Karla, extrabajadora sexual retirada por maternidad, se organizaba para nuestra cita en la panadería más famosa del pueblo, “Ricuras de Viterbo”. Era sábado en la tarde, 1:30pm y el calor estaba haciendo estragos en su casa.

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Por: Daniela Flórez López

Ilustración: Chucho Barrera Henao

Mientras que el sol amenazaba con quemar todo a su alrededor, ella discutía con su madre sobre un hombre que se encontraba al interior de la casa, no quería volver a verlo, duró con él, un hombre de 62 años, 48  meses por dinero. Este le producía asco, pero “por la plata baila el perro” me contaba ella.

A las 3:15 ya me encontraba en la panadería que quedaba en la plaza del pueblo esperando por conocerla quince minutos más tarde. Nos encontrábamos a 22°C en sombra. De las veinte mesas que estaban en el sitio, la mitad se encontraban con jugos, gaseosas y no podía faltar, claro de maíz para refrescar los cuerpos.

Viterbo es un municipio de Caldas, queda entre La Virginia Risaralda y Anserma Caldas, lo primero que se nota al entrar al pueblo son alrededor de 100 majestuosos samanes, que adornan por completo la entrada.

En la plaza del pueblo hay  cerca de 90 palomas revoloteando por sus árboles y bajo de ellos cumplen su cita diaria los adultos mayores que se sientan bajo su sombra a jugar ajedrez, fumar tabaco y conversar seguramente sobre su juventud. Los hombres con sombreros y ponchos que reflejan sus raíces de arrieros, cafeteros y leñeros caminan todo el día sobre sus calles. Pasa una que otra vez la policía sin tener mucho protagonismo.

A las 3:43 de la tarde salía un olor que deleita cualquier imaginación y cualquier paladar, el olor a galleta recién horneada. Las mesas empiezan a verse llenas de café con pan y el calor empieza a aplacarse con la brisa de agosto que por fin se hace notar.

Volteando la esquina alcanzo a observar a una chica embarazada, que viste una blusa blanca, pegada al cuerpo con la imagen de Minnie Mouse en ella y un jean, su nombre es Karla*, me mira y con un gesto en sus manos me pregunta si yo soy quien la va a entrevistar, le respondo con un movimiento de cabeza indicándole que sí, me levanto de la mesa mientras ella se acerca y nos saludamos con un beso en la mejilla como si nuestra amistad hubiese empezado hace mucho tiempo.

Se disculpa por la demora y yo con una acción para romper el hielo y amenizar un poco el ambiente por el tema del que hablaríamos durante la tarde, la invito a tomar algo frío en la pizzería con mayor tradición en Viterbo: ella acepta y durante el recorrido me comenta que tiene cinco meses de embarazo, que vomita todas las mañanas y aún no sabe cuál es el sexo del bebé, que sea lo que Dios quiera dice, aunque le gustaría que fuese un niño.

Al llegar, Karla pide al mesero una gaseosa de naranja de 350 ml y yo, como es costumbre cuando me encuentro en ese sitio, una malteada de fresa. Mientras esperamos el pedido le comento mi intención de escribir sobre una parte de su vida que me parece interesante para retratar, pues la vida de una trabajadora sexual siempre ha sido un tabú. Ella accede sin tapujos y empieza a comentarme sin problema su historia.

Prosti-Mamá

Cautivó mi atención inmediatamente cuando me dijo: “Me gusta la plata, darme mis cosas, vestir bonito y esa es la principal razón por la que empecé con ese trabajo”. asevera que la mayoría de mujeres que entran a vender su cuerpo a cambio de dinero lo hacen por necesidad, porque tienen hijos y no tienen cómo mantenerlos: es el principal motivo. Sin embargo ese no era su caso.

Una ventaja que ofrece este oficio es la rapidez con la que llega el dinero a las manos de quien lo ejerce, pueden recibir entre $250.000 y $300.000 por cada fin de semana trabajado, ella lo comparaba con el trabajo de despachar motos, esto porque en Viterbo existe el oficio de ‘mototaxista’ y hay una persona que recibe las llamadas y organiza el orden de salida de cada conductor o conductora, a esta última persona le pagan $70.000 pesos quincenales, trabajando medio tiempo.

La necesidad no tiene espera y las deudas menos, hay momentos en que se necesita el dinero inmediatamente, no quincenal o mensual, y la prostitución es una salida a la desesperación. Aunque no era su caso, o por lo menos no hasta el momento, muchas de sus antiguas compañeras si veían en este trabajo la salida a sus problemas.

Karla es una joven de 21 años de edad, que ejerció el trabajo sexual durante seis meses, el motivo de su salida fue el bebé que venía en camino. Terminó el bachillerato en el colegio La Milagrosa, uno de los tres grandes colegios de Viterbo, con ayuda de ese hombre de 62 años pudo hacer un técnico en guarda de seguridad en la ciudad de Pereira Risaralda, sin embargo nunca ha trabajado en eso.

Siempre le gustó todo lo que tenía que ver con ropa, zapatos y verse bonita, en alguna ocasión conoció a otra joven que trabajaba vendiendo su cuerpo y le propuso que probara a ver cómo le iba, pues como dicen, un poco de dinero nunca cae mal. Y así fue como inició,  se arreglaba para la ocasión y no le iba nada mal con los clientes, y algo que, como ella cuenta, tenía a su favor, es que como no hacía nada por necesidad podía darse el lujo de escoger con quién estar y con quién no.

Karla trabajaba de viernes a domingo, pero no en Viterbo, durante los seis meses en los que trabajó lo hizo en municipios del Valle del Cauca: Tuluá, Cartago y Toro. Lo más lejos de su casa como fuese posible,  hasta el momento su familia no lo sabe y espera que no se enteren.

Podía tener hasta cinco clientes en una noche y ella podía escoger  estar con él o no. Eso sí, como cuenta ella, en esos sitios no faltan ni los barateros, aquellos que desean que una noche completa cueste $15.000, ni los borrachos, que tiran botellas o que desean aprovecharse de ellas o el que quiere tener relaciones sin protección, específicamente, el condón, según Karla, los que más piden que sea sin protección son los indígenas por sus mismas costumbres.

Aquel hombre de 62 años le regaló una moto a su nombre, una Dynamic R 125 AKT, que seis meses después tendría que venderla para ahorrar para su bebé, bebé, del que tuvo conocimiento solo tres meses después de quedar en embarazo.

Ella siempre estuvo enamorada de un joven del pueblo llamado Diego, aquel que “le movía el piso” como expresaba mientras miraba a lo lejos las personas caminando en la plaza, quizá recordando cuando ella lo hacía de la mano de aquel chico. Lograron salir unos días pero a él le llegaban siempre comentarios diciéndole que ella trabajaba en negocios no muy buenos por los lujos que podía darse, sin embargo nunca pudieron confirmarlo, así que prefirió dejar de trabajar para evitarse más comentarios, ella no volvería a ningún bar sino hasta tres meses después.

*Nombre cambiado para proteger la identidad del personaje.

Continuará…