También la familia busca el muro, deja el malecón y camina sobre la arena. Cuando alcanzan el límite de la República Mexicana, una de las niñas saca un teléfono móvil y toma una foto del padre, la madre y las hermanas.

 Por: Gustavo Vargas

La familia camina por el malecón de Playas de Tijuana. Son el padre, la madre, dos niñas y una joven, quizá de 20 años. Es un domingo de julio, es una tarde que pronto caerá, aunque el sol persiste en su cenit.

Las olas del Pacífico parecen brazadas de gigantes. Los surfistas observan cómo el mar se eleva. En los cafés hay gringos y tijuanenses que toman cerveza artesanal. En las marisquerías hay gringos y tijuanenses que toman Tecate roja. En la entrada de los restaurantes se agolpan los grupos de norteño y banda; traen la tuba, el acordeón, los platillos, la guitarra y muchos sombreros. Un hombre toca una jarana, canta el son El Siquisirí y también usa sombrero. Los músicos de Tijuana no olvidan el sombrero en casa. Arriban los orientales. Bajan de un bus. De sus cuellos cuelgan las cámaras Nikon y Canon. Observan el Faro y se toman fotografías cerca del obelisco, e intentan leer: “Límite de la República Mexicana. La destrucción o dislocación de este monumento es un delito punible por México o los Estados Unidos”. El muro fronterizo es el fondo de la imagen. Los orientales hacen el signo de la paz cuando los enfocan otros orientales con los lentes gran angulares. También la familia busca el muro, deja el malecón y camina sobre la arena. Cuando alcanzan el límite de la República Mexicana, una de las niñas saca un teléfono móvil y toma una foto del padre, la madre y las hermanas. Luego cambia de rol con la otra niña. Ahora ella aparece en el retrato junto a los suyos.