El calor incrementa y las ventanillas van cerradas, la música compite con el ruido del motor y el conductor canta algunas canciones de reguetón que suenan en la radio.

 

Por: Margarita Rojas Torres

El bus, a pesar de su incidencia en la vida ciudadana, posee un cierto misterio inquietante, una manera de ser inusitada que despierta el deseo por saber la cantidad de historias que pueden ser contadas en un recorrido, las reflexiones de alguien que sale del trabajo o la facultad, o simplemente lo que circunda en la vida del chofer.

El humo del bus corre rápidamente como los pensamientos de los pasajeros. Son las 10:10 am y me subo a la ruta 17 que se dirige a Frailes, Dosquebradas. Pago los 2.100 pesos del pasaje, agradezco y me acomodo en una de las sillas grises con líneas naranjas. El bus va despacio. Hay unas 14 personas con la mirada hacia adelante y otras que se pierden en la ventana. Sus rostros dibujan la frescura de un día que acaba de comenzar.

A 20 grados, con un aroma a cigarrillo, la ruta pasa por el parque El Lago donde dos personas se suben, uno saluda al chofer y el otro solo le entrega el dinero y se sienta. Metros más adelante, en la carrera quinta con calle 22, el bus se escurre rápidamente entre la fila de carros y motos que normalmente alberga el centro de Pereira. No se escucha ningún sonido salvo el ruido del motor.

En la avenida del Río una muchacha que porta un uniforme del centro cultural Lucy Tejada se sube junto a su madre. En ese instante, otra señora, un tanto intrigada, les pregunta por la calidad de las clases en esa institución. Charlan un rato y la conversación se torna tan cómoda y larga que, llegando a La Pradera, Dosquebradas, la señora les comenta: “Como mi hijo tiene autismo, no he podido encontrar el lugar indicado para él y quiero meterlo en una actividad distinta al colegio”. Sin embargo, nadie presta atención a la escena, algunos llevan audífonos y otros hacen el esfuerzo de no dormirse en medio del trayecto.

Llegamos hasta Frailes y logro ver una biblioteca comunitaria. A su vez, se divisan algunas montañas y terrenos baldíos en los que poco a poco se construyen casas y conjuntos residenciales. El bus queda completamente solo y tomo de nuevo la ruta 17 para devolverme. En esta ocasión, el trayecto comprende una gran parte de Dosquebradas hasta llegar al sur de Pereira.

El vendedor de dulces se sube al bus, salta por el torniquete para no marcar el pasaje y se para junto al chófer para ofrecernos un producto que, según él, es delicioso y barato. Camina por el pasillo entregando lo que serían unas galletas de mantequilla, algunos lo rechazan y otros no le ponen atención. Un señor que está junto a mí le entrega un par de monedas y le dice: “Muchacho, sígale camellando para que pueda para salir de pobre”. Ambos se ríen y el vendedor le agradece al conductor la amabilidad, finalmente, salta del bus y grita: “¡Ruta 17!, ¡Samaria, ¡Poblado, Villa Verde!”.

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Calor, noticias y video

El calor incrementa y las ventanillas van cerradas, la música compite con el ruido del motor y el conductor canta algunas canciones de reguetón que suenan en la radio. El bus para por un momento y un joven se sube por la parte trasera, se sienta al lado del chófer, se saludan como si fueran viejos amigos y el bus continúa su trayecto. Las personas ignoran el hecho y mantienen su mirada fija hacia delante. Hablan fuerte y claro: el joven lleva una gorra beisbolera blanca, gafas negras, camiseta negra, pantalón rojo y un morral negro. Su cabello castaño le llega hasta la nuca.

El silencio reina por un momento cuando el bus desciende por la avenida del Río para subir hasta la carrera cuarta. En ese instante, el joven de gafas oscuras le pregunta al conductor si supo “lo del man que mató a su hermano en Cali”, el conductor lo mira por un segundo y le dice que no: “Cómo así, hermano, si eso fue noticia –replica sorprendido–, imagínese que hasta la mamá de ambos, al enterarse de eso, se murió de un infarto. Tengo el video”.

El conductor sigue con su mirada fija en la vía y se queja de lo “desgraciada que puede ser la gente al no ayudarlo y simplemente grabar”. El otro muchacho le da la razón y remata: “Le hubiera pegado una puñalada y relajado, al cabo que son hermanos, pero ese man quería matarlo”.

El recorrido continúa, se suben unas tres personas más y el conductor y su amigo siguen hablando del tema. Ven el vídeo del incidente y nadie parece percatarse de lo que ambos están haciendo. Se ríen fuerte y por un momento el bus parece que fuera completamente vacío.

Más adelante, llegando a Villa del Prado, hablan de otras rutas y los robos constantes de las tablas donde se marca el número de la ruta y sus destinos. Llegando a Samaria, el joven amigo del conductor se baja y le grita: “Más tarde lo espero en mi casa, bobo, para que comamos algo”, ambos se ríen y el conductor sigue su camino.

Algunas personas se bajan sin decir más y otras simplemente van con la mirada desconectada y fija en el paisaje. Suena un celular y una señora contesta, habla bajo para conservar el silencio que comienza a imponerse de nuevo y cuelga pocos metros después.

Luego se suben una chica y una señora que parece ser su madre, se sientan detrás de mí y comienzan a hablar sobre lo que la joven quisiera estudiar en el Sena.

Suena otro celular y un señor lo contesta rápidamente, habla un poco y cuelga, le vuelve a sonar y contesta un poco más irritado: “Ya, ya lo llamo”, dice y corta la llamada. El bus sale hacia el barrio Providencia y me levanto con un poco de dificultad, camino por el pasillo hasta el timbre para parar y con un “gracias” me bajo del vehículo como una simple pasajera más.