¿Qué pasa un viernes santo en la tarde?

Uno va a salir a caminar, porque las piernas ya se le mueven solas y se da cuenta que está brisando, va a coger la sombrilla del hermano pero él le lanza un madrazo a uno, uno lo madrea a él, a lo lejos se escucha el madrazo de la matrona, ahí no hay quién vuelva a madrear.

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Por: Juan José Palacio Ríos

Es viernes santo en la tarde en esta ciudad en la que uno está encerrado y no sabe qué hacer, uno no sabe cómo sentirse, ve católicos llorando y botando plata y uno sigue sin saber qué hacer y, en retrospectiva, sigue, al parecer, sin saber qué pasa.

Uno está encerrado en el cuarto queriendo escribir, porque si lee acaba durmiéndose, pero: nada sabe, nada pasa aún; prende el televisor y dicen de nuevo que Márquez murió, y uno no sabe qué pensar, entra en la negación y se arroja en la cama a contar los libros de Gabo que no tiene y en cómo las leyendas no mueren del todo. Uno sigue sin saber qué pasa un viernes santo, un día dónde los católicos lloran por un señor que pudo no haber existido, un día después de la muerte del padre de los Buendía, del que parió a Macondo por sus dedos, del que dejó esperando al coronel por su carta, del que escribió sus doce, y no trece, cuentos peregrinos.

Uno va a salir a caminar, porque las piernas ya se le mueven solas y se da cuenta que está brisando, va a coger la sombrilla del hermano pero él le lanza un madrazo a uno, uno lo madrea a él, a lo lejos se escucha el madrazo de la matrona, ahí no hay quién vuelva a madrear. Uno sale, se despide del celador porque no le conviene caerle mal, y empieza a caminar en las calles solas. ¿Dónde está todo el mundo? ¿Qué pasa? Uno no sabe qué pasa y se lo pregunta varias veces para añadirle misterio a la vida. Uno sigue caminando y mira la acera, la escupe porque quiere; uno mira el cielo y se da cuenta que el pobre está llorando a poquitos,  pero no quiere decir qué le pasa; mira un árbol, se caen tres hojitas y quiere jugar ajedrez con un fantasma que esté amarrado a él –aunque a uno no le guste el ajedrez y tampoco crea en los fantasmas–; mira el viento o hace el intento porque ese no se deja ver; mira las casas y uno ve unas empapeladas con billetes de cincuenta mil y ve otras empapeladas de miserias; uno lo mira todo, pero no se quiere mirar a sí mismo para no darse cuenta de que sabe lo que pasa, porque saber a veces duele.

Uno entra a una cafetería a tomarse un cafecito porque cuando brisa el café siempre hace perder la mente. De repente, en el televisor hablan de la muerte del que nos regaló un nobel. ¿Para qué nos lo regaló? Hay muchos que ni siquiera saben lo que es leer, pero a fin de cuentas, nos lo regaló. Una niña con ojos perlados le pregunta a su abuela, con ese tono de pregunta propio de los niños curiosos, qué quién es ese Gabriel del que tanto hablan en la televisión, uno le quiere responder pero prefiere callar, la abuela le dice que era un escritor, la niña queda con la misma duda pues no sabe cuál es ese oficio, pero no hay más preguntas, ella solo se abstrae en su comida. Se paran y se van y uno queda ahí sorbiendo las últimas gotas de un café que se acabó hace más de quince minutos.

Uno sigue caminando, se sigue preguntando qué pasa, uno quiere que la calle le responda, le grite en el rostro: NO PASA NADA, pero no es así, la calle solo es concreto, el concreto no habla, la madera sí; ella susurra muy pasito, solo los duendes la pueden oír, pero los duendes no existen, así que la madera jamás es ni será escuchada. Uno llega a un parque y ve las palomas en el piso, uno camina entre ellas y no salen volando, están muertas por dentro. Uno alcanza a ver una paloma blanca muerta, por dentro y por fuera, a lo lejos ¿es casualidad? Uno que va a saber, uno no sabe por qué carajos hay una paloma blanca muerta un viernes santo en un parque al lado de una iglesia.

Uno se sienta lejos de la paloma muerta porque le recuerda eso mismo: la muerte, luego uno ve a la abuela que estaba en la cafetería arrastrando para misa a la niña de ojos perlados… ¿qué misa? Uno sabe que es la misa del viernes santo a las cuatro de la tarde, pero uno se hace el loco, se hace el que no sabe lo que pasa.

Las lágrimas del cielo le caen a uno en el rostro, uno aún no sabe por qué está llorando, tampoco quiere saber, allá el cielo, que nos ahogue en sus penas. Uno cree que no quiere darse cuenta de lo que pasa, uno quiere no saberlo, pero uno lo sabe, en desgracia el jueves santo abre paso al viernes santo, uno lo sabe, pero uno prefiere no saberlo, prefiere dejar que la lluvia le encrespe las ideas como los cabellos, prefiere salir a pisar el rostro de las aceras, del concreto, prefiere mirar lo que no es trascendental, prefiere tomarse un cafecito y perderse en el vapor, prefiere no responderle a una niña, prefiere alejarse de una paloma muerta en un parque y prefiere ver cómo la gente entra a misa de las cuatro de la tarde. Así es, uno prefiere hacer todo esto para olvidar que, un día atrás, la realidad tocó la puerta de la casa de todos; las personas mueren, los aclamados mueren, los amados mueren; pero uno por lo menos sabe que las leyendas nunca mueren del todo, no, no hablo de Jesús, hablo de Márquez, que se hizo leyenda, que será recordado por brindarle magia al día a día, él allá está viéndonos, no en el cielo, en Macondo sentado en la librería del sabio catalán.