Semejante revoltura podría anticipar el caos si no fuera porque ella siempre estaba ahí, recorriendo cada rincón deleznable, borrando con su luz la sordidez y el desorden que podían alterar el orden tácitamente establecido. Todos, desde el animal más pequeño que habitaba en la cocina, hasta el mayor de la familia, guardaban un juicioso silencio cuando ella hablaba.

 

Por: Marcela Galeano

I

Atrás se oye la cadencia del caudal. Es una mañana de los años noventa. Mi bisabuela octogenaria, Bertilda Galeano, lava ropa a orillas del Otún cuando un sonido tenue, ajeno al río, llama su atención. Sus ojos buscan el origen de aquel ruido hasta toparse con un animal pequeño, extraño y de apariencia endeble. Un pollito, piensa.

La casa de mi bisabuela quedaba en la Avenida del Río; vieja, de fachada verde pálida, por su ubicación servía como hogar de paso a toda clase de animales: iguanas, búhos, serpientes y ratas fueron asiduos visitantes. A ella no le espantaban, había pasado su infancia en  Alto Cauca, un corregimiento del municipio de Marsella, donde aprendió a compartir espacio con todo tipo de animales domésticos o silvestres, hasta que un día esa cacería llamada «La Violencia» la obligó a dejar su hogar. Partió hacia el sur. En Pereira no había esposo ni familia, no había rostros conocidos, ni parajes que evocaran algún episodio gracioso de la infancia, solo terreno baldío. A pesar de todo, conservó una actitud apacible con la naturaleza y esa dulzura que se acentuó hasta el final de su vida.

Así que el pollito extraño –y digo extraño por no decir feo– no solo no le produjo malestar alguno, al contrario, la enterneció, era pequeño, con plumas revueltas, de un color café claro, con cabeza inusualmente negra, incapaz de abrir los ojos… Quería adoptarlo. Lo bautizó Pascual.

No era inusual que ella hiciera eso, después de todo, su hogar había sido tan grande para cobijar a  hijos, nietos, hijos de primos y niños de vecinos. Tenía un pecho que colmaba la sed  de quien lo requiriera, tenía las manos serviciales y el alma cándida. Era enemiga de la inclemencia y del abandono. Por su hogar pasaban tantos, entonces, qué problema había si también abría las puertas a gatos, perros  y uno que otro pollo.

Semejante revoltura podría anticipar el caos si no fuera porque ella siempre estaba ahí, recorriendo cada rincón deleznable, borrando con su luz la sordidez y el desorden que podían alterar el orden tácitamente establecido. Todos, desde el animal más pequeño que habitaba en la cocina, hasta el mayor de la familia, guardaban un juicioso silencio cuando ella hablaba. Había que ver lo ágil que era para dar órdenes, para limpiar la casa, para atender a todo el que la necesitaba; ni las plantas se salvaban; a pesar de la agitada forma de los días mantenía un jardín impoluto.

Como todo estaba en sus manos prestaba una atención especial a cualquier miembro nuevo de la  familia, así que por mucho tiempo Pascual fue su consentido. Lo alimentaba, lo acariciaba, le hablaba. El animal picoteaba acá y allí, intentaba abrir sus alas, tropezaba. Pasaban los días.

II

Era domingo por la tarde, en casa reunión familiar: un corro en voz alta hablando del primer asunto que se le ocurría al sobrino más ruidoso. Saltando de un tema a otro, de chistes sobre esto y aquello, salió a colación una observación unánime sobre Pascual. Que el pollito era  muy raro, que crecía rápido y le salían plumas negras. Que tenía cabeza arrugada sin forma de nada. Qué cosa tan rara, no se asemejaba a los otros pollos, con los demás animales parecía una caricatura mal hecha de “El patito feo”.

Sin embargo, nadie supuso nada más allá, de todos modos aquel corral pertenecía a la bisabuela, no había pues qué decir. Pero como los vecinos desconocen esas normas establecidas en los hogares, resultó que una tarde, uno de esos atravesados que anda metiendo las narices en otras casas fue donde la bisabuela y descargó esta bomba:

–Doña Bertilda, eso que tiene ahí no es un pollo.

–¿Cómo que no? ¿Qué más va a ser?

gallinazo–Mire bien, mire esas plumas, esa cabeza y esa negrura… ¡Es un gallinazo!

De súbito, Pascual encajó en el mundo.

Las reacciones oscilaron entre la sorpresa y la risa incontenible, un chiste de no creer por haber confundido al animal. Algunos familiares sintieron desdén, como si no hubiera estado todo ese tiempo y acabara de irrumpir en la casa y tuvieran que tomar medidas de contingencia para sacarlo. Pero Bertilda no lo consintió ni por un segundo. A ella nada le había quedado grande en la vida, un gallinazo no era ningún reto: ya estaba encariñada y el pajarito tenía garantizado su lugar junto a ella.

Esa relación terminó siendo un espectáculo: el animal se paseaba por la casa como cualquier miembro de la familia y nunca estuvo enjaulado. Andaba juiciosamente tras la bisabuela incluso cuando salía por los recados; entonces, se daba la licencia de ser el ave impotente que era batiendo las alas con fuerza en las alturas para seguirla.

Hoy que ya no están reproduzco esas imágenes. Imagino lo terrorífico que debía verse un buitre –que evoca a la muerte y que aparece en los sitios más funestos– volando todo el tiempo sobre la cabeza de una anciana a punto de cumplir noventa años. ¿Qué más se podría pensar sino que la rondaba la sepultura?

En la casa se acostumbraron, aún cuando el animal daba sustos escondiéndose bajo las camas para después salir a intentar picotear las piernas de quien estuviera más cerca. El cariño y los cuidados que recibió fueron los mismos que Bertilda propinaba a los demás miembros de la familia. Lo cuidó y lo defendió de todo el que se atrevía a menospreciarlo.

Alguna vez llegó un sobrino grosero a la casa buscando problemas:

–¿Usted por qué tiene esa cochinada acá?

–He recibido a mariguaneros como usted –le respondió la bisabuela con vehemencia–, no voy a recibir a un buitrecito que anda necesitado…

Hubiera sido interesante ver al ave de rapiña envejecer de cerca, ese proceso de declive inevitable de todos los seres de la naturaleza. Pero no fue así. El ruido de la corriente que acompañó el chillido del ave cuando apareció la primera vez, aquella cadencia apacible acompasada con el ambiente de la casa, cada tanto se enfurecía en una borrasca destructiva que no tenía reparos en llevarse lo que fuera por delante. Una tarde la borrasca arrasó como suele hacerlo siempre: sin avisar. Que recojan las sillas, que salgan, que cuidado con la comida de la nevera, que donde está su tío, y así, en medio del desorden protocolario, Pascual despareció de la vista de todos.

Nada se supo de su paradero, de él apenas quedó la remembranza, evocada en medio de risas, para nunca olvidar el carácter único de la bisabuela. Quizá el animal entre tanto alboroto emprendió vuelo sin saber cómo volver. Quizá no regresó porque encontró otros gallinazos. Quizá decidió acompañarlos en su laborioso trabajo: comer carroña.  

*Marcela Galeano nació en 1995, pero su vida comienza con el recuerdo confuso de algún juego de niños donde murió por accidente un conejito. Era su mascota. Desde entonces procura que sus actos no le hagan daño a nadie. Este texto fue resultado del taller de crónica que se realizó durante octubre de 2016 en SALAestrecha, en el marco de las actividades del FELIPE III (Tercer Festival de Literatura de Pereira).