Había escuchado numerosos relatos de amigos donde me describían en una forma simple el proceso que llevan a cabo los médicos en urgencias cuando alguien llegaba con una hematuria (sangre en la orina).
Por: Felipe Alzate
Ilustración: Laura Henao
El monitor muestra el turno 19… en mi mano una ficha con el 23. Aún me domina ese cólico que recorre toda mi parte lumbar hasta el abdomen bajo. Espero sudoroso en medio del ambiente hostil y, por contradicción, inhumano, de una sala de espera en la unidad de urgencias.
Sábado, dos de la madrugada, y aún no entiendo por qué me consume por completo este cólico. El dolor es tan intenso que mi vista se nubla, no puedo entender bien las palabras de las personas. Un enfermero me pregunta con gran intriga qué me sucedía y le conté mi caso, de inmediato llama a otra persona, supongo que era un jefe de enfermeros; en fin, me llevaron a una habitación donde estudiaron mi orina y de repente alguien soltó como un disparo en mi pecho lo que nunca en mi vida había querido escuchar: “Tienes cálculos renales”.
Inmediatamente el cólico desapareció, de un momento a otro mi imaginación se descontroló por completo, llegué al punto de pensar que iba a morir cuando de repente una enfermera muy comprensiva me dijo: ‘‘no te preocupes, estaremos aquí pendientes de cualquier cosa’’. Había escuchado numerosos relatos de amigos donde me describían en una forma simple el proceso que llevan a cabo los médicos en urgencias cuando alguien llegaba con una hematuria (sangre en la orina).
¿Ahora qué me van a hacer?, pregunté. ‘‘Te vamos a dejar toda la noche en observación’’. No entendí qué significa eso hasta que supe que era una hospitalización disimulada. En ese momento quedé solo en la habitación y de repente me hice una pregunta inquietante: ¿por qué una persona tan joven como yo, con apenas con 19 años de edad, tiene cálculos renales? Suponía que era la falta de agua en mi día a día, pero bueno el punto era que los tenía o de eso me convencieron y había que sacarlos de alguna forma.
Según mi experiencia, la forma de ‘’sacarlos’’ era expulsarlos por medio de la orina en un proceso algo doloroso similar al de una mujer en trabajo de parto, pero no tenía la menor idea de que había otros procedimientos como aquel en el que te meten una manguera por el pene o te mandan una medicina que provoca que estos cálculos se desprendan y salgan por la orina.
También había otro, en el cual acostado en una camilla una gran máquina envía repetidamente ondas a estas piedras y hacen que se destruyan por completo y sean expulsadas por la orina en forma de arena. En fin, yo quería el menos doloroso porque en realidad tener piedras, literalmente piedras, en tus riñones, no es algo tierno que digamos.
Al día siguiente me tomaron una radiografía especial para problemas renales, donde me aplicaron una inyección gigante en la vena con un contenido a base de hierro. Éste procedimiento iba a revelar cuántos cálculos tenía, dónde estaban y el tamaño aproximado de cada uno.
Llegó el momento de la cita con el urólogo, creo que es más fácil ver al Papa que a él. Entré a una habitación similar a un quirófano y allí había una pantalla y a ella estaba conectada una especie de manguera que tenía una cámara diminuta. Una enfermera me dijo que debía estar completamente desnudo para el procedimiento llamado “Cistoscopia transuretral”.
Y sí, no había vuelta atrás, era el momento de saber abiertamente si en realidad tenía cálculos y dónde estaban. Me dieron una inyección, con un calmante por si entraba en pánico y una frase muy conmovedora de parte del doctor: “no te va a doler”.
Estando acostado sobre mi espalda, con las rodillas flexionadas, en una camilla, desnudo, podía sentir el efecto del dopante pero aún así el dolor abdominal y lumbar estaba presente. Vi cómo el doctor untaba la manguera con una pomada de olor fuerte, acercándose a mi me explicó que eso iba a entrar por mi pene lentamente hasta la vejiga y posiblemente hasta el uréter derecho.
Mi forma de reaccionar fue intentar levantarme y salir de allí, pero de pronto aparecen dos enfermeros para controlar la “situación”, cada uno me sujetaba un brazo y sentía detalladamente como el doctor introducía esa manguera por el conducto de mi pene y allí caí en un profundo shock de pánico y nervios alterados.
La sensación de esta manguera entrando por el conducto de mi pene era lo más aterrador e impresionante que haya vivido, se sentía extremadamente fastidioso e incómodo. Estando acostado y sujetado de pies a cabeza, con un silencio aterrador en la habitación, el cual fácilmente ayudaba a sentir con más intensidad como esa húmeda y fría manguera se abría paso por el diminuto conducto de mi pene.
La manguera estaba adentro y mostraba unas imágenes en la pantalla que solamente ellos podían entender. Cada movimiento de este aparato dentro de mí, generaba una especie de reacción indeseada. No podía aguantar más tiempo con eso dentro de mi y le pedí al doctor que lo sacara, el doctor me dijo que había un cálculo en el uréter y cinco en el riñón derecho, según las radiografías. Quedé de una sola pieza.
Finalmente el doctor sacó la manguera lentamente, y a medida que iba saliendo se iba volviendo más sensible el conducto del pene. El doctor me dijo que el cálculo localizado en el uréter iba a salir por sí solo, y para expulsar los otros del riñón era necesario tomarme una medicina especial que hacía que éstos se desprendieran.
Me preguntaba repetidamente… ¿Si ya sabían que tenía cálculos, porqué me hicieron ese horrible procedimiento? Nunca supe el motivo, pero sí sabía que sería algo “doloroso” expulsar los cálculos por el diminuto agujero del pene.
Había tomado la medicina de la manera en que el doctor me había dicho y era el momento de que salieran mis delicados huéspedes. Estando solo en el baño de mi casa con la vejiga llena y el dolor lumbar al máximo, fueron saliendo uno por uno cada diez minutos, el primero fue el más doloroso porque era el que se encontraba atascado en el uréter por su gran tamaño.
El dolor que estaba sintiendo era indescriptible, jamás pensé que esto fuera a sucederme, mi cabeza estaba que se explotaba, tenía el ritmo cardiaco a millón y una ansiedad inimaginable. Finalmente salieron los pequeños y delicados “amiguitos” acompañados con un poco de sangre. En ese momento pude entender el sufrimiento de una mujer dando a luz.
Días después desaparecieron los dolores y, con ellos, la sangre en la orina, de igual forma tenía que llevar una dieta baja en calcio y sodio, con abundante agua. Por fin entendí la cantaleta de mi padre diciéndome: “bebe bastante agua, tus riñones de lo agradecerán” y así es como lo estoy haciendo, pues nunca más quiero tener una experiencia como esta.



