Muchos ginebrinos están convencidos que el Festival es la celebración más grande que le puede brindar Ginebra a Colombia y al mundo…

 

 Por: Ilda Viviana Ramírez, John Eduar Monsalve y Alejandro Sepúlveda Quintero

El reconocido Festival de música andina Mono Núñez no parece ser una auténtica plataforma de congregación local y nacional. Los habitantes de Ginebra aseguran que, al no tener con qué pagar los 30.000 pesos que cuesta la boleta de entrada, deben conformarse con ver, a través del televisor, uno de los espectáculos musicales más prestigiosos del folclor vallecaucano. “Este no es un concurso para el pueblo”, sostiene Julián Andrés, un profesor de música ginebrino.

Cada año, hacia finales de mayo y principios de junio, las calles de Ginebra y sus 21.055 habitantes son testigos de un acontecimiento nacional que convoca a distintas agrupaciones musicales, son cómplices también de un encuentro histórico donde la música andina es la protagonista y los tiples y bandolas las artistas por excelencia.

Los 28 grados centígrados de temperatura complementan el paisaje de este rincón vallecaucano abrazado por la caña de azúcar y por la uva Isabella, cuya producción se ha considerado una de sus más relevantes actividades. El cálido municipio, famoso a nivel nacional por su sancocho de gallina, se sitúa a cuarenta kilómetros de Cali, la capital del Valle del Cauca.

Este departamento es enmarcado por las extensas e imponentes cordilleras Occidental y Central, en cuyas entrañas se han gestado reconocidas personalidades musicales, artísticas, deportivas y literarias. El Grupo Niche y su salsa; el compositor Pedro Morales Pino con sus bambucos; Jorge Isaacs que, con su ávida pluma, inmortalizó el idilio entre Efraín y María. Las hábiles jugadas sobre la portería del futbolista Miguel Ángel Calero, las interpretaciones en su bandola de Benigno Núñez y las eternas pinceladas de Ómar Rayo sobre sus lienzos y obras geométricas.

“Yo ya pienso antagónicamente, tengo otra visión al festival”. Julián Solano

 

Hacia 1970 era costumbre que los viejos músicos del pueblo se reunieran a interpretar bambucos y ritmos andinos, a lo que denominaban tertulias musicales. Gracias al disfrute y al orgullo que sentían estos experimentados de la música y del folclore, a partir de 1974 se dieron una cita anual para difundir y no dejar morir sus habilidades artísticas.

Ginebra ha sido cuna de músicos y, al ritmo de bambucos y pasillos colombianos, arrulló a Julián Andrés Solano Castrillón, un hombre de 34 años que desde muy niño empezó a sentir una particular fascinación por la música andina, yaque a las tiendas y a los restaurantes del pueblo, entre esos el de su familia, considerado uno de los más antiguos, llegaban los discos que se grababan en el festival. Fue así como se convirtieron en sus nanas los suaves acordes de un tiple y el susurro adormecedor de la bandola. A los dos años ya musitaba con cierta destreza las letras del vals colombiano Pueblito viejo y, así como esta melodía, por las calles tranquilas de Ginebra corrió su juventud. Con la mirada serena, propia de alguien que no vacila cuando habla, Solano asegura que su “referente de música no fueron las canciones y rondas infantiles, fue la música andina”.

Hoy el Festival Mono Núñez es un certamen musical que debe su nombre al compositor ginebrino Benigno Núñez Moya, quien murió en 1991, pero aún así vive en la memoria del recóndito municipio. En versiones anteriores el espectáculo ha recibido más de 60.000 asistentes, los cuales se han congregado en el coliseo y en la plaza del pueblo.

Estos escenarios del festival poseen un aforo para 2.000 y 10.000 personas respectivamente, sin olvidar que en Ginebra hay 21.055 habitantes. Lo que da cuenta que en cada versión del Mono Núñez, el municipio rebosa de visitantes.

Actualmente la fiesta sonora no solo recibe compositores colombianos, también miembros de la clase política y gobernante que acuden como participantes y espectadores. Sin embargo, para Solano, licenciado en Música de la Universidad del Valle y ganador del Festival Mono Núñez en el año 2011, este evento hoy es solo “un festival hecho en Ginebra, pero no para Ginebra”.

Julián Andrés tiene cabello negro y crespo, una barba abundante rodea su cara, es de baja estatura y apariencia trozuda, lleva puesta una camiseta amarilla, un pantalón de jean y unos tenis oscuros, es también especialista en gerencia educativa y magíster en Educación. Él, al igual que algunos habitantes del municipio, comprende que esta festividad le ha proporcionado visibilidad cultural a Ginebra a nivel nacional y, por qué no, internacional. Sin embargo, siete años después de haber participado y de ser uno de los ganadores en la modalidad instrumental, su visión sobre el festival ha cambiado radicalmente, lo que se evidencia cuando expresa que “este concurso no es para el pueblo”.

“Nuestra versión antagónica o alterna tiene muy buena acogida porque es gratis”. Julián Andrés Solano

 

Es por la anterior razón que los mismos ginebrinos han decidido crear festivales alternos con el único propósito de recibir abiertamente a cualquier habitante y forastero, sin cobrar por acceder a ellos y sin ánimo de fomentar la competencia. Sólo han deseado promover la integración local y la capacidad musical de muchos habitantes de Ginebra que en la mayoría de las ocasiones suelen pasar por alto.

Uno de ellos es el Festival de la Plaza que nace en 1987 y, según Solano, surge para el pueblo y éste lo acoge. La otra es la celebración ‘Cantabailanta’ liderada por la escuela de música ‘Canto por la vida’, una institución privada, pero sin ánimo de lucro, que administra y promueve proyectos para el Ministerio de Cultura. “Nuestra versión antagónica o alterna tiene muy buena acogida porque es gratis”, sostiene Julián Andrés, mientras se dibuja en su rostro una sutil sonrisa que no da paso a engaños ni mentiras.

Fue la pasión por la música de su pueblo la que impulsó a Julián Solano, a sus doce años, a ingresar en 1998 a la escuela Funmúsica, en donde aprendió a tocar los instrumentos de cuerda pulsada como el tiple, la bandola y la guitarra. Pero con ansias de nadar aún más en las aguas cristalinas de la música, decide irse en el año 2002 a estudiar de forma profesional fuera de su pueblo, al que esperaba regresar para compartir y difundir su talento. En el 2004 participa por vez primera en el certamen cultural más importante de su municipio como tiplista.

Para el año siguiente, junto con otros dos compañeros conforma el trío Ida y Vuelta, con quienes gana en el 2011 la versión 37 del Festival Mono Núñez; este reconocimiento no sólo los convirtió en los primeros y únicos ginebrinos en ganar este concurso en sus 43 años de historia, también les permitió recorrer algunos rincones de Latinoamérica, Centroamérica y Europa.

León tiene cabello blanco, cuenta aproximadamente con 75 años…

El amigo y coleccionista del Mono

 

Hacia una esquina del pueblo se halla la casa de un hombre que asegura haber sido amigo de Benigno Núñez. Su vivienda salta a la vista de los transeúntes y turistas porque de su fachada cuelgan afiches no solo del compositor ginebrino, sino también de diversos artistas musicales. Lucho Bermúdez, Silva y Villalba, Luz Marina Posada, Garzón y Collazos, José A. Morales, Gustavo Adolfo Renjifo y otros personajes que se han destacado por dejar huella indeleble en la música colombiana. León tiene cabello blanco, cuenta aproximadamente con 75 años, vive solo y al interior de su casa colecciona recuerdos de las 43 versiones del Festival Mono Núñez.

En sus paredes están adheridas calcomanías y pendones de músicos y paisajes vallecaucanos, en amplias estanterías conserva casetes y discos del folclor ginebrino y de toda la región Andina. Todas estas colecciones, en las que además hay juguetes, porcelanas, botellas vacías de licor, máquinas de escribir, radios y cámaras antiguas, camándulas, latas de cerveza, imágenes de la Virgen y el Divino Niño, jabones, bolsos, cremas, artículos de cocina, lámparas, decoraciones navideñas y cables de todo calibre, se han convertido en su más valiosa compañía.

Sin dudarlo ni un instante, León asegura que “los primeros festivales se hicieron de entrada libre porque el Mono Núñez no era promotor económico, sino más bien promotor musical. Pero cuando aumenta la participación de grupos musicales del Valle del Cauca, había que reconocerles algo para transporte y alimentación. Allí empieza a cobrarse la entrada a los concursos”.

Él tiene la firme convicción que el festival ha permitido que Ginebra cobre voz y se destaque en el país a nivel cultural, también apoya la idea de que esta fiesta sonora, patrocinada por ingenios azucareros y grandes entidades vallecaucanas, ha logrado que el municipio se mueva económicamente. Este hombre, a través de sus colecciones, solo desea “mantener vivo el sentimiento musical de Ginebra”.

“Antes del festival nadie reconocía al municipio, ni sabían dónde estaba ubicado”. Marina Castrillón

 

Muchos ginebrinos están convencidos que el Festival es la celebración más grande que le puede brindar Ginebra a Colombia y al mundo. Marina Castrillón, la mamá del joven músico Julián Solano, da fe de ello. Pero aun así, con una mirada acogedora, propia de casi todos los habitantes de este rincón vallecaucano, esta mujer confirma que “antes del festival nadie reconocía al municipio, ni sabía dónde estaba ubicado”. Pero su rostro afable y bondadoso se opaca por una pequeña tristeza cuando confiesa que, al depender de la gastronomía una gran mayoría de los habitantes del pueblo, deben olvidar el disfrute, quedarse trabajando y ver el espectáculo a través del televisor. Porque el rumor que se pregona por las calles es que allí el ginebrino que disfruta no trabaja y el que trabaja no disfruta.

 

Los precios del Mono

Los ingresos económicos que le facilita el Festival Mono Núñez a Ginebra se evidencian en las cifras de cobro para acceder a la celebración de música andina. La entrada con precio más bajo se encuentra sobre los 30.000 pesos y la que tiene costo más alto es de aproximadamente 60.000 pesos, esto depende de la cercanía a la tarima. Durante esta temporada de fiesta los hoteles colapsan, por eso los ginebrinos abren las puertas de sus casas y alquilan habitaciones a los turistas. Los restaurantes rebosan de comensales, en donde los platos más vendidos son el sancocho de gallina, el arroz atollado y la chuleta valluna. Pese a toda esta situación, los mismos habitantes no cuentan, en la mayoría de las oportunidades, con los suficientes recursos para ingresar al diverso, amplio y exclusivo grupo de los espectadores del Mono Núñez.

“Es un lenguaje musical muy exclusivo, es música de salón, el artista trabaja en función de lo que el público quiere escuchar, no de su creatividad”. Julián Solano

 

Es por eso que hoy, Julián Solano, sumergido en el universo insondable de la música andina, se cuestiona si realmente dicho festival cumple con la voluntad de su fundador Benigno Núñez y si su legado musical está siendo promovido de manera ideal. Parece que esta plataforma artística ha desviado sus propósitos al impregnarse de asuntos políticos, estatales y económicos.

¿El certamen es un auténtico espacio de inclusión? ¿Las élites gubernamentales han torcido su primera y noble finalidad de fomentar el talento local? ¿Se ha vuelto quizás un monopolio donde predomina el afán por obtener dineros y ganancias? Los interrogantes que constantemente asaltan su cabeza y que no logra descifrar, han llevado a Solano a ser artífice de otros escenarios musicales que, Ginebra en su infinita tranquilidad y benevolencia, ha acogido con esmero y con ansias desbordantes de no dejar morir esa semilla musical que un día un intérprete bandolista sembró en las entrañas de un recóndito municipio vallecaucano.