Poco a poco las prendas hacían que la bolsa estuviera más llena y había llegado a la parte más difícil, quitarme el bóxer. Debo admitirlo, fue raro e incómodo. La verdad, fue un viacrucis quitármelos. Estando desnudo, Ana me toma la mano como tratando de tranquilizarme.

 

Tomado de peruswingers.blogspot.com

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Por: Juan Camilo Santamaría

Son frías las noches de los viernes. Era veintisiete de octubre y se había adelantado la ansiada noche de los brujitos. Los espíritus salieron más temprano apoderándose de aquellas personas que salen en sus disfraces con el deseo de pedir dulces o rumbear hasta que el sol haga su aparición. La noche se opacaba con el pasar de los minutos mientras estábamos en un café bar.

Me acompañaba una bella dama de apariencia amable y sonrisa que resulta difícil echar de menos. El lugar se encontraba ambientado con telarañas, brujas, esqueletos y calabazas gigantes. Sentados, esperábamos una pareja que de una forma u otra nos cambiara nuestra educación sexual.

A las once y media una pareja se acercó a nuestra mesa. La mujer llevaba medias veladas debajo de una minifalda roja; su escote era del mismo color. Tenía una capa negra y unos cachos posaban sobre su cabeza. Detrás, un hombre disfrazado de diablo parecía ser su acompañante. Inmediatamente, mi pareja me miró fijamente.

-Andrés*, ahí vienen.

-¿Quiénes?, yo no veo a nadie.

-La pareja swinger de la que te hable, están disfrazados de diablos.

Por dentro sentí adrenalina. En realidad, era físico nerviosismo. La pareja se sentó pronto en la mesa. Los dos saludaron a Ana* de beso en los labios. Quedé perplejo al ver una pareja tan liberal.

–          Ana, ¿quién es tu acompañante?

–          Él se llama Andrés y está interesado en su ambiente.

En ese momento, el hombre disfrazado de diablo tomó la palabra y me miró fijamente.

– ¿Por qué estás interesado en los swinger?

– Quiero vivir la experiencia. Me da bastante curiosidad explorar un poco su mundo

Pero nosotros somos muy discretos en estas cosas, ¿entendido?

-Me imagino, pero cuéntenme un poco.  ¿Dónde se reúnen?

-Bueno, nosotros tenemos un bar que queda en el centro pero cuando hay más de diez parejas, el evento se realiza en fincas.

Las horas transcurrían y la fiesta entraba a su clímax. Pedro* sacó a bailar a Ana. Yo me quedé en la mesa con Cristina*. Ambos miramos como los dos juntaban sus cuerpos y bailaban al ritmo de la electrónica. Cristina soltó una carcajada.

-Andrés, mira como Ana le copia a mi marido. Creo que ustedes son serios candidatos para visitar nuestro bar.

– Sería un placer. Pero te hago una pregunta un poco incómoda, ¿a ti no te dan celos ni nada por el estilo?

Andrés, la verdad, yo ya estoy acostumbrada. Llevamos cinco años en este mundo.

Cristina me sacó a bailar. Pedro se echó a reír y le mandó un beso a Cristina, tal vez con la intención de decir que todo estaba bien. Bailando podía sentir como nuestros cuerpos se rozaban; ella era muy sensual. Fue dirigiendo sus manos hacia mis glúteos con el fin de pegarme más a su cuerpo. En voz baja me dice.

-Juan quiero que vengas al bar, estoy muy interesada en ti.  Eres una persona joven y discreta.

Entre risas, le dije que agradecía la oferta y que ella me parecía una mujer muy atractiva. Continué preguntándole si eso no debíamos hablarlo los cuatro y ella asintió con la cabeza. Necesitaba consultarlo con su esposo.

La noche seguía y luego de bailar varias canciones, fuimos a hablar lo que habíamos buscado desde el principio. Pedro quedó encantado con Ana así que él tomo la iniciativa de invitarnos a su bar el día dos de noviembre. Inmediatamente, Cristina,  sin pelos en la lengua, le dijo a su marido que si yo podía estar con ella en el momento en que estuviéramos en el bar swinger.

Las cortinas negras, las telarañas y los diferentes adornos que tenía el bar para la noche de brujas se fueron deteriorando con el transcurrir de las horas. Finalizando la fiesta, la pareja se despidió de nosotros con una frase a quemarropa.

Tienen que ir al bar, van a ser la pareja sensación”.

 

Ser swinger no es un hábito nuevo se practica desde hace largo tiempo pero en este siglo y a finales del pasado es cuando, abiertamente, se publica y se habla sobre esta modalidad sexual. Foto tomada de: http://www.minuto30.com/?p=121290

Ser swinger no es un hábito nuevo. Se practica desde hace largo tiempo, pero en este siglo y a finales del pasado es cuando, abiertamente, se publica y se habla sobre esta modalidad sexual. Imagen tomada de: http://www.minuto30.com/?p=121290

 

***

 

La semana transcurrió con un poco de ansiedad pues esperaba el momento en el cual entraría por la puerta de ese lugar. Me reuní con Ana en un café de la ciudad para hablar de lo que había sucedido en ese travieso viernes en donde los dos, le abríamos la puerta a un nuevo mundo. Entre el cruce de palabras y con una taza de café, pusimos en conversación algo que era realmente obvio: el día en que nos tocaría ir al bar.

–          Ana, estoy algo nervioso. No sé qué voy hacer en el momento que me toque quitarme la ropa en aquel bar.

–          ¡Ah! Así estoy yo. La verdad creo que es el único problema voy a tener, ¿te imaginas toda la gente mirándonos?

–          Sí, pero no sé, ¿si estas dispuesta hacer eso? Si no lo estás, no hay problema.

–          Si Andrés, ya habíamos hablado y estoy dispuesta a ir. Además, también quiero vivir esa experiencia.

Luego de tomarnos unas cuantas tazas de café y entre risas, motivaciones y ansiedad firmamos una promesa. Dijimos que el viernes íbamos a la fiesta sin falta, pero claro está, haciéndonos pasar como pareja.  Y así fue, pues para acercarnos más y dar la impresión de ser una verdadera relación, los días miércoles y jueves visitamos los mismos lugares para charlar de gustos, metas y de nuestra forma de ser. Nos volvimos muy amigos, tanto así, que nos llegamos a contar experiencias muy personales.

***

 

La ansiedad se apoderó apenas al empezar la mañana de ese viernes dos de noviembre. Llegaba el día en donde debía enfrentarme a algo completamente nuevo y desde que sonó la alarma del celular, mi conciencia se hacía a la idea de que iba ir para ese tal bar swinger en donde lo único que sabía de ellos, se lo debía a un programa de televisión. Mi mente solo podía centrarse en eso. Solo eso tenía ocupada toda mi conciencia. ¡Juemadre, en qué me he metido!, pensé más de una vez durante toda la mañana y tarde de ese día en donde las horas corrían lento. No tenía cabeza para pensar en si iba a tener sexo o no, sólo imaginaba el momento de entrar y quitarme la ropa delante todo el mundo. Sentía físico nerviosismo.

Salí de la universidad mientras el reloj marcaba las seis de la tarde. Mientras me dirigía hacia la casa, fabricaba bromas en mi mente para ahuyentar un poco los nervios que con el pasar de los segundos se apoderaban del cuerpo. Me preguntaba para qué ir con una buena pinta si al fin y al cabo me iba a desnudar. Eso era lo que al final interesaba.

Eran las once de la noche. Salí de mi casa para recoger a Ana. Del taxi a su casa la tensión crecía. Al llegar, me encontré con que ella estaba hermosa. Con rapidez, tomamos otro vehículo para dirigirnos al lugar que tanto nerviosismo nos producía. Ana me preguntó si estaba listo para la aventura. Levanté la cabeza y solo dije lo que en verdad sentía mi cuerpo.

–          La verdad, no.

–          Fresco, que igual vamos a pasarla bueno.

El sitio era muy discreto, tanto así que no se distingue de los demás. La llegada al lugar fue bastante curiosa pues los vidrios estaban totalmente polarizados, dejando ver solo la dirección del punto donde nuestra sexualidad era la protagonista. Los números eran grandes y dorados. 111 era uno de los números marcados en esa edificación. Quise saber de inmediato qué significaban, pero la mente no estaba para descifrar números.

Ana tocó con rapidez el timbre del establecimiento. Mis piernas tiemblan de tal forma que me tuve que sentar en el andén para tranquilízame. Levanté la cabeza y vi a Cristina asomando su cabeza por la ventana. Con estupor, pensé que lo único que debía hacer era pararme de ese andén y entrar al lugar para salir de eso.

-“Bueno Andrés, untado el dedo untada la mano, que venga lo que se tenga que venir”.

Me paré del andén mientras Cristina abría la puerta para dejarnos entrar. Con una sonrisa en su rostro, la dueña del bar nos dice: “bienvenidos a su casa de diversiones. Cristina se encontraba totalmente desnuda. Nos regala dos bolsas para poner nuestra ropa y nos dice una frase que nunca olvidaré.

–          Bueno, desvístanse acá.

Con una cara de preocupación le pregunto que por qué tan rápido. Ella me contesta que sí, que la idea es sacarnos la ropa de entrada para entrar en el ambiente. Volteé para mirar a Ana y ella me miró como si fuera la persona más tonta del planeta. Sus gestos me decían que me quitara la ropa y dejara de preguntar tanto.

Fue en ese momento cuando mi mente empezó a hacerse una película en la cual no quería ser el protagonista. Pero qué más daba, ya estaba en el bar. Muy despacio empecé quitándome la camiseta. Ana miró que todavía tenía nervios y me susurra, “relájate, disfruta el momento. De cierta forma sus palabras me calmaron, pero lo que en realidad me martirizaba, era ver hombres completamente desnudos en un lugar parecido al jardín del Edén en donde yo también participaba.

Poco a poco las prendas hacían que la bolsa estuviera más llena y había llegado a la parte más difícil, quitarme el bóxer. Debo admitirlo, fue raro e incómodo. La verdad, fue un viacrucis quitármelos. Estando desnudo, Ana me toma la mano como tratando de tranquilizarme. Caminamos hasta encontrar un sofá rojo para dos personas en donde nos sentamos. Me sentía observado y como no pensarlo pues había parejas al frente, izquierda, derecha y diagonales a nosotros.

Una pareja interrumpió mi intranquilidad. Un hombre se nos acercó y nos dijo que estuviéramos frescos. “Pelaos que aquí se pasa muy bueno, esperen al show y verá que se prende esto. Su acompañante me tiró un pico y con eso opacó mi vista. No sabía cómo interpretarlo y no quería exagerar las cosas. Miré directamente sus ojos y me respondió con una sonrisa. Ya teníamos con quién conversar. La pareja fue muy cordial y abierta con nosotros; hablaban de sexo sin rodeo ni escrúpulos. Una singular conversación salió a flote.

–          ¿Es la primera vez que vienen acá?

–          Sí, la verdad he tenido bastante curiosidad en visitar un sitio así.

–      Así que son primíparos. Yo llevo tres años visitando estos lugares con mi esposa, así que relájense y disfruten. Ahora esto se compone, para que pruebes a mi mujer y yo a tu acompañante.

No sabía qué responderle. Solo recuerdo que quería saber cómo se ponía el ambiente. A partir de ahí, estuve callado varios minutos observando el bar. El techo era bastante curioso pues tenía cabezas de marcianos. Pensé que estaban ahí, porque tal vez querían dar a conocer un mundo nuevo en donde todos los presentes éramos extraterrestres. Las paredes se encontraban llenas de calcomanías a blanco y negro con figuras de hombres y mujeres desnudos. En la barra había un tubo en donde se hacían los strippers y al fondo, había un mural con una frase de toda una pared. Era el nombre del bar y dos palabras que escuché en repetidas ocasiones de los dueños del bar. “Open maint” (así, con pronunciación en castellano).

Las copas de aguardiente hacían que la gente se pusiera más a gusto con el pasar de las horas. Después de tres o cuatro copas, Pedro cogió un micrófono y con entonada voz afirmó: “con ustedes, los tan ansiados strippers”. Todo el mundo se emocionó. Se escuchaban silbidos y muchos aplausos. En las escaleras se veía la sombra de un hombre de contextura gruesa y al parecer con un disfraz de policía. Me alteré por completo; no quería ver un strippers de un hombre, en lo absoluto. No quería ver cómo un tipo le daba vueltas a un tubo. El hombre bajó muy atrevidamente las escaleras mientras las mujeres presentes en el bar no paraban de gritar. “Quiero ver tu paquete y quiero ser tuya”.

Ana estaba muy contenta y de cierta forma, me daba gracia verla así, tanto, que no aguanteé y solté una carcajada. Ella escucha la risa y me dijo: “déjeme, vea que el tipo aguanta.

El hombre empezó a bailar en el tubo y frente a cada pareja en el lugar. Se acercaba cada vez más hacia nosotros. Él se acercó a bailarnos y yo solo pensaba que no hiciera cosas raras acá. Ningún Dios se compadeció de mí en ese momento. Todos ignoraron mis súplicas, porque el stripper, en su baile, apoyó un pie en el sofá quedando a pocos centímetros de mis partes nobles. Hace inmediatamente lo mismo con el otro pie; lo apoyó entre las piernas de Ana y sus manos las puso contra la pared. Empezó a mover su cintura de tal forma que su miembro viril zumbaba en mi oído. Mi reacción, desde que lo vi subir, fue voltear la cabeza para el lado contrario de tal forma que no me resultara fácil mirarlo. En ese instante solo escuchaba los gritos eufóricos de Ana.

Debo admitir que fue el momento más incómodo que he tenido en mi vida. Para mi fortuna, Pedro volvió a tomar el micrófono e hizo pasar a la persona para el siguiente show. Era una  mujer. Me tranquilicé. Fue como si me hubiesen echado un balde de agua fría, pues era la mejor frase que había escuchado desde que entré al bar. Podría así olvidar el estrés acumulado durante el anterior baile.

La mujer fue bajando muy sensualmente las escaleras. Su disfraz era de tigresa, que la hacía resaltar en todo el bar. Cuando terminó de bajar las escaleras, se acurrucó y caminó como una felina. Ahora era el turno de los hombres de hacer estruendo. Para mi sorpresa, esa felina sensual era la mujer que me había invitado con anterioridad al lugar. Era la mismísima Cristina. Se acercó a mí sin ninguna prenda encima y con delicadeza, fue colocando sus piernas en mis hombros. Al moverse, noté que la sangre se dirigía con potencia hacia otros rincones de mi cuerpo.

Y así empezó el clímax del establecimiento. A cada pareja se le entregó de a seis condones. La música empezó a tener un tinte erótico. Se podía observar como las parejas se juntaban para tener relaciones y como era de esperarse, la pareja con la que habíamos conversado antes se nos acercó. Dijeron con anterioridad que tenían la facilidad de expresarse sin rodeos, así que el hombre tomó la palabra.  Dijo que podía tener sexo con su pareja así como él con la mía. Ana de inmediato preparó dos copas de aguardiente y brindó conmigo por la experiencia que se iba a vivir. Ella se dirigió al hombre, tomando la iniciativa del acto, y la mujer, por su parte,  se me acercó con sigilo e inmediatez. Abre rápidamente uno de los tantos condones que estaban en la mesa y procedió a sentarse en mis piernas. El resto, se los dejó a su imaginación.

Ahí sí el tiempo se pasó rapidísimo. Después de no sé cuántos minutos ni segundos, la mujer con voz muy agitada me susurra y me dice que mire hacia la derecha. Hay una mujer sola sentada en un sofá mientras la que parece ser su pareja, se encuentra en una orgía de tres hombres y dos mujeres.Paremos y vamos a hablarle haber que resulta con ella”, me dice.

La mujer y yo nos dirigimos tan rápidamente como excitados hacia donde se encuentra la mujer con el ceño fruncido. Nos recibe en tono apático y ella no quiere nada de nada. Ella simplemente se excitaba viendo a su marido estar con otras personas.

Ir a un club swinger significa poder tener sexo, besar, acariciar y observar a parejas desconocidas e incluso formar orgías. Foto tomada de http://mumbaiswingersclub.blogspot.com/

Ir a un club swinger significa poder tener sexo, besar, acariciar y observar a parejas desconocidas e incluso formar orgías. Foto tomada de http://mumbaiswingersclub.blogspot.com/

***

La noche se acerca a su fin. Los cuerpos ya cansados de todas las personas del lugar así lo confirman. El licor y el sudor han hecho que esta fiesta se haya convertido en un pequeño Sodoma y Gomorra. He descubierto que mi acompañante de toda la noche se llama Sofía*. Ella casi susurrando me dice que ha sido un placer conocerme y agrega que prontamente van a hacer una fiesta swinger en una finca en compañía de los dueños del lugar.

– Dame tu correo y celular para que estemos en contacto.

El clímax ya había bajado su nivel. El dueño del bar se acerca preguntándome como la pasé esta noche. Le digo que muy bien, que he estado muy contento, mientras él se ríe. Continúo diciéndole que al final eran más los tabúes que tenía y que me gustaría escribir algún día sobre ellos y de cómo es el ambiente en una ciudad tan conservadora como Pereira. Él solo me dice unas palabras que responden a todos mis interrogantes.

-Lo que hacemos lo hacemos porque no es malo desordenarse un poco

Afirma que además su esposa y él asumen la monogamia sin ningún inconveniente, sólo que son otra clase de pareja la cual la ciudad no permite. La conversación sigue su curso y poco a poco siento que vuelvo a la normalidad.  Pedro me comenta que la idea del bar solo es para divertirse viernes y sábados, además que la gente va al lugar porque ha visto la página en internet y sabe a lo que se enfrenta.

 

***

 

Ha llegado el momento de partir. Ana y yo nos vestimos rápidamente, mientras la gente vuelve poco a poco a la normalidad. Pedro y Cristina se despiden muy amablemente.

 

Son las cuatro de la mañana y estamos saliendo por esa puerta polarizada que me asustaba solo hace unas horas. Cogimos un taxi, pues solo quería recostarme en un lugar. Un incómodo silencio se apoderó de la parte trasera del auto. La risa nos invadió de un momento a otro y solo podía ver felicidad en la cara de mi pareja por un día. El taxi dejó a Ana en la puerta de su casa. Me despedí de ella con la sonrisa que solo puede tener alguien borracho.

 

Ahora me encontraba solo después de una noche turbulenta; la parte de atrás del taxi era arrulladora, pero a la vez se sentía tan vacía  como ningún otro lugar en esa noche. Recostado, mi mente solo pensaba en lo que había ocurrido hace unos momentos. El sexo, sudor, licor y hormonas aún se encontraban impregnados en mí. Debía relajarme pronto si en verdad quería lograr el objetivo por el cual fui a tener esa grata experiencia, pero ¡cómo carajos iba a escribir una crónica!

*Los nombres utilizados en el texto han sido modificado para proteger sus identidades.