Penitencia es un cuento de esos que nos sugiere que para leer, primero hay que saber ver y sentir. Es como si estuviéramos leyendo una narración original del vienés Peter Altenberg; pero más que eso, es como si mientras durmiéramos aquí, estuviéramos despiertos en otro lado, haciendo de cada hombre, dos hombres.

Por: Sebastián Aguilar Betancurt
Jeremías no sabía con certeza cuánto tiempo llevaba allí de pie, siendo el único espectador de aquella diabólica escena. Podría haber pasado una hora o un minuto, la quietud del momento lo tenía desconcertado.
A su cabeza llegó de nuevo esa sensación que lo había estado molestando la noche anterior: algo andaba mal. Pero no tenía miedo, ni siquiera cuando la espesa niebla comenzó a deslizarse serpenteante hasta envolver la montaña.
Seguía sin entender la macabra imagen que tenía frente a él: un árbol, una soga y un cuerpo ensangrentado.
-¿Cómo puede ser? -, se preguntaba incansablemente.
De repente, sintió una punzada en el cuello que lo tiró al piso. El dolor había vuelto. Se sujetó el cuello con las manos y notó el magullado relieve a su alrededor.
Permaneció inmóvil, como una estatua de mármol, contemplando aquel árbol magnífico que se había convertido en cómplice de su muerte.
-¿Se habría colgado él mismo o lo habían asesinado? ¿Cómo era posible que no se acordara?
-¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que encontró su cuerpo sin vida? ¿Cómo era posible que no se acordara?
La eternidad causa estragos en la mente de un alma que pena.
Ya se anunciaba el alba cuando un relámpago iluminó la montaña.
Cerró los ojos y se preparó para que todo empezara de nuevo.
Jeremías se levantó agitado en medio de la que parecía ser la noche más larga de su existencia.
-Solo fue una pesadilla más-, se dijo, mientras respiraba frenéticamente, tratando de recuperar la calma.
Encendió la estufa de su pequeña casa y se preparó una bebida para los nervios. Era la tercera de esta noche; pensaba que el vaporoso líquido se llevaría la serie de sueños intranquilos que lo agobiaban. Pero no sería tan fácil esta vez. Se había despertado con la sensación de que algo andaba mal. Y un insoportable dolor de cuello no lo dejaba reposar su cabeza sobre la almohada.
Se dirigió a su habitación y miró intranquilo por la pequeña ventana que daba hacia la montaña del frente. Allí, el majestuoso árbol que había plantado su familia hacía varias décadas se erguía imponente, totalmente visible a la luz de la luna. Era el más grande de toda la vereda. Pero algo en él había cambiado. Verlo le produjo un terror tremendo que le puso la piel de gallina. Algo andaba mal. Y necesitaba saber qué era.
Se puso sus botas pantaneras y fue por Baltazar, un pastor alemán que había encontrado de cachorro vagando por la vereda un par de años atrás. Le puso la correa y emprendió su viaje colina arriba hasta llegar a la otra montaña, donde su árbol lo llamaba.
El camino era largo y se encontraba en mal estado. Pasada una media hora se detuvo cerca de un acantilado y vislumbró el alambre de púas que debía pasar para llegar al otro lado de la colina. Desde allí la vista tenía un aspecto macabro.
Caminó unos metros más y se preparó para cruzar el alambre de púas cuando Baltazar comenzó a ladrarle al horizonte, donde se encontraba el árbol. Jeremías trató de calmarlo pero la correa se le escapó de las manos y el perro huyó despavorido montaña abajo. Quiso por un momento salir en su búsqueda, pero lo perturbaba la urgencia con la que sentía que debía llegar a su destino.
Siguió su camino poseído por la enfermiza curiosidad que empujaba sus pasos, hasta que quedó frente a frente con el imponente tronco.
No se oía el crujir de una hoja ni el canto de un pájaro a la distancia.
Jeremías no sabía con certeza cuánto tiempo llevaba allí de pie, siendo el único espectador de aquella diabólica escena. Podría haber pasado una hora o un minuto, la quietud del momento lo tenía desconcertado.
A su cabeza llegó de nuevo esa sensación que lo había estado molestando la noche anterior: algo andaba mal. Pero no tenía miedo, ni siquiera cuando la espesa niebla comenzó a deslizarse serpenteante hasta envolver la montaña.
Seguía sin entender la macabra imagen que tenía frente a él: un árbol, una soga y un cuerpo ensangrentado.
-¿Cómo puede ser? -, se preguntaba incansablemente.
De repente, sintió una punzada en el cuello que lo tiró al piso. El dolor había vuelto. Se sujetó el cuello con las manos y notó el magullado relieve a su alrededor.
Permaneció inmóvil, como una estatua de mármol, contemplando aquel árbol magnífico que se había convertido en cómplice de su muerte.
-¿Se habría colgado él mismo o lo habían asesinado? ¿Cómo era posible que no se acordara?
-¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que encontró su cuerpo sin vida? ¿Cómo era posible que no se acordara?
La eternidad causa estragos en la mente de un alma que pena.
Ya se anunciaba el alba cuando un relámpago iluminó la montaña.
Cerró los ojos y se preparó para que todo empezara de nuevo.
@Sebasagbet


