«Retorcedme sobre el mar, /al sol, como si mi cuerpo fuera el jirón de una vela. //Exprimid toda mi sangre. /Tended a secar mi vida/sobre las jarcias del muelle. //Seco, arrojadme a las aguas/con una piedra en el cuello/para que nunca más flote. //Le di mi sangre a los mares./¡Barcos, navegad por ella! /Debajo estoy yo, tranquilo».

Rafael Alberti

 

Después el aire

Diego Alexander Vélez Quiroz

Instituto Municipal de Cultura y Fomento al Turismo

Pereira, 2016

En Manaure, Barcelona, Cartagena o Lima el aire huele a mar. A sal, para ser más exactos. Pereira huele a montaña, dicen los poetas; a orines, dirán los más escépticos. ¿Pero a qué huele esta novela que usa estas ciudades como referencia?

No sé si podrá olerse, pero es innegable que en ella abruman la soledad y la incompletud, esos sentimientos tan propios de Pessoa, de esos poetas que nacieron con el mar fijo en los ojos y el sentimiento de lo infinito arraigado en el alma. Es la novela de un poeta, de un marinero en tierra, de un hombre que ha vivido desde abajo, desde el asfalto duro que la vida entrega a quienes nada más tienen. Y todo eso se refleja en sus páginas.

La calle, accidente de la realidad, parece escurrirse en sus líneas, pues ella se abre y extiende luego en aposentos hogareños, hoteles o en la infinidad de bares que desfilan como un acertijo de la vida. Todo es calle en sus páginas.

El bar, varios en realidad, forma civilizada de la calle falsamente protectora, es el espacio donde más se sueltan los narradores en esta novela coral. De hecho, en un bar se desmadeja la inicial tragedia de “Después el aire”, pero en otros muchos se extiende dejando a su vera corazones solitarios que no hallan más que ecos de las voces deseadas y en uno último pareciera cerrarse el círculo infernal de la venganza.

Gloria, la hija de María Altamar, es una mujer joven que hila el relato, una preciosura tropical que salta desde la casa de esterilla en la muy empobrecida Manaure, allá en esa Guajira tan lejana de nuestros corazones, y llega a las altas esferas barcelonesas saturadas con sofisticados ambientes ajenos por completo a lo que ella quisiera ser.

Gloria, nombre de revancha y a la vez de esperanza, es un referente en las vidas de Jósef y Edmundo, un triángulo amoroso en el que los perdedores animan la historia. Es una relación que involucra a otros, como Magdalena y Carles, este último “un aspirante a escritor que logró publicar una novela a través de los programas de estímulos del ayuntamiento”, una frase premonitoria para esta novela ganadora del premio nacional de novela Aniversario Ciudad de Pereira en el 2016.

Gloria, Jósef, Edmundo, Magdalena, Carles… quinteto de derrotados por ellos mismos, por su incapacidad para establecer lazos perennes, incluso, de creer que los otros pueden llegar a significar algo más allá del compartir la cama. La sexualidad, una tan convencional como seres vacíos de corazón habitan esta obra, ronda las páginas edulcorando un devenir predestinado al desastre, a la incapacidad de aceptación de aquello que los demás ofrecen. Personajes autistas que se hablan a sí mismos para eludir entablar diálogos con otros.

En ese sentido, la incapacidad de comunicar, más que de sentir, vendría a ser el problema madre de los protagonistas, seres agobiados por el lastre de un pasado no comprendido y por un futuro indeseado. De hecho, el futuro no existe, solo palpita un sempiterno presente y quizá los resquicios de un gaseoso “antes”.

Los encuentros amorosos son tan solitarios como ese fluir de conciencia lanzado por algunos de los personajes, como Gloria, Magdalena o Edmundo. Por su parte, los hackers Jósef y Carles no se piensan a sí mismos, para qué, para ellos está esa red hostil que echa raíces espurias en la virtualidad, al fin de cuentas los hackivistas/escritores son solitarios lobos dedicados a su propio culto.

Suma de soledades entre dos continentes, esta novela inicial de Diego Alexander Vélez Quiroz es el pálpito de una época en la que ya no se busca algo en qué creer, actitud por demás innecesaria para la individualidad extraviada entre la muchedumbre nutrida con soliloquios de gentes que no saben extrañar porque olvidaron cómo era eso de entregarse cuando se ama, muchedumbre saturada con falsos amantes que temen darse, desconocedores de aquella frase atribuida a Stevenson: “Se puede dar sin amar, pero no se puede amar sin dar”. Una novela con personajes que no saben amarse y un epílogo que no debiera haber sido.