Diego Alexander Vélez Quiroz sabe que a través de las urdimbres del lenguaje se encuentra la posibilidad de navegar tras lo imposible. En este caso, “navegar tras lo imposible” significa recobrar —a través de una misteriosa comunión— la ausencia de todo aquello que hemos amado, pero que, poco a poco, se ha difuminado con el paso del tiempo.

 

“La poesía es la esperanza de lo que no tiene esperanza”

Raúl Zurita

jhonattan-arredondo-fotografia-andres-mosqueraPor: Jhonattan Arredondo Grisales

Primera:

Un día cualquiera, en un instante cualquiera, alguien puso entre mis manos un puñado de palabras que desde entonces tintinean en mi cabeza. Ese puñado de palabras —que en realidad no son palabras, sino otra cosa que jamás alcanzaría a definir— aparecen escritas, milagrosamente, en los diarios del poeta italiano Cesar Pavese: “La única alegría en el mundo es comenzar. Es hermoso vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante. Cuando falta esta sensación —prisión, enfermedad, hábito, estupidez— uno quisiera morir”. No sé, en todo caso, por qué razón nos cuesta tanto levantar las anclas, mirar sin terror el horizonte o transitar, sin más, el camino que siempre hemos mirado desde las rendijas de una minúscula ventana. Me pregunto: ¿Qué nos sujeta al pasado? ¿Qué tejidos, qué voces, qué rostros se aúnan en las costuras de la memoria? Es cierto: aceptar que el final es el comienzo, no es algo que asimilemos con la serenidad de un monje. Esa íntima revelación, reza un verso griego, sólo puede ser avizorada cuando empezamos a convivir con el pasado. Quizás, en ese diálogo inconcluso, encontremos el sentido que creíamos perdido: esa prisión, ese hábito, esa enfermedad, esa estupidez. La vida.

 

Segunda:                        

Diego Alexander Vélez Quiroz sabe que a través de las urdimbres del lenguaje se encuentra la posibilidad de navegar tras lo imposible. En este caso, “navegar tras lo imposible” significa recobrar —a través de una misteriosa comunión— la ausencia de todo aquello que hemos amado, pero que, poco a poco, se ha difuminado con el paso del tiempo. En uno de los poemas que componen el libro “Para llegar a puerto/ y otras heridas”, recién publicado por la editorial “Klepsidra Editores”, el joven poeta confirma lo anteriormente mencionado: “Mi casa es una palabra que no existe, que busco a diario en el delirio de los siglos”. Dos versos que nos hablan de un principio que, además, es un fin: los seres humanos, simples mortales, estamos condenados a perseguir los pedazos de la vida que se van quedando atrás, para decirnos, con una fe ciega, que el regreso (aunque no exista) es todo lo que nos pertenece. La lectura de este poemario, entonces, implica caminar entre nieblas. Empero, esa espesura, densa en algunos momentos, logra equilibrarse cuando comprendemos que el dolor, a pesar de sus intensos extravíos, también puede convertirse en el nacimiento de “algo” que intenta ocupar un espacio. ¿Qué otra misión tiene quien se lanza al abismo que la de crear presencia donde sólo encontraba total incertidumbre? De ahí que nos diga que para llegar a puerto sólo necesita una palabra. En últimas, la orilla, la dulce orilla que nos aguarda después de un largo viaje.

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