Retrocediendo, la miré a ella con animadversión y piedad: una piedad enteramente mía, desoída por Dios.

 

Por / León Darío Gil Ramírez

Desde la escuela Juan XXIII, donde estudiaba, a la casa, me demoraba siglos. Acaso me perturbaba el hambre, pero para envolatarla el camino me guiñaba juegos, aventuras, regodeos. Se me atravesaban, puestos por un mágico deber y del todo quebrantando el talante real de la ciudad, callejoncitos de mentiras vividos por duendes escondidos, brujas por entre ventanas entornadas, hadas entretenidas en golosas o en ula-ulas de colores vibrantes.

Me convidaban las estatuas. Era imposible no sucumbir ante la tentación de los timbres. Un clavel o una rosa de un jardín me llamaban a cogerlos. Los árboles me invitaban a treparlos. A buscarles un descuido a las palomas para atraparlas. Sin noción de mí ni del tiempo ni del cuaderno que sacaba al desgaire del maletín escolar, hacer y echarle barquitos a la mugrosa mansedumbre de la pila del parque, avioncitos a los rumbos caprichosos del viento. O, vacío de cualquier otra preocupación, otear la vida desde los apacibles atrios de las iglesias o desde los escaños que me proponían los parques.

La Valvanera me llamaba la atención tal vez porque, contrariando todas las iglesias que hasta entonces conocía, esta carecía de plaza. Fotografía / Cortesía

Seguía con abstraída curiosidad los amores intranquilos de un perro y una perra que, para sosegar sus naturalezas y huir del fastidio que les procuraban los transeúntes, buscaban el amparo de una propicia soledad. En esas se me atravesó, abierta, La Valvanera. Creo que fue una dádiva del azar o una disposición de la voluntad divina, porque siempre que pasaba siempre estaba cerrada.

La Valvanera me llamaba la atención tal vez porque, contrariando todas las iglesias que hasta entonces conocía, esta carecía de plaza, con árboles, jardines, el bronce de un héroe y escaños para que los viejos apaciguaran su molicie o soledad, y los demás sus personales pensamientos, angustias o alegrías.

Puesta sobre una esquina en los comienzos del centro de la ciudad, parecía un atropello encajonada en medio de casitas y caserones desolados, desolados y mustios, cargados de tejas y de años, casi siempre cerrados o, por si acaso, uno que otro postigo abierto donde era posible sorprender un rebrujo de canas viendo al escondido el transcurso de la vida de afuera.

El nombre mismo me envolataba en raras imaginaciones. Desde mi casa la divisaba como una extraña nave encallada en medio de un paisaje surtido de barrancos, empalizadas y enchambranados interiores resaltados por los vivos colores de las ropas al sol y al viento

Me gustaba su arquitectura sin opulencias, su blanqueada sencillez, su localización en una esquina sin méritos, su torre de corrientes y rotas geometrías donde a prodigarse currucuteos, arrimos, picoteos y amores se metían las palomas. Y me tramaba su soledad desmentida de vez en cuando por dos o tres monjas fugaces, de caras amargas enmarcadas en lutos atemperados por un bordecito blanco, siempre de riguroso negro, siempre del mal humor y siempre hoscas.

Entré. Superé el cancel. La luz que la invadía a borbotones era una luz más luz que la luz de la calle, una luz chorreada de azules y amarillos que le arrancaba el sol a los vitrales: era una estancia mágica. Al silencio se le pegaba, sereno, tierno y lejano, el currucutú pasional de las palomas y unos murmurios de vientos atrapados. Oliendo más a limpio que a iglesia, a aire tibiamente santificado.

El confesionario de la izquierda me abrió un dolor no sé dónde. En la parte posterior de la nave central, alto, al fondo del altar, presidiéndolo, me deslumbró el oro vivo de un marco que enmarcaba la figura en alto relieve de la Virgen cargando al Niño. Un marco de tales proporciones y de tan atiborrada belleza le restaba realidad y protagonismo a la imagen que contenía. No menos que al sagrario enfundado en seda verde de lucidos brocados, brocados que no puede dilucidar.

Las columnas, muchas, terminaban todas en las mismas volutas doradas.

Al altar lo salvaguardaba a los lados un par de ángeles precavidos, abrumados de lámparas. A punto de caer, amenazantes, no sé cuántas, las arañas surtidas de cristales y bombillas colgaban del techo. La M inscrita en cualquier lugar de la arquitectura me procuraba mágicas cavilaciones.

Fuera de la invisible e inexpresable presencia de la Divinidad, de la congelada y pesarosa de los santos, de la humanizada y rigurosa de los escaños, y de la indiferente de las cosas, otra, achaparrada y abundante, vestida de monja, con nerviosa tranquilidad bregaba con el altar. Lo limpiaba y, de seguro, lo disponía para un oficio.

Parado más cerca del altar que del cancel sentí que el viento, un viento rasante y juguetón, se me colaba por entre las botas del pantalón provocándome un breve estremecimiento de agrado. Como transportado por un fortuito ramalazo de ensueño perdí por un momento inexistente la noción del tiempo y del espacio. Dentro del ensueño oí, proveniente del altar, un chapoteo bienhechor de cristales.

Por alguna asociación inexplicable recordé que venía detrás de unos perros, cuando no los vi, volví a recuperar la conciencia de que estaba dentro de La Valvanera. Sentí en la espalda el peso de mi maletín escolar, y por el maletín supe que venía de la escuela, que iba para la casa.

El paso, uno que di mirando las arañas, lo di maquinalmente, también el otro y otro más. En el otro me detuve y miré con más detalle el encantado marco de la Virgen. Desde el altar con la mano en alto, congelada como una estatua, con rapaz fijeza me miraba la monja. Sin dejarme de mirar descongeló el movimiento y como una autómata reinició su quehacer.

Gorda, achaparrada, risible en algo. Su apariencia me llevó a creer no tanto que fuera gorda sino, más bien, que estaba inflada. Y no era una rareza, pensé, que de un momento a otro se elevara como un globo. Oí que pujaba en un esfuerzo por no dejar escapar el aire que la mantenía en tierra.

Nada en su ser, nada, era agradable o nada de lo suyo se acoplaba a mis primordiales sentimientos. Pero me atraía. Me atraía no como un halago o como una satisfacción sino como un desafío. Eso era lo que, sin darme cuenta, me hacía avanzar. En el centro del templo recordé que no eran de ese porte y de esa calaña las poquitas monjas que habían pasado por la brevedad de mi historia. También recordé que solo y en un lugar así era la primera vez que me encontraba. Mal que bien había tratado con los curas. Ni una palabra había cruzado con las monjas.

Con contrariada repelencia, arrugada la frente, me preguntó seca: ¿Qué se le ofrece? Fotografía / La Patria

Avancé, y más hasta que la pude oler. Olía a agua oxigenada. Abotagada de rostro. El ancho hábito, ancho para cubrirle el anchor de su anchuroso porte, no me permitió verle los pies. Sentí que flotaba. Me abrió una sonrisa pensar que si la pinchaba con un alfiler se desinflaba. Se me acercó tanto que la oí respirar. En la punta de la nariz, arracimadas, le brillaban gotitas de sudor. Procuraba que su respiración, pedregosa, no lo fuera. Con la lengua bregaba con una molestia incrustada en el fondo del paladar que le agregaba un tic de escondida malquerencia y la dejaba expuesta a cierta conmiseración o a cierto encono.

Con contrariada repelencia, arrugada la frente, me preguntó seca: ¿Qué se le ofrece? Me dio miedo su presencia hostil, su cara agria, su cascajoso y amargo tono de voz. El luto que le escondía las orejas y le amortajaba el rostro le otorgaba un hálito de cargada inverosimilitud. De los hombros le colgaban los brazos como dos añadiduras ajenas o postizas, pero por su atavío apenas pude distinguirle las puntas de los dedos donde se engastaban unas uñas finas, curvadas y blanquísimas.

La pregunta que tenía puesta en mi boca fue más grande, fue más imprudente que las ganas de salir corriendo. Abusando de una brizna de valentía se la pregunté: ¿Sor señora, por qué las monjas no pueden dar misa ni confesar? Se descompuso. En un esfuerzo por neutralizar su rabia o por lo menos disimularla ante las celestiales e invisibles presencias, resopló para adentro; el lugar de sus ojos lo ocuparon, momentáneamente, dos chisporroteos diminutos.  Sentí que estaba a punto de estallar en graznidos. El paso que adelantó y el pellizco que con saña infernal me retorció en el brazo, sucedieron en un mismo, fugaz y fulminante instante. Quemante como una llama, al dolor lo apreté duro entre los dientes, entre los puños, entre los pliegues del alma: no lo deje salir. Me miré y pude percibir que sangraba. Retrocediendo, la miré a ella con animadversión y piedad: una piedad enteramente mía, desoída por Dios.

Oí que farfullaba condenados odios contra las escuelas, familias, padres y maestros alcahuetes, contra niños malcriados y ociosos que van por las calles sin Dios y sin ley, carisucios, culirremendados, con la camisa por fuera o desabotonada, pecando a la vista de un mundo sin corazón, viendo lo que no deben ver, preguntando insolencias, a plena luz del día conviviendo con maldades de todo tamaño y color, departiendo con todos los demonios.

La oí hasta cuando, desgarrado el corazón, herida la conciencia, dolido en las entrañas, con un grito profundo abriendo los puños y desapretando los dientes, el dolor me echó a correr… llorando.

La única y última vez que volví a ver a la monja, pasados los años, la vi barriendo la calle de una ciudad maravillosa. Pero la escoba, en vez de barrer, como un manojo de pinceles refregaba la calle con líneas locas de colores estremecidos que, después, movidos por una voluntad extraordinaria se apoderaban de los andenes, invadían las casas, salían por las ventanas, se metían por los desagües, se trepaban a los postes, seguían por las cuerdas de luz, se enredaban a los seres y las cosas en una danza alucinante y frenética. En el tramo más real y humanizado de este sueño ella me distinguió, yo también; ella me sonrió, yo también.

leondarialaluna@hotmail.com