Ganador del Premio Anual de Novela Ciudad de Pereira 2017, su afinidad por la novela negra lo convierte en un extraño en un entorno donde este subgénero ni siquiera es tenido en cuenta en las escuelas de literatura en la región. De hecho, es el único risaraldense que tiene una obra publicada de este tipo y que ha sido, además, premiada.

Mientras crecía vio cómo la ciudad que solía recorrer con su padre iba muriendo. Los paseos por la Galería central no serían más los de antes. Viejas cafeterías cederían su lugar a grandes almacenes de cadena y a la plazoleta.

Redacción TLCDLR

Luis Alfonso Salazar no parece un escritor. Por lo menos, no un típico escritor de esta ciudad, donde las poses románticas del autor del siglo diecinueve abundan a cada paso. Es un hombre que vive la cotidianidad como algo natural, sin esnobismos ni poses intelectuales. De hecho, dice amar la obra de Mario Vargas Llosa, un autor que es objeto de toda clase de cuestionamientos al interior de la Academia.

Encontró, como muchos jóvenes, el refugio en los libros cuando era adolescente. Uno de sus primeros grandes retos lo afrontó con Freud, cuando tenía 14 años. Pero allí no se quedó. Empezó a explorar en el fichero los títulos que más le llamaban la atención. Luego, en una suerte de negociación con el dependiente, para poder tener más de un libro, encontró en el boom latinoamericano narraciones que lo complementaban. Desde esos días, el estilo de Vargas Llosa, le dejaría una honda impresión.

Mientras crecía vio cómo la ciudad que solía recorrer con su padre iba muriendo. Los paseos por la Galería central no serían más los de antes. Viejas cafeterías cederían su lugar a grandes almacenes de cadena y a la plazoleta. El pueblo mudando a ciudad. A pesar de estos cambios, y gracias al primer empleo: mensajero, siguió pasando de calle a carrera o de bis a avenida. Continuó reconociendo los recovecos de esa ciudad que empezaba a amar. Poco se imaginaría que esos recorridos le ayudarían a construir una serie de historias con las que sería reconocido.

Cuando decidió enrolarse en los estudios profesionales, tenía bagaje. Contaba en su haber con Saramago, Vargas Llosa y García Márquez. Su paso por la Licenciatura en español y literatura fue exitoso. Al final logró la beca que le permitiría continuar con su formación. En el recorrido del pregrado, sintió que un bicho le empezó a morder las entrañas. Quería escribir. Sin embargo, el tiempo y las responsabilidades lo alejaban de ese proyecto. En la decisión de escoger la maestría que deseaba encontró el golpe de suerte, el empujón que quería. En la maestría de Estética y Creación le aceptaron como proyecto escribir un libro. Supo que la única forma de lograr algo en la escritura, era forjando una rutina, segmentando algunas horas y dedicarlas a enfrentar el temor que produce la hoja en blanco. Definió que la madrugada, entre las 3 y las 6, era su mejor momento.

Es casi una ironía. Su vida depende de la academia. Está ligado fuertemente a ella, pero sabe que el género en el que se enroló, no es bien recibido por la misma.

Logró superar un primer intento fallido y como muchos, decidió incinerarlo en el olvido. En esa búsqueda que le dejó el traspié, halló en la novela negra un universo para explorar: la crítica social, la crítica al statu quo, los matices de los personajes. Tratando de situar la historia, pensó que lo mejor era ubicarla en una gran urbe: la capital. Desechó esa idea. Necesitaba algo que él conociera. Rápidamente se dio cuenta que el lugar ya lo tenía. Su ciudad. Esta es la gran protagonista de sus historias. Los mangos de la plaza, la lluvia constante, los viejos edificios, las calles: la nostalgia que le transmite.

No oculta que le duele el cambio que tuvo. Esa mutación que modificó los colores, transformando los espacios. El transporte masivo, las pocas calles, los constantes atascos vehiculares.

No obstante, sus historias tienen otro protagonista, que no es Luis Alfonso. Por lo menos, no del todo. El protagonista –Mario Cifuentes– tiene sus propias características: es un hombre rudo, que tiene la justicia como pilar moral; que sabe que en un país como este, la justicia es pobre, por eso él, acompañado de su Colt, no le teme convertirse en la manifestación de la misma.

Luis Alfonso ha logrado construir una saga donde el personaje se desarrolla. La primera parte, casi gana el concurso de novela de 2015 (obtuvo un reconocimiento). La segunda parte decidió no enviarla a concurso y la tercera, Loveland, fue la ganadora de la Convocatoria municipal de estímulos 2017 de la secretaría de Cultura de Pereira. Las dos primeras –Pasado clandestino y Los cadáveres del convento– están autoeditadas en Amazon, bajo el seudónimo de Luis Salas.

Es casi una ironía. Su vida depende de la academia. Está ligado fuertemente a ella, pero sabe que el género en el que se enroló, no es bien recibido por la misma. Pero ahí está lo que le gusta: el lenguaje seco, la pura realidad. Reconoce en esas virtudes una ventaja. Se siente un pionero en la ciudad. Encuentra que los otros autores tienen un estilo más cargado de metáforas, donde cuidan ampliamente la gramática. Él prefiere ser efectistas. Enganchar al lector con rapidez, con acción.

Cree que si otros autores se atreven a incursionar en el género pueden encontrar un gran mercado, debido al boom de novela negra. Sin embargo, sabe que en el juego con las formas, en el atrevimiento y en las miradas que se obtengan de la realidad, está la diferencia.

Por el momento, Luis Alfonso sigue llevando su personaje por diversos viajes. En la novela que trabaja actualmente, el pasado del padre de su protagonista va empezar a morderle a incitarle que persiga su sombra por los rincones de la ciudad que extraña. Veremos si lo consigue.