Deyanira Arbeláez de Duque, tiene 88 años. Ella está asistida vía respiratoria, sus pulmones ya no funcionan de manera correcta y el vivir de una bala de oxígeno no le basta.
Ella es una ama de casa, nacida en la ciudad de Manizales, tuvo 14 hijos, de los cuales cuatro de ellos se dedicaron a la rama de la salud.
Mientras esperaba en el Parque Jorge Eliécer Gaitán, en las bancas amarillas de esa otra biblioteca pública Ramón Correa Mejía de 24 horas, a mi mente solo llegaban sus recuerdos, de la matrona de una familia, entonces recordé lo que siempre le pregunté de niña.
— ¿Abuela, cómo conociste al abuelo?
—Lo conocí para olvidar otro amor, pero sin querer. A mi mamá no le gustaba que yo mirara un muchacho que vivía por la cuadra, entonces decidió enviarme a una finca en donde vivía una tía y su esposo.
—Y ¿qué te tocaba hacer en la finca?
—Le ayudaba a mi tía con la comida de los trabajadores y en las labores de la casa.
—Pero, ¿en dónde estaba el abuelo?
—Tu abuelo trabajaba allá, él era un moreno, alto, de ojos verdes, que siempre tenía sus sombrero negro, su ruana blanca y al que le encantaba el tabaco.
—¿Y cómo conquistaste al abuelo?
—No sé, recuerdo que mi tía me decía que le sirviera el almuerzo a él, porque yo me quedaba viéndolo cuando ella le servía.
—¿Y él que hacía?
—Él siempre fue muy callado, se podría decir que hablaba solo con su mirada.
—Entonces fue amor a primera vista.
—Digamos que sí, fue mi amor para toda la vida y mi compañero.
Cuando vuelvo a la realidad y miro a mi alrededor, a los tres puestos de dulces y a las dos fruterías con médicos por doquier y enfermeras tomando tinto, pienso, ¿qué pensará ella? Acaso se pueden tener ideas mientras se está en coma inducido.
El despertar
Son alrededor de las 3 de la tarde y el pasillo de la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) es interminable y el tiempo parece eterno, en todo el lugar hay médicos y enfermeras. Me siento invisible, veo los cuartos a lo lejos como cajas de cristal con puertas deslizables de vidrio, y yo solo busco la habitación 16 que se encuentra al final; mientras camino solo escucho un bip, bip, bip uno más lento que el otro.
Llegué a la habitación 15 y no quería seguir, sentí mi respiración más lenta, me sudaban las manos, era verla a ella que no se puede quedar quieta, postrada en una cama.
Pero ahí está. Estática en una cama con los ojos lacrimosos, desnuda, una sábana que apenas la cubre, siendo monitoreada por un aparato, respirando por traqueostomía, con las manos hinchadas por todos los medicamentos que han tenido que inyectarle y con partes de su piel moradas de lo delicada que está.
Y estoy yo al otro lado con las gafas empañadas y sin palabra alguna, odiándome por haber tenido el valor de entrar y diciéndome ¿Y si no hubiera entrado?
Ella trata de explicarme lo que quiere pero no le entiendo, no sé leer los labios y no cesó de llorar, al final salgo tan rápido como puedo.
Y me siento en las bancas amarillas del Gaitán y nada me distrae, solo pienso en ella, lloro por su dolor.
De un momento a otro empecé a mirar a todos lados, hasta que vi de casualidad a un viejito sentado en posición fetal trabajando en el andén. ¿Qué será lo que hace?, me pregunté.
En esas llegó mi tía, muy entusiasmada hablando de ese viejito, que hacía anillos con monedas, por $3.000 pesos: desde ese momento le pusimos “El señor de los anillos”.
De su historia no sabemos nada, solo lo vemos en el parque, haciendo sus anillos. Primero toma la moneda y le hace un roto en la mitad. Sus herramientas son una puntilla grande, unos palos de escoba, una lima de cuchillos. Para empezar martilla hasta hacer el centro, después toma la moneda y la va incrustando a un pedazo palo de escoba en el que le va dando la forma circular, golpeándolo contra el piso y la puntilla creando así la forma, y con una lima, le quita las asperezas y si la persona quiere se le coloca el nombre que pida, y él con mucha curia y paciencia con la punta de la puntilla punto por punto, coloca el nombre pedido.
La llegada
Después de 2 meses, 3 días, 1.576 horas, 94.560 minutos, por la entrada de la finca llega la ambulancia, el carro más blanco que pude conocer alguna vez. Al costado tenía el nombre de la empresa “Ángeles al llamado”. Extraño nombre para una empresa pero muy acorde para lo que estaban haciendo y para lo católica que es la familia.
Los “ángeles” entonces la devolvieron a su hogar. La llegada de ella para la familia fue la parte más difícil. Parecíamos hormigas alrededor de algún dulce, en la forma en que rodeábamos la ambulancia, solo esperábamos que se abrieran las puertas y verla en la camilla.
La nueva habitación de ella tiene en las paredes sus rosarios, su cuadro de cristo y el televisor, está toda pintada de blanco, el piso dejó de ser de mineral amarillo para ser baldosa. En toda la mitad de la habitación está la nueva cama, de esas de hospital para comodidad de ella, en los lados dejó de estar el nochero, la lámpara, se colocó el respirador que la mantendrá estable, y el ventilador mecánico que le ayuda a inflar los pulmones, alrededor de la cama hay globos de colores y un letrero enorme que dice “Bienvenida mamá”.
El dolor no ha desaparecido, sigue vigente y todos los días, a pesar de su llegada, se espera su partida.
Ellos traían a la matrona de una innumerable familia, para dejarla descansar, porque finalmente no pueden hacer más, dejarla en el hospital es entregársela a la muerte en bandeja de plata, por eso la decisión más difícil o la más fácil para ella en el tiempo que le queda es estar en su casa, en esa finca que tanto amó su adorado esposo. Lugar donde ellos dos vivieron durante tres años.
La partida
El dolor no desapareció y no desaparecerá. Han pasado 8 días, 197 horas, 11.800 minutos, 708.000 segundos desde que ella se fue.
Un paro cardiaco a las 5:50 am de un sábado 26 de septiembre del 2015 se ha llevado a Deyanira Arbeláez de Duque. La muerte vino por ella o más bien su esposo, ya que el 27 de septiembre él cumplía 18 años de haber fallecido.
Fue la llamada que nunca se esperó, era una llamada a las 6 de la mañana después de una noche tranquila y feliz. Ella se ha ido. El pilar de una familia de 14 hijos, 27 nietos, 18 bisnietos, terminó el ciclo de su vida. Ahora quedamos los vivos llorando su partida, su paz y el descanso que buscó desde el 10 de febrero del 2015 a las tres de la tarde de un martes frío que fue cuando llegó a su hogar, el mismo que la vio partir.
De batallar muchas noches, días para superar cada episodio crítico sabiendo que finalmente la guerra estaría perdida, en este caso no acertó el dicho popular: “Se pierde una batalla pero no la guerra”. Se sabía que la guerra sería perdida.
Hubo odiseas entre líquidos, pastas, nebulizadores, punzones en la piel, inyecciones, catéteres, solución salina, sangre, secreciones, todo para alimentar la esperanza de que algún día volvería a levantarse de la cama.
Pero su salida no fue caminando, ni en una ambulancia, fue en una carroza fúnebre. Diciendo Adiós pero seguirá en sus corazones, en sus vidas y sus mentes.
* vcepeda@utp.edu.co






