MÚSICA: EL ARMA QUE NO SE DISPARA

Con la garganta desgarrada y los pies cansados todos continúan al ritmo de la música.

 

Escribe / Laura Manuela Guerrero Coronado – Ilustra / Stella Maris

La dictadura no solo desaparece personas, también trata de ocultar toda expresión de libertad de una población y la música, cantantes y producciones pueden ser víctimas de ella también. Ésta silencia, enceguece y aleja, pero lo único que no puede evitar es que las personas escuchen. El poder de la música está en que, aunque se puede prohibir que las personas se reúnan en determinado espacio, es imposible que se les impida escuchar y sentirse identificados. Como lo afirmó Susana Gómez, directora de orquesta, “con la música las palabras viajan muchísimo más rápido, no hay forma de pararlas y llegan directamente al alma, espíritu, corazón –o como quieras llamarlo– de las personas”.

En Latinoamérica, la música protesta surgió en la segunda mitad del siglo pasado y contra todo gobierno autoritario, comenzó a hablar de las realidades tan difíciles que vivían los pueblos: clase obrera marginada, falta de oportunidades y mucha guerra. Mercedes Sosa desde Argentina, Violeta Parra en Chile y Silvio Rodríguez desde Cuba, entre otros autores, desarrollaron poco a poco una consciencia sobre una realidad que todos vivían y de la que nadie podía hablar.

En Argentina, muchas canciones fueron clasificadas como subversivas y se prohibió expresamente su reproducción en las cadenas radiales. Sin embargo, esta censura ayudó a crear mejores herramientas retóricas para transmitir mensajes sin levantar sospechas. Charly García usó el término dinosaurios para referirse a los militares y denunciar desapariciones; de la misma manera, Los Prisioneros en Chile le apostaron a la masificación de su contenido: aparecieron en medios de comunicación, adaptaron su contenido y aunque fueron censurados, sus críticas pudieron ser más oídas en todo el mundo hispanoparlante. Su mismo nombre ya era una denuncia política y con las manifestaciones chilenas, relanzaron su canción “El baile de los que sobran”, que en ciertos momentos suena como himno de una juventud desilusionada.

Colombia y la música protesta

A pesar de que en Colombia se pueden ubicar un par de autores de música protesta en los años 60 como Ana y Jaime, según Manolo Bellón, periodista musical disc-jockey, “nunca tuvieron la trascendencia ni la visibilidad de una Mercedes Sosa, de un Víctor Parra o un Víctor Heredia y quedaron como anécdota”.

Sin embargo, a partir de los 80 y 90 se empezaron a desarrollar movimientos contestatarios relevantes que denunciaron problemáticas más profundas de la realidad colombiana. En 1998 surgió una agrupación llamada Doctor Krápula, que mediante un híbrido de ritmos incursionó en los movimientos y causas sociales: “[…] exigimos nueva gente en el gobierno y que se acabe tanta corrupción”.

Además, y según lo cuenta Bellón, los raperos de Ciudad Bolívar (Bogotá) y de la Comuna 13 (Medellín) empezaron a crear música “totalmente marginal, underground”. En 2010, Chocquibtown obtuvo un Grammy a la mejor canción alternativa con “De donde vengo yo”; el manejo de la letra y el ritmo es impecable y aunque parece una canción exclusivamente para bailar, habla de la compleja crisis que vive el Chocó: abandono estatal, hambruna y violencia. En el siguiente año, se estrenó “Coco por coca” de Herencia de Timbiquí, una canción explícita que habla del narcotráfico y sus consecuencias en el territorio colombiano. Es así como, aunque no se haya consolidado una corriente artística, se evidencia el deseo de algunos artistas por retratar la situación del país.

El Paro Nacional de los últimos días en Colombia se ha visto acompañado de manifestaciones artísticas que exigen justicia y respeto por la vida. Al ritmo de la salsa choke, música clásica, rap y hasta carranga, diversos artistas han exigido respuestas por parte del gobierno. Susana Gómez, más conocida como Susana Boreal, dirigió en el Parque de la Resistencia (antes llamado de los Deseos) a centenares de músicos mientras vitoreaban “el pueblo unido jamás será vencido” en un intento de parar la violencia que vive el país; además, junto al compositor David Gaviria crearon el Himno Nacional deconstruido que alude a “un proceso de transformación de construir nuevamente [el país] basados en lo que necesitamos”. Asimismo, agrupaciones como Alcolirykoz, Chocquibtown, Morat y Garbage se pronunciaron mostrando su descontento por la violación de los derechos humanos durante los últimos días.

Entre las intervenciones de los artistas, cabe resaltar la declaración que hizo Adriana Lucía cuando se negó a pertenecer al gran diálogo convocado por el presidente y por el exalto comisionado para la paz Miguel Ceballos: “Aunque de manera social y también colectiva a través de un canto por Colombia he apoyado la protesta social, la que considero valiente y justa, no se trata de mí. Se trata de todas las personas y de todos los jóvenes que están allá afuera pidiendo ser escuchados y no seré yo quien ocupe ese lugar que no me corresponde”, declaró vía Twitter. Por su parte, Susana Gómez aseguró “si bien el arte no es lo que firma los decretos, si es un medio muy grande para cambiar la conciencia de las personas”.

Música y política

De la misma manera que puede ser usada para sensibilizar a una sociedad, la música tiene la capacidad de transmitir ideales políticos. En el 2017 se popularizó el video de un niño que puso a cantar todo internet “Movimiento Naranja, Movimiento Ciudadano”, repetía mientras bailaba al son de la música, el truco está en que es una canción profundamente política que promocionaba a un partido mexicano y se terminó metiendo en el subconsciente de las personas. Entonces, poner los músicos cerca de los ideales electorales es bastante útil para su difusión: desde fotos durante campañas hasta conciertos gubernamentales; como lo recuerda Carlos Martínez, profesor de teatro de la Universidad CES “poner a raperos a cantar música de la Feria de las Flores fue una idea formidable de Fajardo, fue traer a esos que estaban en contra, a favor”.

Entonces, asociar a un cantante a una corriente política no solo es efectivo, sino que trae consecuencias implícitas para los artistas: el público empieza a exigir que se manifiesten ante temas sociales, políticos y coyunturales, incluso más que a los mismos gobernantes. Según Edier Manco, estudiante de maestría de derecho en la Universidad Eafit, esto se debe a dos factores: “1. la crisis de representatividad entre el ciudadano y la institución por lo que la ciudadanía no cree en quienes gobiernan y 2. ese sentimiento de afinidad o de emoción enlaza a las personas con una figura pública y hace que vean en un artista la posibilidad de ser el vocero de las denuncias”.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales pasadas hubo un abstencionismo electoral equivalente al 47%; además, en jornadas anteriores a 2018 las personas que no votaron superaron al 50% de la población.  Aunque pueden ser por diversos factores, el escepticismo que tiene la población ante los políticos es una variable que reduce la participación política, y hace que los ciudadanos busquen líderes en personas más cercanas, como los artistas. <<Como son artistas tienen un ascendente sobre un público que los admira, entonces (de) la misma forma les exigen: “deme su posición política a ver si estoy de acuerdo y la sigo también” >>, explicó Bellón.

No obstante, y bajo el marco del derecho de la libertad de expresión, no hay ninguna ley que determine que un ciudadano, por más conocido

que sea, deba opinar sobre algún tema. Según Sergio Marín, abogado y profesor del Politécnico Grancolombiano, “en un país como Colombia donde es tan fácil ganarse un enemigo y es tan fácil terminar muerto en la calle, muchas personas optan por guardar silencio, no porque no tengan nada que decir sino porque les da miedo hacerlo. Me parece injusto señalar”.

Más allá de un par de conciertos, tuits o descontento general, hay que reconocer que la profunda crisis de representatividad de la que habla Manco es más peligrosa de lo que parece. Colombia atraviesa por en un complejo escenario donde las instituciones no atienden todos los requerimientos, sea por negligencia o falta de capacidad, y las denuncias por violación de derechos, abuso de la fuerza y malos procedimientos aumentan todos los días. En el país, las instituciones encargadas de esclarecer denuncias por violación de derechos humanos son la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría General de la Nación; sin embargo, sus acciones se han centrado en realizar informes sobre los procesos abiertos y en pedir presencia internacional. Según informes de la Defensoría del Pueblo, al menos 42 civiles y 2 policías han muerto desde que inició el Paro Nacional el pasado 28 de abril, sin tener en cuenta las personas que han resultado heridas y los escándalos p

or presuntos abusos sexuales por parte de la policía. Por ello la importancia de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que recién ayer terminó su recorrido por nuestro país.

¿Dónde está la solución?

“La vía es el diálogo con los jóvenes” -Edier Manco

<<No sabemos la respuesta porque no sabemos cuál es la pregunta. ¿Qué tenemos que cambiar? ¿El problema son los impuestos o la educación o la salud o las pensiones? Cualquier matemático nos diría lo mismo “este problema no tiene solución porque la pregunta no se ha planteado bien”>> -Sergio Marín

“Yo tengo mucha esperanza en los jóvenes. Le pongo unos diez años para que comience a plantearse una transformación. Pero en el corto plazo no hay” -Carlos Martínez

“No tengo idea para dónde vamos. Lo que siento es que hay un descontento muy grande con este gobierno y muchos jóvenes están tomando consciencia” -Susana Gómez

“Hablar sin prevenciones, sin preconcepciones, hablar en el lenguaje del amor” -Manolo Bellón